Por Roberto Coria

El pasado sábado 31 de agosto se cumplieron 125 años del primer asesinato canónico de Jack el destripador, hijo incómodo del periodo victoriano. Y califico el crimen así porque a pesar que los recuentos oficiales insisten que sólo tomó la vida de 5 desafortunadas prostitutas –comenzando por Mary Ann Nichols de 43 años-, investigaciones posteriores y el sentido común revelan que mató a muchas mujeres más. Pero eso no me ocupa por ahora. Sobra abundar en su infame reputación, si él mismo fue el autor de su nombre artístico o en el misterio que generó y pervive hasta nuestros días. Nunca terminará de especularse sobre su verdadera identidad. Autores de todo el mundo han propuesto infinidad de sospechosos, algunos más plausibles que otros. Prácticamente se ha especulado de todas las personalidades de la era. Irónicamente a quienes nunca se ha mancillado con la sombra de la duda es a la misma Reina Victoria o a la altruista enfermera Florece Nigthingale. El escritor Richard Wallace sumó un nombre más esa selecta lista en su libro Jack the Ripper, Light-hearted friend, (Gemini Press, 1996). Wallace afirma que tras los populares delitos se encuentra Charles Ludwidge Dodgson, a quien conocemos mejor como Lewis Carroll. Más allá. Recientemente se ha achacado la carnicería al deforme Joseph Carey Merrick, apodado El hombre elefante, por ser residente del Hospital de Londres por esos tiempos y su fácil acceso a cuchillos. ¿Esto sería posible? Francamente, lo dudo.

Si las suposiciones rayan en lo absurdo e imposible, ¿por qué la ficción no habría de dar respuesta al enigma?

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Ya la cinta Dr. Jekyll and Sister Hyde (llamada originalmente Dr. Shekel and Sister Hyde, Roy Ward Baker, 1971) trazó un vínculo –con muchas hormonas femeninas- entre el Destripador y la novela que nos ha ocupado las últimas semanas. Esto no es del todo improbable por muchas razones. Robert Louis Stevenson nunca precisó la fecha en que ocurrieron los hechos (siempre dice “en el año de 1888…”) ni abundó en los vagabundeos nocturnos del malvado Hyde. Sólo sabemos que mató a una persona, el eminente victoriano Lord Danvers Carew, miembro del Parlamento. Reprimido como era Henry Jekyll –como todo buen victoriano-, es fácil suponer que saciaría sus ocultos placeres a través de su otro yo y frecuentaría casas de citas, salones de baile, fumaderos de opio, prostíbulos y –naturalmente- a las hijas de la noche. La película inglesa Edge of sanity (Gérard Kikoïne, 1989) también explora ese camino. Anthony Perkins (mejor conocido como Norman Bates) encarnaba al desgraciado galeno, en un espectáculo delirante que no debe tomarse en serio.

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En el entorno doméstico, hace algunos años realicé mi humilde contribución al respecto. La obra de teatro Yo es otro (Sinceramente suyo, Henry Jekyll), que coescribí con mis amigos Vicente Quirarte y Eduardo Ruiz Saviñón, reúne a estas dos figuras míticas, alternando personajes ficticios y reales. Reproduzco la quinta escena de su primer acto, en la que participan la desdichada Mary Ann Nichosls (1845-1888), Frederick Abberline (1843-1929), el investigador encargado de dar caza al Destripador, y el Dr. William Withey Gull (1816-1890), señalado por Stephen Knight en su libro Jack el desripador: la solución final (McKay, 1976) y por Alan Moore y Eddie Campbell en su novela gráfica Desde el infierno como el autor de los homicidios.

Una cosa es segura: Hyde y el Destripador siempre serán hermanos.

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Escena 5

La Morgue. El cuerpo de una mujer, cubierto por una sábana. Frente a él se encuentra Frederick Abberline, inspector de Scotland Yard, meditabundo. Entra en escena el doctor Gull.

