Sé que la congoja colectiva domina los titulares tras la muerte del cantautor conocido por todos como Juan Gabriel, hombre fascinante pero bastaje alejado de nuestros intereses Mórbidos (hagamos a un lado toda indignación política). Alguien más cercano a ellos se le unió el día siguiente: el comediante estadounidense Jerome Silberman, hijo de inmigrantes rusos, conocido por la posteridad por el nombre artístico de Gene Wilder.


Nacido el 11 de junio de 1933, inspirado desde su infancia por su hermana y por su talento natural, inició su carrera actoral cuando cumplió 18 años. Lo hizo con los cimientos sólidos que le brindó el teatro, cuando obtuvo la posibilidad de estudiar en la prestigiada Escuela Old Vic en Bristol, Inglaterra. De ahí dividió sus pasiones entre los escenarios teatrales, la televisión y el cine. No abundaré en su participación en el centro de los reflectores –porque también fue un talentoso guionista y director-. Brillan en su trayectoria las tres hilarantes películas que hizo con su gran amigo Mel BrooksLos productores (1968), Locuras en el oeste (Blazing Saddles, 1974) y El joven Frankenstein (1974)-, o las que hizo en mancuerna con su colega Richard Pryor –la ya citada Locuras en el oeste, El expreso de Chicago (Silver streak, 1976), Locos de remate (Stir crazy, 1980), Ciegos, sordos y locos (See no evil, hear no evil, 1989) y Mi otro tú (Another you, 1991)-. Hago a un lado su breve presencia como el Zorro en El Principito (Stanley Donen, 1974), basada en el relato clásico del francés Antoine de Saint-Exupéry. También al obsesivo publicista que interpretó en la divertida La chica de rojo, escrita y dirigida por él mismo en 1984, al lado de la entonces bomba sensual Kelly LeBrock.

De su discreta pero sustancial filmografía, quiero destacar tres títulos que me son especialmente relevantes:

 

  1. Willy Wonka y la fábrica de chocolate (Mel Stuart, 1971), porque antes que

Tim Burton convirtiera al popular chocolatero creado por el escritor inglés Roald Dahl en un híbrido entre Michael Jackson y Marylin Manson, fue encarnado por Wilder. Y si somos estrictos, su imagen tampoco se acercaba demasiado a las ilustraciones originales de Faith Jaques, que lo presentaban como un hombre pequeño –similar a un duende- con una pequeña barba en el mentón. El actor aceptó el papel con una condición. “Cuando haga mi primera entrada, me gustaría salir con una bastón y luego caminar hacia la multitud con una cojera”. Al hacerlo, da unos pasos, se tropieza y –para la sorpresa de todos- casi inmediatamente da una ágil voltereta y se pone de pie. Cuando le preguntaron sobre sus razones, respondió: “a partir de ese momento, nadie sabrá si estoy mintiendo o diciendo la verdad”. Genialidad pura. Muchos afirman que quizá por este personaje será recordado. Hasta se convirtió en meme.

  1. El joven Frankenstein, que ya mencioné. Esta cinta representa el mejor matrimonio entre dos géneros que a primera vista parecerían imposibles de conciliar. Es el más respetuoso homenaje a las convenciones, técnica narrativa y estética impuestos por los Estudios Universal en la época de oro del cine que nos hermana. Es una cinta cercana a la perfección que cuenta con algunos de los momentos más brillantes en los anales de la comedia, como esas secuencias con el jorobado Igor (Marty Feldman), su insistencia por negar su apellido (“Se pronuncia Fronkensteen”) o el número musical con su Criatura (Peter Boyle) donde canta y baila la contagiosa canción Puttin´ on the Ritz de Irving Berlin. Debemos su inteligente libreto a la dupla que formó con Brooks quien, dolido por su partida, expresó en redes sociales: “fue uno de los más más grandes talentos de nuestros tiempos. Bendijo cada película que hicimos con su magia, y a mí me bendijo con su amistad”. Desde 2003, el filme forma parte de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos por ser cultural, histórica y estéticamente significativa.
  2. La aventura del hermano más listo de Sherlock Holmes, escrita, dirigida y protagonizada por él mismo al año siguiente de la anterior. Siempre la he considerado como un esfuerzo por emular el formidable resultado de El joven Frankenstein. Incuso volvió a reunirse con Feldman y Madeline Kahn, elementos esenciales del éxito previo. Las maneras –a veces involuntarias y sin duda torpes- en que su Sigerson Holmes –el menor del clan-, ante la ausencia de su brillante hermano, salva el día de las malvadas maquinaciones del Profesor Moriarty (Leo McKern), son verdaderamente entretenidas.

 
Wilder falleció apaciblemente el pasado lunes en su hogar en Connecticut, como consecuencia de las complicaciones de la enfermedad de Alzheimer que lo alejó desde hace varios años del ojo público. Pero como dicen los clásicos, no importa la manera en que abandonó el mundo físico: lo valioso es cómo trasciende en él. Siempre podremos reencontrarlo gracias a su poderoso e imperecedero legado. Gene Wilder siempre me enseñó sobre el inmenso poder de la risa, tan necesaria en una era difícil como la que atravesamos. Sólo por esto, se volvió eterno. Cuando piense en él, siempre recordaré el grito triunfal del abuelo de uno de sus roles más entrañables. “¡Está vivo!”.

 

--

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Escribió la puesta en escena “El hombre que fue Drácula”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.