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No logro recordar cuándo vi por vez primera una película de Carlos Enrique Taboada Walker. Lo seguro es que ocurrió mientras cursaba la primaria, en algún canal de televisión. En ese momento, su nombre no me decía demasiado. Cobré consciencia y respeto por su trayectoria mucho tiempo después. Lo que pervive mi memoria es el drama ocurrido en un internado para señoritas acechadas por una fantasma sedienta de venganza. Su grito desgarrador –el nombre de la protagonista- y el aullido del viento anunciado desde el título de la cinta, no me dejaron dormir esa noche.

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Hace sólo unos días –el pasado lunes 18 de julio-, el responsable de mi desvelo infantil  hubiera cumplido 87 años de vida. En el inmenso panteón de directores de cine que ha engendrado nuestro país, siempre tendrá un lugar privilegiado. No porque el género por el que más lo recordamos sea debidamente valorado, sino por el recuerdo imborrable que sus imágenes dejaron en generaciones de cinéfilos como ustedes y yo. Pertenece a un linaje que confió en las inmensas posibilidades del horror y reconoció el objetivo principal de la cinematografía: entretenernos más allá de academicismos. En las últimas décadas –particularmente en la pasada- sus aportaciones han recibido el justo reconocimiento. En México y el extranjero se le rinden incansablemente homenajes y ciclos de cine. Hace algunos años, en el autobús que me llevaba a una de las primeras emisiones de Mórbido, me di cuenta que me encontraba sentado al lado de la que fuera su esposa por 15 años, la guionista Rocío Amézquita. A ella debo no sólo las fotografías que aderezan mi colaboración semanal, sino presentármelo como un gran ser humano: un Caballero en el sentido más cabal de la palabra, un hombre trabajador con una disciplina marcial, elegante, ameno, inteligente, maravilloso anfitrión y adorador del flan napolitano.

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La cereza que siempre coronará su enorme labor como cineasta y guionista de cine, radio y televisión es la tetralogía compuesta por Hasta el viento tiene miedo (1968), El libro de piedra (1968), Más negro que la noche (1975) y Veneno para las hadas (1984), obras influyentes y poderosas. Y nunca dejará de inquietarnos el enigma sobre su última producción, Jirón de niebla, a cuya búsqueda Christian Cueva se lanzó en su documental Jirón (2014).

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Taboada no ha escapado de la fiebre de los remakes, cuyas intenciones y calidades varían pero nunca han logrado capturar su esencia ni rendir un justo tributo a su fuente de procedencia. Su máxima aportación es una certeza absoluta: Taboada es único e irrepetible.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.