por Roberto Coria

 Dejemos a un lado la santidad de las fechas.

En La caída de Reichenbach, episodio final de la flamante y breve segunda temporada de la teleserie británica Sherlock, el paladín de la justicia cuyo nombre da título al programa (Benedict Cumberbatch) y su némesis James Moriarty (Andrew Scott) beben té en la más civilizada de las tradiciones de su país. La mente criminal ríe y reconoce con acierto: “todo cuento de hadas requiere de un buen villano a la antigua”. Y remata: “Tú y yo somos iguales, sólo que tú eres aburrido”. Su duelo verbal resume su necesidad mutua, de la misma forma en que Batman requiere del Guasón para tener mayor sentido. Recientemente lo confirmó el oscareado Colin Firth, quien da vida al intrépido Harry Hart –y tiene el sobrenombre secreto de Galahad- en la muy disfrutable Kingsman: El Servicio Secreto (Mathew Vaughn 2014): “siempre pensé que las viejas películas de James Bond eran tan buenas como el villano que enfrentaba”. Un antagonista que se encuentre a la altura de cualquier héroe es indispensable. Hay algo fascinante e irresistible en estos personajes. Los de la ficción, por supuesto. Nos permiten enfrentar, desde la seguridad de la página impresa o la imagen en movimiento, nuestra naturaleza interior y primigenia como seres humanos. Son los que aportan el conflicto en toda historia, los que realzan las virtudes y recompensas del bien.

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Seguramente Arthur Conan Doyle, allá en 1893, lo entendió cuando dio a su Sherlock Holmes un contrincante digno en la forma de Moriarty. Presentado en la última aventura de la primera vida literaria de Holmes, en el cuento El problema final, el autor lo dibuja de esta manera:

Su carrera ha sido de las más extraordinarias. Es hombre de buena cuna y de excelente educación, y está dotado por la Naturaleza de una capacidad matemática fenomenal. A la edad de ventiún años escribió un tratado sobre el teorema de los binomios, que alcanzó boga en toda Europa. Con esa base ganó la cátedra de matemáticas en una de nuestras universidades menores. Se abría delante de él, según todas las apariencias, una brillante carrera. Pero el hombre en cuestión tenía ciertas tendencias hereditarias de la índole más diabólica. Corría por sus venas sangre criminal que, en vez de modificarse, se multiplicó y se hizo infinitamente más peligrosa mediante sus extraordinarias dotes mentales […] Todo eso es lo que el mundo sabe del profesor, pero ahora le voy a contar lo que yo mismo he descubierto. Usted sabe bien, Watson, que nadie conoce tan ben como yo el alto mundo de la criminalidad londinense. Por espacio de años he vivido con la constante sensación de que detrás de los malhechores existía algún poder, un poder de gran capacidad organizadora, que se cruza siempre en el camino de la justicia y que cubre con su escudo a los delincuentes. Una y otra vez, en casos de la más diversa variedad, falsificaciones, robos, asesinatos, he palpado la presencia de esa fuerza de la que le hablo, y he deducido la intervencion de su mano en muchos de los crímenes que no llegaron a descubrirse y en los que no se me consultó personalmente. Me he esforzado durate años para rasgar el velo que envolvía ese poder. Hasta que llegó el momento en el que pude agarrar mi hilo y lo seguí, y ese hilo me condujo, después de mil astutos rodeos, hasta el profesor Moriarty, el afamado matemático. Watson, ese hombre es el Napoleón del Crimen.

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El elusivo Moriarty, además de confirmar su malvado intelecto y ganarse nuestra admiración, ha demostrado su capacidad de alterar su rostro a lo largo de los años. Pero de ello platicaremos la siguiente semana. Mientras tanto, para estar a tono con las celebraciones, les recuerdo este artículo que publiqué hace un año. Es my apto para la ocasión.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.