Por Roberto Coria

Para las personas de mi generación, el pederasta y asesino sobrenatural Frederick Charles Krueger –o Freddy para los amigos- es el equivalente al Conde Drácula o a la criatura de Frankenstein: es un monstruo al que vimos nacer y crecer prósperamente como el protagonista de una kilométrica saga cinematográfica. Tenía 11 tiernos años cuando le vi por vez primera masacrar a su víctima en turno. Es una de las primeras figuras que me fascinó y aterró al mismo tiempo. El Instituto Americano de Cinematografía (AFI) le otorgó el lugar 40 entre los villanos más importantes del cine del siglo XX. Es objeto de múltiples interpretaciones y estudios. Por ejemplo, el extinto Testigos del Crimen le dedicó su programa 138. El actor y escritor británico Doug Bradley –quien diera vida al célebre Pinhead en la saga Hellraiser- lo incluyó en la parte final de su libro Monstruos sagrados (Nuer, 1996). “Freddy es una creación maravillosa: medio payaso, medio monstruo. Ese jersey de rayas, robado directamente a un personaje de dibujos animados, y el sombrero de ala ancha, siempre inclinado en el más inverosímil de los ángulos, nos sugieren una cosa; los rasgos retorcidos y las cicatrices, el amenazante mohín y las cuchillas del guante nos prometen otra. Y algo que, precisamente, no nos va a hacer reír”, apunta Bradley. La Pesadilla en la calle del infierno (porque a pesar de su título original siempre la recordaremos así) de 1984 apuntaló la reputación como escritor y director de Wes Craven, hizo despegar la carrera de un muy joven Johnny Depp y aseguró el éxito financiero de New Line Cinema. “El sexo adolescente como tabú y castigo, la estrecha barrera que separa la realidad de la fantasía, el poder criminal y desconocido de los sueños, así como el imperceptible paso entre la vigilia y el sueño son los temas fundamentales de este notable recuento de terror sicológico que convirtió en mito pop de los 80 al terrible y cacarizo Freddy […], quien a la postre se convirtió en el principal atractivo de una serie tan repetitiva como la de Jason [Voorhees], con algunos apuntes inquietantes sobre la violación de la intimidad de la mente”, apunta Rafael Aviña en El cine de la paranoia (Times editores, 1999). Es, en resumen, una cinta entrañable en su economía, época y efecto. Hoy también es señal de mi propia vejez, pues hace cuatro años se estrenó su reelaboración cinematográfica, producida por Michael Bay, hombre al que debemos numerosas pirotecnias y divertimentos frívolos –el díptico Dos policías rebeldes (1995 y 2003), La Roca (1996), Armageddon (1998), Pearl Harbor (2001), Transformers y sus interminables secuelas (2007), etcétera-, algunos respetables remakes de cintas de horror –La masacre de Texas (Marcus Niespel, 2003) y El horror de Amityville (Andrew Douglas, 2005)- y el decepcionante retorno de Jason Voorhies en Viernes 13 (también Niespel, 2009). Freddy regresa pues para las nuevas generaciones y, de paso, llenar de dinero los bolsillos del señor Bay, algo en que se especializa. Para muchos significa el agotamiento creativo de la industria hollywoodense y nos remite a la vieja pregunta, “¿era necesario?”.

Esta vez el maquillaje de Freddy lo usó el competente actor de carácter Jackie Earle Haley, a quien viéramos como un pedófilo en Secretos íntimos (Todd Field, 2006), como el héroe marginal Rorschach en Watchmen (Zack Snyder, 2009), como un pirómano en La isla siniestra (Martin Scorsese, 2010) o como el malvado Rick Mattox en el remake de RoboCop (José Padilha, 2014). Su experiencia habla por sí misma. Tuvo un peso enorme en sus hombros, pues su colega y antecesor Robert Englund se convirtió en un actor de culto y asociamos invariablemente su rostro con el homicida onírico. Aún recubierto de látex, era capaz de transmitirnos el retorcido placer de su venganza. Era una especie de bufón diabólico capaz de cortarse los dedos, arrancarse el rostro en medio de estridentes carcajadas o transformarse en voluptuosas enfermeras. De hecho, en mi memoria y afectos, Freddy Krueger siempre será Robert Englund.

Pero platicaré más sobre ello en la siguiente semana.

Felices sueños.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.