Por Roberto Coria

De nueva cuenta viajaré a San Luis Potosí, a donde fui invitado por la Dirección de Publicaciones y Literatura de la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado para impartir el curso Vampiros, realidades y ficciones, en el marco de la Feria del Libro de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. En él, inevitablemente, hablaré del paso de estos seres por la pantalla grande.

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Nadie puede negar que la presencia del vampiro es una de las más poderosas en el cine de horror, muy en boga actualmente gracias a las adaptaciones de fenómenos literarios. Estos productos, dirigidos mayormente a un público juvenil, han romantizado su figura, humanizándola para acercarla a nosotros, los mortales comunes y corrientes. Pero hay una vertiente que le devuelve su dignidad y malevolencia, que insiste en recuperar su posición en la cima de la cadena alimenticia y lo utiliza como una metáfora para hablar de la fragilidad de la condición humana, nuestra mortalidad y sed de trascendencia. Podría pensarse que el inicio de esto ocurrió en 2008 con el estreno de Déjame entrar, versión de la novela homónima del sueco John Ajvide Lindqvist que, irónicamente, ocurrió el mismo año del lanzamiento de la primera entrega de la saga Crepúsculo. La crítica es casi unánime cuando señala que la cinta del sueco Thomas Alfredson es uno de los mejores especímenes del tema en los últimos 20 años. Básicamente nos cuenta la relación entre Oskar (Kåre Hedebrant), un niño que sufre la separación de sus padres, padece enuresis, bullying y es aficionado de la nota roja –así comenzaron muchos asesinos en serie-, y Eli (Lina Leandersson), una antiquísima niña vampiro. Su éxito internacional propició casi inmediatamente una versión estadounidense (Matt Reeves, 2010), que si bien no es mala no alcanza la estatura de la original. El propio Lindqvist, luego de verla, se declaró el escritor más feliz del planeta: “soy autor de una novela que ha inspirado dos maravillosas películas”.

Afortunadamente, en diferentes países, muchos cineastas han seguido su ejemplo. Incluso podríamos hablar de una tendencia que bien llamaríamos “el nuevo cine de vampiros”. Para muestra, cinco botones: en Sed (Thirst. Corea del sur, 2009) el talentoso Chan-wook Park nos presenta un triángulo amoroso donde uno de sus integrantes, gracias a un experimento médico fallido, es convertido al vampirismo. En el drama post-apocalíptico Tierra de vampiros (Jim Mickle, Estados Unidos, 2010), el guión de Nick Damici –también su protagonista- y el mismo Mickle abreva del cine de zombis y nos ofrece una lucha de supervivencia mil veces contada, con resultados que confirman una máxima: “si vas a utilizar elementos que ya existen, hazlo correctamente”. Noche de miedo (Craig Gillespie, Estados Unidos, 2011) es el remake de la película dirigida en 1985 por Tom Holland que, con el paso del tiempo y gracias a la nostalgia, se ha convertido en un clásico a la altura de producciones muy superiores como El ansia (Tonny Scott, 1983), Al caer la oscuridad (Kathryn Bigelow, 1987) o Los muchachos perdidos (Joel Schumacher, 1987). Respecto a las numerosas virtudes de su reelaboración, el crítico Rafael Aviña señala que “lo más refrescante de es ver, de nuevo y en pantalla grande, un vampiro hecho y derecho: Collin Farrel exuda seguridad, fuerza, sexualidad y peligro. Nada de besitos en la mano ni miraditas románticas: este vampiro va por sangre, mujeres y cuellos”. Por otra parte el habilidoso Neil Jordan, quien ya nos ofreció Entrevista con el vampiro (1994), nos narra en Byzantium (Reino Unido-Estados Unidos-Irlanda, 2012) la lucha por subsistir en nuestros días de un par de vampiras, madre e hija (Gemma Arterton y Saoirse Ronan), y de paso propone profundas reflexiones existencialistas sobre la soledad y su naturaleza monstruosa. Finalmente en Sólo los amantes sobreviven (Reino Unido-Alemania-Francia-Grecia-Chipre, 2013), Jim Jarmush nos muestra el reencuentro de una pareja de vampiros, Adam y Eve (Tom Hiddleston y Tilda Swinton), y el duelo entre lo antiguo y la modernidad.

Todas aportan sangre nueva al mito y le auguran una afortunada supervivencia.

Nos leemos en dos semanas.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.