por Roberto Coria

Los xenomorfos pueden esperar.

Tuve el privilegio de conocer tres veces a Germán Robles. La primera ocasión ocurrió en mi tierna infancia, gracias a una proyección televisiva de El Vampiro (Fernando Méndez, 1957). Sobre esa joya en celuloide podría hablar mucho, pero eso me lo reservo por ahora. La segunda vez llegó décadas más tarde, físicamente, en algún momento de 1995, al finalizar una presentación editorial en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Tuve que reunir valor para hablarle. Recuerdo el temblor en mis rodillas cuando me coloqué a su lado para tomarnos una foto, mezcla de emoción y el miedo acumulado que sentí cuando era niño. Años más tarde, a principios de 2003, mi amiga Rosana Curiel Defossé, escritora y guionista de cine y televisión, arregló un encuentro con él en su desaparecido teatro-bar Mascarada en el Centro Cultural Veracruzano de esta ciudad. Ella lo conocía de cerca pues su padre, Federico Curiel “Pichirilo”, lo dirigió entre 1961 y 1962 en el serial cinematográfico La maldición de Nostradamus. Fue la mejor y verdadera Entrevista con el Vampiro. Una pequeña comitiva de devotos integrada por mi cómplice Ana Luisa Campos, el director de teatro Eduardo Ruiz Saviñón, el escritor Vicente Quirarte y su servidor nos internamos en sus dominios, plenos de temor reverencial. Sólo comprobamos que era poseedor de una elegancia, erudición, gentileza y caballerosidad que me recordaron lo mejor de otros tiempos. Platicamos largamente y le expusimos nuestra cruzada por dignificar géneros –el horror y la fantasía- tradicionalmente dilapidados por muchos. Accedió a unírsenos, con entusiasmo. Como parte de su apoyo, comenzamos a organizar en su espacio lecturas dramatizadas, cuyos ensayos él mismo supervisó en varias ocasiones. Fueron auténticas cátedras donde siempre hizo patente su genio. Cuando le preguntamos sobre qué porcentaje de las entradas debíamos destinar a su establecimiento –cosa justa por el uso de sus instalaciones, equipo y recursos- respondió generoso: “He recibido tanto de México que me sentiría mal si les cobrara algo”. Desde entonces mantuve una frecuente comunicación con él. Tuve la posibilidad de ayudarlo en asuntos de mi competencia, cosa que me valió su confianza, gratitud y –deseo- su afecto. Se sumó desinteresadamente a actividades que le propuse. Develó la placa de final de temporada de una obra de teatro que coescribí y de otra de mi autoría. Lo encontraba con relativa frecuencia en centros comerciales, pues vivíamos en la misma zona. Lo llamaba por teléfono para felicitarlo en sus cumpleaños, cosa que siempre agradeció con la amabilidad que le caracterizaba.

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La noticia de su muerte física me sorprendió la mañana del sábado pasado. Tenía 86 años de edad y llevaba varios días en el hospital. Sé que era algo inevitable, el fatal destino que nos espera a todos. Pero eso no lo hace menos doloroso. Robles nació en Gijón, España, el 20 de marzo de 1929. Al cumplir 17 años emigró a México junto con sus padres a consecuencia de la terrible Guerra Civil Española y comenzó a desarrollar la vocación artística que corría por sus venas. “Mi padre era pintor y heredé una pizca de su talento”, solía decir. Pero para nuestra fortuna, no sólo se decantó por las artes pictóricas. El 1 de febrero de 1952 debutó en los escenarios con la obra El mártir del Calvario, en el Teatro Ocampo de Michoacán. Ese es tal vez el primer símil que tuvo con el memorable Bela Lugosi. “Interpretar a Cristo y al Anticristo han sido mis dos grandes éxitos”, dijo en una entrevista. Lo último ocurrió cinco años más tarde, cuando se inició en la industria cinematográfica en una de las cintas nacionales más importantes del género. Allí interpretó al conde Karol de Lavud, confiriéndole “de manera atractiva, un aura de sensualidad y paranoia”, como afirma Rafael Aviña. La impresionante presencia de Robles y la frialdad de su mirada, sumadas a su voz potente y sepulcral, otorgaron una dimensión sin precedentes al vampiro cinematográfico. “Quería interpretar a un vampiro cachondo”, cosa que sin duda anteedió a Christopher Lee en El horror de Drácula (Terence Fisher, 1958). Sobra decir que la película tuvo un éxito rotundo, inspiró una secuela y convirtió a Robles en el más importante intérprete de este personaje en habla hispana. Su continuación, El ataúd del vampiro (Méndez, 1958), traslada todos los elementos que hicieron memorable a su antecesora a la gran ciudad. Posee momentos aterradores, como la persecución que la sombra del malvado protagonista hace a una desafortunada mujer por las calles desiertas de la ciudad –que no son otras que las de los Estudios Churubusco-. La mente detrás del éxito de las dos cintas –y tantas otras más-, el actor y productor Abel Salazar, proyectaba la realización de una tercera entrega. Robles, estigmatizado ya por el monstruo, declinó la oferta. “Esa la va a hacer tu madre”, sentenció. ¿Cómo hubiera sido una tercera parte de El vampiro? Eso nos brinda la posibilidad de la conjetura y el juego de la imaginación.

