Por Roberto Coria

Una joroba –o giba- es una protuberancia anatómica propia de algunos mamíferos –los más comunes son los camellos- pero el término también aplica popularmente a malformaciones cervicales que presentan algunas personas. Así, la cifosis, que viene del griego convexo y el sufijo sis que significa en proceso, sería el padecimiento del personaje que nos ha ocupado desde hace unas semanas y del que dejo de hablar hoy, Quasimodo. Y en perspectiva, su nombre resulta muy apropiado. Aquí irrumpo en territorios en los que mi colega Edgar Beltrán nada como pez en el agua. Trataré de convencerlo de que trate el tema desde su perspectiva en su columna Desde el quirófano. Pero por ahora me ocuparé de sus implicaciones culturales.

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Cualquier deformación te condena a la otredad. No ser parte de una mayoría es difícil cuando provoca que los demás -los normales- te teman y repudien. Eso es algo natural en la especie humana, si bien es muy lamentable. Quasimodo conoció muy bien el rechazo y la crueldad de los verdaderos monstruos, los que se ocultan bajo un disfraz de belleza, virtud o inteligencia. Lo trágico es que seres de su condición parecen estar destinados a papeles secundarios, casi siempre como ayudantes. Quizá es una forma de sumisión voluntaria que sólo busca la aceptación. En la película Frankenstein (James Whale, 1931), el actor Dwight Frye encarnaba a Fritz, el inútil y cruel asistente, que no sólo proporcionó materia prima defectuosa –el cerebro de un criminal- a su patrón Henry Frankenstein (Colin Clive) sino que torturaba a la menor provocación a su desafortunada Criatura (Boris Karloff). Obtuvo al final su justo merecido. La misma saga recurrió posteriormente –a partir de El hijo de Frankenstein (Rowland V. Lee, 1939)- a un personaje similar: el jorobado Ygor, interpretado por el entrañable Bela Lugosi, sin duda el mayor acierto de ésta y sus posteriores secuelas.

De ahí en adelante la participación de personas con cifosis es más bien de apoyo, como en la mexicana La maldición de la Llorona (Rafael Baledón, 1963) con el jorobado Juan de Juan López Moctezuma, en El joven Frankenstein (Mel Brooks, 1974) y el deliciosamente hilarante Igor del inglés Marty Feldman o el animado niño Edgar E. Gore –con la voz del joven actor Atticus Shaffer- en la reciente Frankenweenie (Tim Burton, 2012). Por cierto, a diferencia de la creencia popular, Igor jamás fue descrito por Mary Shelley. Es una adición que debemos completamente a la cinematografía.

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Un personaje que da dignidad a su gremio es el Rey Ricardo III, protagonista de la obra de teatro escrita entre 1591 y 1592 por el inglés William Shakespeare. Su fealdad física es congruente con la monstruosidad de su alma. Y lo asume abiertamente desde el inicio del drama. Recordémoslo, como una forma de dignificar a sus pares:

He aquí el invierno de nuestros infortunios

Vuelto glorioso estío por este sol de York;

Y todas las nubes que amagaban nuestra casa

Sepultadas en lo profundo del océano.

Ciñen hoy nuestras frentes guirnaldas victoriosas;

Cual trofeos penden nuestras melladas armas;

Truécanse en jolgorios nuestras rudas alertas,

Y en ritmos placenteros las siniestras marchas.

El torvo guerrero suaviza sus arrugas;

Y ahora, en vez de montar los bardados corceles

para asustar el ánimo de horrendos adversarios,

Cabriolea ágil en la alcoba de una dama

Al compás del lascivo deleite del laúd.

Mas yo, que no nací para estas travesuras,

Ni estoy hecho a cortejar un amoroso espejo;

Yo, cuya grosera estampa no conoce

La majestad con que el amor se pavonea

Ante una ninfa libertina y desenvuelta;

Yo, que estoy privado de las bellas proporciones

Y traicionado en mis rasgos por falaz naturaleza,

Deforme, inconcluso y enviado antes de tiempo

A este mundo viviente, a medio hacer apenas,

Y además tan cojo y falto de garbo

Que los perros me ladran cuando me detengo;

Pues yo, en este débil tiempo de paz y lloriqueos,

No hallo otro gusto para matar el tiempo,

Que espiar mi sombra dibujada al sol

Mientras sobre mi deformidad voy discurriendo;

Y puesto que no puedo probarme como amante,

Para entretener estos bellos y graciosos días,

He determinado probarme cual villano

Y odiar los frívolos placeres de estos tiempos...

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Es autor de la obra de teatro “El hombre que fue Drácula”. Escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal. Su próximo curso, Fantasmas bajo la luz eléctrica, comenzará el próximo lunes 3 de marzo en la Casa Universitaria del Libro.