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Cuando me enteré de la efeméride del sábado anterior, no dejó de llamar mi atención la coincidencia del lugar al que se refería. Hay ciudades de cuya existencia sólo nos enteramos a través de los libros. Y hoy, del Internet. En este caso, se trata de una locación esencial en mi trabajo diurno: ahí nació Hans Gustav Adolf Gross (1847-1915), el académico y jurista austríaco al que se atribuye la creación del término Kriminalistik, traducido en estos rumbos como Criminalística. Lo hizo en 1894 en su libro Handbuch fur Untersuchungsrichter, Polizeibeamte, Gendarmen (Manual del Juez de Instrucción, Agentes de Policía y Policías Militares). Siempre que me refiero a él, pido a mis alumnos que recuerden la escena de La leyenda del Jinete sin cabeza (Sleepy hollow, Tim Burton, 1999) donde Ichabod Crane (Johnny Depp) le dice a un recio juez (Sir Christopher Lee) que para resolver los delitos es necesario incorporar los conocimientos científicos a la pesquisa criminal. Pero la suya es otra historia.

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Escribo esto porque el fisicoculturista, actor y político Arnold Alois Schwarzenegger, llegó a este mundo el 30 de julio de 1947 en el pintoresco pueblito de Thal, Estiria, el cual se encuentra muy cerca de Graz, urbe que erróneamente –pero muy a menudo- suele señalarse como su cuna. Esto no es extraño, pues incluso su estadio de fútbol llevó su nombre. Graz es la segunda localidad más grande de Austria y cuenta con una activa vida universitaria. Por su impresionante musculatura, Arnold catapultó su carrera cinematográfica al aparecer en Conan, el bárbaro (John Milius, 1982), la cual está basada en el personaje creado por Robert E. Howard, antiguo discípulo de Howard Phillips Lovecraft. En las décadas de los ochentas y noventas, conoció la gloria al protagonizar exitosas cintas, algunas de culto y muy relevantes para los que amamos la ciencia ficción y la fantasía, como Terminator (James Cameron, 1984) o Depredador (John McTiernan, 1987). Precisamente por su T-800, al que ha interpretado en otras 4 ocasiones, será recordado. El organismo cibernético –como él mismo se define- con su dureza, falta de expresividad y ausencia total de emociones, le viene como anillo al dedo. Corrió en los pasillos de la estación Insurgentes de nuestro Metro capitalino en El vengador del futuro (Total recall, Paul Verhoeven, 1990), filme basado en el cuento Lo recordaremos perfectamente por su nombre de Phillip K. Dick, o que también combatió al mismísimo Satán (Gabriel Byrne) en El fin de los tiempos (Peter Hyams, 1999), thriller sobrenatural que se aprovechó de los temores del fin del milenio. No olvidemos que también fue el vengativo y ridículo Señor Freeze en la también ridícula Batman y Robin (Joel Schumacher, 1997), con todo y sus divertidas pantuflas de osito polar.

 

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Sobre su talento, incursiones dudosas en la comedia, inteligencia o calidad moral no emitiré ningún juicio. Sólo diré que es el intérprete apropiado para un tipo de cine cargado de testosterona, adrenalina, acción desenfrenada e historias no necesariamente coherentes o verosímiles. Una de sus apariciones más cuestionadas, incomprendidas y que no fue el éxito de taquilla que sus productores esperaban –en Los Simpson dijeron a su símil Rainier Wolfcastle “eso del boleto mágico fue una patraña”-, fue El último héroe de acción (John McTiernan, 1993). La película es un traje hecho a la medida de su estelar. Híbrido de dos géneros que parecerían irreconciliables –el policial y la fantasía- explora y satiriza todas las convenciones de una época que encumbró a famosas sagas como la iniciada por Arma Mortal (Richard Donner, 1987) y Duro de matar (John McTiernan, 1988), todo aderezado con un gran soundtrack integrado por temas rudos de Cypress Hill, Alice in Chains, AC/DC, Megadeth, Anthrax, Aerosmith y Def Leppard con su melosa Two steps behind.

 

Arnold sopló 69 velitas en su pastel. Luego de su cuestionada carrera gubernamental –recordemos sus dos períodos como Gobernator de California-, se mantiene vivo gracias a sus triunfos pasados. Ejemplos de ello son sus apariciones en la serie Los Indestructibles  –creada por su amigo y otrora socio Sylvester Stallone- o en la reciente Terminator Génesis (Alan Taylor, 2015), en las cuales son evidentes los estragos del tiempo. Tal vez no simpatice a muchos, pero todos hemos visto algo de su filmografía y en algún momento recitado algunas de sus líneas, como las ya clásicas “I´ll be back” o “Hasta la vista, baby”. Justamente cuando me reencuentro con El último héroe de acción, no puedo evitar pensar que, al ocurrir su muerte (no es algo que desee, pero es la ineludible ley de la vida), varios segmentos serán utilizados en el homenaje in memoriam que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos le hará en su entrega anual de los premios Óscar. Porque la odisea de su joven protagonista es a la que se entrega voluntariamente el espectador al ingresar a una sala de cine: cruza a otros mundos, posiblemente mejores que el nuestro, para maravillarse y vivir experiencias formidables. Y, nos guste o no, Arnold nos ha acompañado en muchas.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.