Por Roberto Coria

Titulo esta columna en un declarado homenaje a la estupenda introducción que Stephen King hizo al número 400 de Batman, Why I chose Batman, contenida en la historieta publicada en octubre de 1986. En su texto, el indispensable autor revela el origen de su predilección por el héroe. En esta ocasión sigo su ejemplo, en el obvio marco del estreno de su nueva encarnación cinematográfica.

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Sé que resulta difícil tomar en serio a una figura colorida, extravagante y con un evidente estilo camp. En esa forma conocí al paladín, tal y como le dio vida el actor Adam West. Cada semana enfrentaba a un nuevo y casi siempre ridículo adversario, desde el emblemático Guasón encarnado por César Romero –con todo y su bigote maquillado- al malicioso y carismático Cascarón, personificado por Vincent Price, hoy por hoy uno de mis actores de horror preferidos. Sus combates a puño limpio –las pistolas y los cuchillos eran inadmisibles-, salpicados por vistosas onomatopeyas y la contagiosa música de Neal Hefti, eran épicos. Forman parte de los mejores recuerdos de mi infancia. Y estoy seguro que de la de muchos.

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Hoy las cosas son distintas. La percepción del hombre murciélago ha cambiado desde entonces, nutrida por las aportaciones del escritor Dennis O´Neil, el artista Frank Miller o las películas de Tim Burton y Christopher Nolan. Y en el cimiento se encuentra nuestra fascinación por los superhéroes. Algunos de estos modernos titanes, de la misma manera que sus precursores clásicos, surgieron del matrimonio del cielo y la tierra. Como el Mesías de cualquier religión, Superman tiene un padre terreno (el Sr. Kent, de Smallville) y un padre celestial (Jor-El, de Kriptón), aunque estructuralmente su omnipotencia lo aproxime más a la figura de Zeus, soberano del cielo. Otros, por el contrario, proceden de la oscuridad. Al igual que Hades, señor del inframundo y los diamantes, Batman se mueve en las tinieblas gracias al goce de la fortuna heredada por sus padres muertos.

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Y en lo anterior yace la diferencia. Batman posee un origen terrenal, mientras su hoy rival procede de las estrellas. Es un ser más próximo a nosotros, capaz de sentir nuestro dolor y nuestro hartazgo. Posee un especial significado en una época de las auto defensas, donde lamentablemente el crimen es parte de nuestra vida diaria. Superman se encuentra completamente distante de nosotros. Su supremacía hace clara nuestra inferioridad. Lo dijo muy bien el asesino y estudioso de los cómics Bill (el difunto David Carradine) en Kill Bill vol. 2 (Quentin Tarantino, 2004): “Clark Kent es la manera en que Superman nos ve. Es débil, inseguro de sí mismo. Es un cobarde. Clark Kent es la crítica de Superman a toda la raza humana”. Y eso lo coloca en una posición más elevada. En ella puede decidir sobre lo que es bueno y lo que es malo. Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos deseado ser como él. La gran fortuna es que es un buen individuo. Posee los mejores valores. Su llegada a la Tierra ocurrió en el escenario más benévolo para el mundo occidental: es hijo de un agricultor. Pero su visión estrecha en blanco y negro es lo que me aleja de él. En más de un momento le han apodado “Boy scout”. Por otra parte, allá en 1938 sus creadores Joel Shuster y Jerry Siegel no pudieron reprimir matices propagandísticos. En su uniforme lleva los colores del Imperio. Es defensor del “sueño americano” y la democracia. En cambio Batman se mueve en la opacidad, como sus ropas mismas adelantan. Es un renegado. No obedece las reglas de las instituciones. Resalta su incapacidad para enfrentar a los criminales. Con el mismo objetivo claro e inamovible de Superman –el bienestar de la colectividad- no duda en cometer delitos como allanamiento de morada o lesiones. Es la tercera víctima y único sobreviviente de un doble homicidio, un héroe nacido del horror y modelado por la pérdida y la disciplina. Su desdoblamiento, si bien atractivo y emocionante, demuestra que no se distingue por su salud mental. ¿Qué necesidad tiene una persona de su perfil –millonario, filántropo, parrandero empedernido- de usar un disfraz para salir a enfrentar al fenómeno que marcó su infancia, sometiéndose a todo tipo de riesgos? Esa es una más de sus riquezas: que es un personaje atormentado, ideal para todo tipo de análisis psicológicos. Y no debemos dejar de agradecer esto a su co-creador Bill Finger, quien desde su presentación en sociedad en 1939 no recibió el crédito que merecía y hoy le es dado un reconocimiento que –si bien no es el adecuado- vindica una injusticia de 75 años. Pero esa es otra historia.

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Como en la vida real, Batman libra una guerra que sabe nunca podrá ganar del todo. Y eso lo comprendo muy bien. Reconoce que son las pequeñas victorias las que le animan a seguir adelante. Hoy sigue enseñándome que los momentos de tragedia no nos definen tanto como las acciones que tomamos para lidiar con ellos. Estoy seguro que, en el tiempo que me queda de vida, será interpretado en el cine o la televisión –al menos- por dos actores más. Es un hecho que nos sucederá a todos. Seguramente incendiará, como lo hace desde nuestra infancia, la imaginación de personas que aún no han nacido.

Y eso se llama trascender.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche qu e murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.