En el territorio que nos encanta, su siguiente participación relevante fue la ya mencionada La maldición de Nostradamus, primera entrega de un serial de cuatro largometrajes que contaron con guiones de Carlos Enrique Taboada y Alfredo Ruanova. Su trama es simple: Robles interpretó a su malvado protagonista, nuevamente un vampiro, que busca el reconocimiento de su ancestro y sus poderes en un mundo que –orgulloso de su racionalismo y avances científicos- califica como “ignorante” a todo el que acepta la otredad. Estamos ante otro evidente homenaje al estilo de las cintas de horror de Universal. Muy aparte, encontramos momentos brillantes, como ese duelo mental en la tercera entrega –Nostradamus, el genio de las tinieblas- contra Igor (Grek Martin), enemigo jurado del malvado y último descendiente de una dinastía de cazadores de vampiros. Y qué decir de la escena donde Nostradamus ordena a la bruja Rebeca (Fanny Schiller) –madre de su servidor Leo- a reír a carcajadas mientras se quema viva, o esa multitud de sombras se bailan al compás del violín del vampiro en la última parte de la historia, La sangre de Nostradamus .

Estos ejemplos sólo son parte de una amplísima carrera que transitó con gracia por el teatro, el cine y la televisión. Fue la voz del portento tecnológico KITT en la teleserie ochentera El Auto Increíble, el malvado Rasputín en Anastasia (1997), la mantis religiosa Manny en Bichos (1998), el molusco pirata Davey Jones en la segunda y tercera partes de la saga Piratas del Caribe o el crítico gastronómico Anton Ego en Ratatouille (2007). Su reseña final –dicha en su idioma original por Peter O´Toole- no deja de conmoverme: “no cualquiera puede ser un gran artista, pero un gran artista puede provenir de cualquier parte”.

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En los escenarios encarnó docenas de personajes, siendo el último el de Arthur Kipps en La dama de negro, obra del dramaturgo inglés Stephen Mallatratt que se desprende de la novela escrita en 1983 por su paisana Susan Hill. Ahí el protagonista narra su encuentro con la otredad a un actor en busca de exorcizar los recuerdos tormentosos que le acosan. La obra se montó en México desde 1994, con éxito contundente. La mayor causa de ello fue, sin duda, la formidable actuación de Don Germán, quien interpretaba 8 papeles diferentes en un montaje estremecedor, que no da al espectador oportunidad de respirar tranquilo hasta su terrible desenlace. Tuve el placer de verla en cuatro ocasiones y en diferentes etapas, todas con el Maestro Robles. Tras su salida, otros histriones retomaron la estafeta, como Rafael Sánchez Navarro, Juan Carlos Colombo, Odiseo Bichir y Alejandro Tomassi. No cuestiono sus capacidades, pues no los he visto en escena. Pero ninguno alcanzará, al menos en mis afectos, la dimensión del maravilloso protagonista de El vampiro.

Saberlo entre nosotros me hacía sentir muy bien. Era el testimonio de que el pasado fue bueno y en verdad sucedió. La gran fortuna es que vive en mi memoria y corazón, como el grande que siempre fue. Y sucede lo mismo con sus miles de fanáticos. El lunes pasado lo recordé con Laura Barrera y Rafael García Villegas en el Noticiero de Canal 22. En su última aparición pública, el actor citó el título de la maravillosa novela de Richard Matheson, Soy leyenda. Eso lo define a la perfección. El vampiro es inmortal; Germán Robles ya lo era.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico que concluyó su primera temporada de vida. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia de la capital.