Abberline.- Ah, Gull, agradezco que haya venido tan pronto…

Gull.- No podía ser de otro modo…El bobbie que tocó a mi puerta tenía un rostro más pálido que esta sábana…dijo que era cosa de vida o muerte…

Abberline.- De muerte, más bien. Créame, no hubiera molestado a alguien de su reputación si no fuera porque nuestros médicos de la policía, que tienen más de carniceros que de científicos, no han podido arrojar mucha luz sobre qué le sucedió a esta pobre mujer.

Gull.- ¿Me puede dar algunos datos antes de verla?

Abberline.- Fue descubierta alrededor de las 3 y 4 de la madrugada por un carretero. Sólo ellos circulan a esas horas obscenas….

Gull.- Sí, es la hora más profunda del sueño…

Abberline.- El cuerpo estaba tirado en Buck´s Row. El carretero pensó que era una mujer ebria, pero muy pronto descubrió que la realidad era peor. Al tocarla, supo que estaba muerta…

Gull.- Con todo respeto, Abberline, una muerte, sobre todo violenta, en esa parte de la ciudad, es cosa de todos los días…Lo raro es que no ocurra…Son múltiples las causas y todo la conjura…un simple resfriado se transforma en pulmonía; un dolor de estómago, en cólera; una herida simple, en gangrena…No sé por qué me ha llamado. Tenía muchas cosas qué hacer, más estimulantes y edificantes que esta rutina…

Abberline.- Doctor Gull, la muerte es siempre la muerte…Pero suele tomar caminos inéditos y entonces hay que escribirla nuevamente con mayúscula…Este es el caso.

Gull.- ¿Se sabe quién es, quién era ella?

Abberline.- Era, naturalmente, una hija de la noche. En vida se llamaba Mary Ann Nichols. Tenía 43 años…

Gull.- ¿No era ya muy vieja para su oficio?

Abberline.- Tan vieja como otras lo son jóvenes. No me obligue a contarle los horrores que he visto cometido en niñas de esta ciudad…No hay edades cuando el hambre, la miseria y el vicio nos lanzan a la calle.

Gull.- ¿La mataron en el sitio donde la encontraron?

Abberline.- ¿Ve usted por qué llamamos a un experto? No, pues alrededor del cuerpo había poca la sangre…

Gull.- Lo cual significa que la asesinaron en otro sitio y luego fue arrojada allí.

Abberline.- Podía usted ver que la mujer fue degollada. Con gran habilidad. Es un corte limpio, brutal, definitivo.

Gull.- ¿Y eso le resulta extraño? El barrio donde la hallaron está lleno de carniceros y otros matarifes que manejan con maestría las armas blancas…

Abberline.- Donde no hay para comprar pistolas, el cuchillo es rey.

Gull.- (Señala el cuerpo) ¿Podemos seguir adelante? (Abberline levanta teatralmente la sábana. Gull se queda pasmado). ¿Cómo se puede llegar a esto? ¿Qué bestia pudo haberlo hecho?

Abberline.- Una bestia, por desgracia, que anda en dos piernas y en este momento seguramente desayuna con toda tranquilidad…

Gull.- Este crimen no fue cometido por cualquiera. Mire los ojos…están muy abiertos. Es como si reflejaran un miedo atroz, como si en ellos pudiéramos mirar lo último que vio esta desdichada. Tal vez el rostro de su asesino…Pero esto no lo hizo un hombre ordinario…

Abberline.-  Por los cortes en el cuerpo, ¿puede hacer un retrato del culpable?

Gull.- Normalmente, un cuerpo asesinado es un mapa de su asesino. Nuestro trabajo consiste en descifrar el lenguaje los muertos. Nos siguen hablando inclusive más allá de sus huesos convertidos en polvo…

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Co escribió de la obra de teatro “Yo es otro (Sinceramente suyo, Henry Jekyll)”. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.