por Roberto Coria

Estamos por concluir el primer mes de 2016. Aunque hay muchas cosas por discutir, parece que las noticias funerarias ocupan la atención y oscurecen el ánimo. Cada uno de nosotros asigna dimensión y significado a las distintas pérdidas, lo cual es siempre respetable. Mi amigo Francisco Eguiza señaló, con ironía, que pareciera que el escritor estadounidense George Raymond Richard Martin, autor de la popular serie de novelas Juego de Tronos –transformada en una exitosa serie televisiva-, tan propenso a matar personajes indiscriminadamente, se encargara de trazar el año que transcurre. Y lo dijo porque unos días después del deceso del grandioso e irrepetible David Bowie, se dio a conocer la muerte de su paisano Alan Sidney Patrick Rickman, la cual ocurrió en circunstancias similares: devorado por un horrible cáncer –el suyo de páncreas-, rodeado de sus seres amados –pero en un hospital londinense-, a los 69 años de edad.

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A Rickman lo conocí –no físicamente, por supuesto- en 1988 cuando vi Duro de matar (John McTiernan), cinta indispensable de mi adolescencia. Ahí interpretaba al ladrón –que se hacía pasar por terrorista- Hans Gruber, personaje al que dotó de malicia, elegancia, carisma e inteligencia envidiables. De inmediato se convirtió en uno de mis villanos favoritos. Es cierto que la película se aleja de los géneros que nos interesan a los devotos de Mórbido, pero nadie puede negar que es uno de los mejores especímenes de acción de todos los tiempos. Es un ritual navideño ineludible. Este no fue de ninguna manera el debut actoral de Rickman. Para ese momento era ya poseedor de una brillante carrera de más de una década en el teatro y la televisión en su país natal. Pero Duro de matar lo convirtió en uno de los rostros más prominentes para encarnar antagonistas. Y sé que es injusto mencionar sólo una de sus facetas, pues se movió con eficiencia y dignidad en todos los géneros. Fue el Coronel Brandon en la versión de Ang Lee de Sensatez y sentimientos (1991), un publicista infiel en la inusualmente atractiva comedia romántica Realmente amor (Richard Curtis, 2003) o un adinerado padre en Perfume: historia de un asesino (Tom Tykwer, 2006). Por sólo mencionar algunos de sus papeles que más atesoro, fue el malvado Sheriff de Nottingham en Robin Hood, príncipe de los ladrones (Kevin Reynolds, 1991), suceso económico del momento con canción –de la entonces estrella Bryan Adams- incluida. También encarnó al infame Grigori Yefimovich Rasputin en la película para televisión Rasputin, sirviente oscuro del destino (Peter Pruce, 1996) o, en un sentido completamente opuesto, al actor shakesperiano Alexander Dane en la hilarante Héroes fuera de órbita (Galaxy quest, Dean Parisot, 1999), una suerte de parodia de la serie de televisión Viaje a las estrellas. Dane daba vida en ella al alienígeno Dr. Lazarus de Tev'Meck, símil inconfundible de la más famosa encarnación del también difunto Leonard Nimoy. También se dio la oportunidad de cantar en Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet (Tim Burton, 2007), donde fue el corrupto Juez Turpin, victimario y eventual víctima del famoso homicida de la leyenda y el folclor inglés.

Pero sin duda, por su notoriedad, el papel por el que pasará a la historia del cine es el del profesor de pociones Severus Snape en las adaptaciones a la pantalla de la serie de novelas escritas por J. K. Rowling. Snape, con su frialdad, fino sarcasmo y encanto enigmático, es uno de los personajes más complejos de la trama, un aparente villano que se redime ante nuestros ojos en la recta final de la saga. Por todo ello, lo adoramos. La autora del fenómeno nunca negó la admiración y respeto que sentía por él. Incluso le reveló, mucho antes que a todos, el peso y destino de su personaje en la historia.

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Extrañaré profundamente a Alan Rickman, un versátil actor que aún tenía mucho que ofrecernos. Siempre me quedaré con el deseo de verlo en los zapatos de James Moriarty, el Napoleón del Crimen creado por Arthur Conan Doyle. Lo curioso, y que pocos conocen, es que 1976 interpretó a su Némesis –el distinguido habitante del 221B de la calle Baker- en el teatro. Y de la más reciente encarnación de Sherlock Holmes escribiré la siguiente semana.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia de la ahora Ciudad de México.