Por Roberto Coria 

Estamos en la antesala de la celebración a los muertos, el momento culminante de mi año y seguramente el de todos ustedes, devotos de Mórbido. Por eso interrumpo mi análisis sobre los asesinos slasher, tan recordados en esta época. En este momento, con las fiestas a unas horas de llegar, es inevitable el viejo y ocioso cuestionamiento sobre la legitimidad del Halloween, y más aún porque propicia una exacerbada emoción nacionalista cada año. El cimiento de esta fiesta estadounidense, como la nuestra, se encuentra en tradiciones paganas –según el cristianismo-. Por ello no creo que una sea mejor que la otra. Ambas pueden coexistir reconociéndoles su respectivo valor. Los que se nieguen a aceptarlo, los invito cordialmente a que quemen su árbol de Navidad o a que se nieguen a escuchar nuestro Himno Nacional, cuya música compuso un español. A este respecto puede resultar clarificador uno de los últimos trabajos del desaparecido Germán Dehesa, escritor incisivo, dramaturgo, hijo pródigo de la Universidad Nacional, defensor del humor y cronista de nuestras tradiciones y cotidianeidad. Como seguramente ocurría en su casa –y en la de muchos de ustedes-, adornos de ambas fiestas visten la mía desde los primeros días de octubre. Si la Navidad comienza desde mediados de año (gracias a los supermercados) y su colorido se extiende durante más de un mes (a veces más), ¿por qué no homenajear a los muertos desde ahora y el resto de noviembre?

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¿De qué manera vas a celebrar a tus muertos?

Germán Dehesa

Durante una cena con Fernando Savater, éste tenía un motivo adicional para documentar su desasosiego: en dos días regresaría a España y todavía no había comprado las calaveritas de azúcar que su esposa le había encargado de modo muy encarecido. Quienes habitan en el vulnerado paraíso conyugal, saben lo que les espera cuando incurren en el delito de no cumplir estas solicitudes-mandatos de su Penélope particular. ¡Una cosa que te encargo y no te da Dios licencia de tomarte la molestia!... no te lo hubiera encargado algún amigo tuyo, porque tarde se te habría hecho para cumplirle su gusto... pero, claro, yo ya sólo soy una costumbre que no merece ser tomada e cuenta… y mi terapeuta ya me lo había advertido… y mira que me prometí o llorar, pero estas cosas, estos detallitos, duelen. Olvídense. Es como una prosificación de Yerma en versión intensa. Piensen que de por sí las señoras ya están cabreadas porque no las llevaron al viaje. Pero volvamos a las calaveritas. Me llama la atención que la muy apreciable esposa de un maestro de ética español considere que estas edulcoradas artesanías, cuyo aprecio está a la baja entre los mexicanos, puedan ser para ella un objeto deseable (el oscuro objeto).

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Año con año, la sociedad mexicana se craquela en el momento en que tiene que decidir de qué manera va a celebrar a sus muertos En los extremos están dos sectores fundamentalistas: los que ya trascendieron la calabaza en tacha, prefieren ir a Disneyworld que a Mixquic (donde hay más turistas que en Disneyworld) y sin el menor empacho (esto es un decir, porque a los niños que se zumban diez pelón pelorrico y veinte raciones de chilito Lucas se les tapona hasta las vías linfáticas), celebran en Halloween y se disfrazan de Homero Adams, Pinky y Cerebro y otras bizarras fantasías californianas. Otro sector de México se aferra a las recias tradiciones y decoran sus hogares con el tradicional cempasúchil (zempoalxóchitl) de Oregon. Esta variante tonifica mucho a las criaturas que contraen pulmonorrabia en el panteón mientras rezan el Rosario de veinte misterios y van siendo devorados por el lodo panteonero y las múltiples calaveras. Yo milito n el sector moderado y, aunque en lo personal, no celebro nada. Tampoco impido los audaces experimentos del secretismo mestizo. En casa tenemos ofrendas y Halloween y cada quien decide qué cara le pone a sus muertos. Probablemente voy a decir una herejía, pero he observado que los maravillosos chiquillos y chiquillas la pasan mejor y se divierten mucho más con el Halloween que con el dulce de calabaza que, dicho sea con todo respeto que se merecen las tradiciones, sabe como a Corega caduco (su única virtud apreciable es que les sella la boca durante dos horas porque la lengua se adhiera al paladar como diputado a la curul). De todo esto, lo único que concluyo es que el destino de México no está en juego y que cada quien es muy libre de celebrar del modo que les resulte más satisfactorio. Yo nomás me agacho, dejo pasar estos días y espero que la vida regrese. Sé muy bien que mis muertos van conmigo y que y que en mi genoma están en sesión permanente. En cuanto desaparecen los niños vestidos de Harry Potter, regreso a la calle a pasear en compañía de mis ancestros.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.