Por Roberto Coria

Emparentada con la creación de Gaston Leroux –de la que hablé ampliamente las semanas anteriores- siempre estará una de las más famosas de su paisano Víctor Hugo (1802-1885), concebida en 1831. Ambientada en la Ciudad Luz del siglo XV, la novela Nuestra Señora de París nos presenta a uno de los personajes más trágicos de los que tenemos memoria, quien complementa perfectamente el tema de la deformidad física, según lo propone José Antonio Molina Foix en su erudita clasificación de la monstruosidad. Recordemos cómo el autor francés describe a Quasimodo, el jorobado sordo que fue abandonado cuando era un bebé en las puertas de la catedral que da título a la obra y se encarga de tañer las campanas:

Más bien toda su persona era una pura mueca. Una enorme cabeza erizada de pelos rojizos y una gran joroba entre los hombros que se proyectaba incluso hasta el pecho. Tenía una combinación de muslos y de piernas tan extravagante que sólo se tocaban en las rodillas y, además, mirándolas de frente, parecían dos hojas de hoz que se juntaran en los mangos; unos pies enormes y unas manos monstruosas y, por si no bastaran todas esas deformidades, tenía también un aspecto de vigor y de agilidad casi terribles; era, en fin, algo así como una excepción a la regla general, que supone que, tanto la belleza como la fuerza, deben ser el resultado de la armonía. Ese era el papá de los locos que acababan de elegir; algo así como un gigante roto y mal recompuesto.

En más de una ocasión, esto lo hace enfrentar la ignorancia y la maldad de la gente. Cuando es observado por la multitud, las personas exclaman: “Y seguramente es tan malvado como feo”, o “Qué cara tan horrorosa tiene ese jorobado, ¡cómo será su alma!”. Error triste y común. El verdadero monstruo, oculto tras el manto de la santidad, es su padre adoptivo Claude Frollo, el archidiácono de Notre Dame. Los individuos de su clase, como nos ha enseñado la historia, son a los que verdaderamente hay que temer.

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Regresaré a Quasimodo, sus rostros más memorables y otras cualidades inherentes a él en la siguiente ocasión. También hablaré de su relación con el Fantasma de la Ópera, pretexto de la Tinta negra de hoy. Pero esa ya la intuyen.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Es autor de la obra de teatro “El hombre que fue Drácula”. Escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal. Su próximo curso, Fantasmas bajo la luz eléctrica, comenzará el 17 de febrero en la Casa Universitaria del Libro.