por Roberto Coria

Ayer se cumplieron 166 años de la muerte física de Edgar Allan Poe, una figura indispensable para todos los devotos del horror y la fantasía, por la que sólo siento reverencia y gratitud. Su enorme talento y la dimensión de sus cuentos, poemas y ensayos lo mantienen siempre vigente, y una infinitud de pensadores podrían discutir sobre ello desde prácticamente todas las aristas. Por sólo citar un ejemplo, Vicente Quirarte asegura que es un autor que “fundó la nueva manera de pensar y de sentir: creador de la novela policiaca, de una revolucionaria teoría poética y de cuentos que basan su efecto y emoción en el corazón y sus fantasmas”. Pero concentrémonos hoy en la efeméride.

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Todos tenemos una idea clara de las dificultades que conoció. Si la tragedia que rodeó su vida explica y define su obra, la muerte de Poe invita a la especulación y representa un misterio que sólo su chevalier Dupin sería capaz de resolver. Estudiosos alrededor del mundo han hablado de conspiraciones, rabia, sífilis, epilepsia, meningitis, de la tuberculosis que tanto le arrebató, pero sobre todo de alcoholismo y su alma torturada. El neurólogo Bruno Estañol afirma que el poeta murió de epilepsia. Ante la inexistencia de un historial clínico del internamiento de Poe en el Washington College Hospital de Baltimore, yo me adhiero al pensar de una disciplina muy cercana a mis actividades diurnas: la Toxicología Forense. El alcoholismo, o intoxicación por etanol, es una enfermedad progresiva con repercusiones médicas y sociales. Desde el punto de vista psíquico, se caracteriza por el deterioro mental con pérdida de memoria, temblores y alteración del juicio. Pueden originarse cuadros como el delirium tremens, amnesia y confusión; desde el punto de vista orgánico pueden observarse síntomas de desnutrición, trastornos del hígado, corazón y sistema nervioso. Si Poe bebió su primera copa hacia 1835, a los 24 años de edad, y fue una conducta crónica desde ese momento –adquiriendo un giro autodestructivo después de la muerte de su amada esposa Virginia Clemm en 1847-, resulta fácil suponer las inevitables complicaciones. En un sentido romántico, podría decirse que murió del corazón.

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Las tres últimas horas de vida de Poe son el objeto de un planteamiento escénico –inédito hasta el momento- que escribí para el Teatro Gótico de Eduardo Ruiz Saviñón, titulado La noche que murió Poe. Toma como resorte el final del ensayo biográfico que Julio Cortázar dedicó al poeta, donde dio cuenta del testimonio hecho por el Dr. John Moran, el médico que lo asistió en sus últimos momentos:

Estaba ya perdido para el mundo, a solas en su particular infierno de vida, entregado definitivamente a sus visiones [...] El resto de sus fuerzas [...] se quemó en terribles alucinaciones, en luchar contra las enfermeras que lo sujetaban, en llamar desesperadamente a Reynolds, el explorador polar que había influido en la composición de Gordon Pym y que misteriosamente se convertía en el símbolo final de esas tierras del más allá que Edgar parecía estar viendo, así como Pym había entrevisto la gigantesca imagen de hielo en el último instante de la novela [...] Como le dijeran que estaba muy grave, rectificó: No quiero decir eso. Quiero saber si hay alguna esperanza para un miserable como yo. Murió a las tres de la madrugada del 7 de octubre de 1849. Que Dios ayude a mi pobre alma, fueron sus últimas palabras.

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El creador trasciende a través de su obra, sin importar la manera en que vivió o abandonó el mundo físico. Si esto es cierto, Edgar Allan Poe se volvió inmortal aquella madrugada otoñal de 1849. Su vida corpórea fue sólo una vasta cárcel que recorrió con la agitación febril de un ser creado para respirar en un mundo más elevado. Como aseguró Jorge Luis Borges, creó mundos para eludir un mundo real. Pero los mundos que soñó perdurarán. El otro es apenas un sueño.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico que recién concluyó su primera temporada de vida. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.