Por Roberto Coria

El 6 de agosto de 1949, en la prisión de Wandsworth, Inglaterra, el preso número 7663 fue  ejecutado en la horca. En vida se llamó John George Haigh y fue bautizado por la prensa británica como El Vampiro de Londres. Scotland Yard, más cauto, se refirió siempre a él como El asesino de los baños de ácido. Antes de partir hacia el patíbulo, en el interior de su pequeña y sombría celda, Haigh decidió narrar a la posteridad los pormenores de sus crímenes. Este testimonio, escrito en la creencia popular por el asesino, resulta estremecedor por sus detalles y su evidente ausencia de remordimiento. Escucharlo en la voz del talentoso Guillermo Henry, durante la clausura del curso El canon de Drácula. La herencia literaria de Bram Stoker, fue impactante. Su perfecta estructura, casi dramática, que alternaba el humor y la sensibilidad en los momentos precisos, nos hizo discutir sobre la autoría. No me cuesta trabajo pensar que efectivamente fue una narración hecha por Haigh, ávido lector de William Shakespeare y encantador narcisista que tenía un elevado nivel cultural –fue orador en congregaciones religiosas-. El hecho es al mismo tiempo motivo de un amplio debate sobre la ética de los medios de comunicación. La historia comienza así. Tras su aprehensión, al comprobarse sus habilidades como defraudador, falsificador profesional y homicida, el periódico sensacionalista Daily Mirror encomendó a su reportero Stafford Somerfield se aproximara al inculpado para hacerle una oferta imposible de rechazar: la publicación cubriría enteramente el costo de su defensa legal a cambio de que les cediera los truculentos detalles de sus crímenes. Haigh aceptó, obviamente. El fruto fueron dos artículos que aparecieron el 3 y 4 de marzo de 1949 y tenían la clara intención de influenciar la opinión pública para favorecer los alegatos de demencia de sus defensores y le hicieran escapar de la pena de muerte. Comenzaban dramáticamente:

Mañana seré ahorcado. Pasaré, por primera y última vez por esa puerta de mi celda que nunca he visto abrirse. Hay dos en ella. La otra sirve a los guardianes cuando vienen a visitarme. Pero sé que por la segunda, esa siempre cerrada, es arrastrado el hombre destinado a la ejecución. En verdad, es el umbral del más allá.

Lo atravesaré sin miedo ni remordimiento. Los hombres me han condenado porque me temían. Amenazaba su miserable sociedad, su orden constituido. Pero estoy muy por encima, participo de una vida superior, y todo eso que he hecho, lo que ellos llaman "delitos", lo he realizado porque me guiaba una fuerza divina. He aquí por qué me es completamente indiferente que se me trate de malvado o loco.

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Convenientemente, las cosas se dirigieron a una figura bien conocida por los devotos del horror:

La casualidad, pues, me había hecho volver, a través de los siglos de civilización, a los tiempos fabulosos en que los seres sacaban fuerza de la sangre humana. Descubrí que pertenecía a la raza de los vampiros. ¿Por qué? ¿Por qué justamente yo? No sabría explicarlo. Sólo puedo contar lo que experimentaba.

Y ofrecía detalles escabrosos, dignos de la política editorial del diario:

¿Comprenden ahora lo que pudo sucederle al joven Swan, cuando se encontró a solas conmigo, en aquella tarde de otoño? Lo desmayé con la pata de una mesa, o con un pedazo de caño, ya no lo recuerdo exactamente. Y después le corté la garganta con un cortapluma. Procuré beber su sangre, pero no era nada fácil. Aún no sabía bien qué sistema usar. Le tuve sobre el lavamanos, y traté de recoger de algún modo el líquido rojo. Al fin, me parece que resolví sorberlo directamente de la herida, con un sentimiento de profunda satisfacción. Cuando me aparté, sentí espanto ante la presencia de aquel cadáver. No tenía remordimientos. Sólo me preguntaba qué podía hacer para deshacerme de él. De súbito se me ocurrió un buen método. Tenía ya en mi laboratorio una gran cantidad de ácidos, sulfúrico y clorhídrico, que me servían para atacar los metales. Sabía bastante de química para estar enterado de que el cuerpo humano está compuesto en su mayor parte, de agua. Y el ácido sulfúrico es muy ávido de agua.

Un relato así era imposible de sostener en función a la abrumadora evidencia física. Entre ella la dentadura de su última víctima, la sexagenaria Olive Durand-Deacon. Haigh no calculó el tiempo que tomaría al ácido disolver la resina sintética de que estaba hecha. Posteriormente los análisis de sangre que realizó el patólogo Keith Simpson de la Universidad de Londres, que permitieron establecer la presencia de la Sra. Durand-Deacon  en el “laboratorio” del criminal. El desenlace es por todos conocido. Tuvo tiempo para ceder el traje y corbata que usó en su proceso al Museo de Cera de Madame Tussaud, para vestir la figura que harían de él.

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Pero la cosa no acabó ahí. Como en el mundo real debe haber consecuencias para las acciones, el Tribunal de Justicia británico sancionó la conducta irresponsable del Daily Mirror, pues violó la secrecía de una investigación abierta al publicar las notas sobre El vampiro de Londres. Como consecuencia tuvo que pagar una multa de 10 mil libras y condenó a su editor en jefe Sylvester Bolam a pasar tres meses en la prisión de Brixton, donde fue extremadamente impopular por el trato preferencial que recibió. Al salir, admitió lo indiscutible: “Soy editor de un periódico sensacionalista, y creo en ese periodismo, el sensacionalista”.