Por Roberto Coria

Friedrich Wilhelm Plumpe nació el 28 de diciembre de 1888 en Bielefeld, provincia alemana de Westphalia. Murió 42 años después, el 11 de marzo de 1931, a causa de un accidente de tránsito muy lejos de su tierra natal, en Santa Bárbara, California. En ese momento usaba el nombre artístico de Friedrich Wilhelm Murnau, y era uno de los cineastas más talentosos de la naciente industria cinematográfica de su país. Tras una breve pero brillante carrera, fue requerido por el boyante Hollywood, donde realizó varias películas. La primera de ellas, Amanecer, canción de dos humanos (1927), recibió numerosos galardones, entre ellos tres novedosos premios Óscar en su primera emisión, celebrada en marzo de 1929. Después de su deceso causado por un traumatismo cráneo encefálico consecuencia del choque, Murnau fue embalsamado y trasladado un año después al cementerio de Stahnsdorf, cerca de Berlín, donde fue enterrado al lado del sepulcro de sus hermanos. Entre las poquísimas personas que asistieron a la ceremonia se encontraban la musa Greta Garbo y su colega, el también talentoso director de cine Fritz Lang.

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La obra de Murnau siempre será relevante para los devotos del horror pues, entre su filmografía se encuentra no solo una temprana versión de El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde –titulada Der Janus-Kopf en 1920, que por cierto se encuentra perdida- y una adaptación de Fausto (1926), sino que le debemos la joya llamada Nosferatu, sinfonía de horror (1922), cinta frecuentemente considerada como el primer ejemplar de vampiros en el Séptimo Arte. Pero de ella puedo platicar ampliamente en otro momento. Murnau volvió a figurar en los noticiarios de todo el mundo hace unos días, cuando se reportó el allanamiento de su tumba y el robo de su cabeza, ocurrido entre el 4 y el 12 de julio pasados, según las autoridades germanas.

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La decapitación, según nos ha enseñado la Historia y el sentido común, es el modo más rápido y efectivo de matar a una persona. Según la Medicina Legal, consiste en “cortar la cabeza, separándola del resto del cuerpo mediante una herida cortocontusa en la parte posterior del cuello o nuca”. Además, de acuerdo a la tradición literaria, es el mejor modo de eliminar a un ser que regresó de la tumba, sea un chupasangre o un zombi.

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Que la cabeza del director haya sido robada es a todas luces un delito. En estos rumbos, el acto sería sujeto a una sanción según el Código Penal para el Distrito Federal. Su artículo 208 dice que “se impondrá de uno a cinco años de prisión al que viole un túmulo, sepulcro, sepultura o féretro; o al que profane un cadáver o restos humanos con actos de vilipendio, mutilación, brutalidad o necrofilia. Si los actos de necrofilia se hacen consistir en la realización del coito, la pena de prisión será de cuatro a ocho años”.

El hecho va más allá de una mala broma o un vulgar acto de vandalismo. Quien lo cometió sabía perfectamente lo que hacía. Y conste que estoy especulando que fue sólo una persona. Sus motivos son un misterio. Colocarla en un funesto altar o la nigromancia son los primeros que me vienen a la mente. La segunda hipótesis cobra fuerza por los residuos de cera encontrados en las inmediaciones del lugar, lo cual apunta a alguna clase de ritual. Habría que estudiar si la fecha en que se hizo la profanación tiene un significado particular para el autor del delito. Como sea, la situación no deja de recordarme el cuento El hombre que coleccionaba a Poe (1951) de Robert Bloch, donde el obsesivo Lancelot Canning se aventuraba a coleccionar algo más que los escritos o las pertenencias del Poeta Maldito:

Ese era el fin último de mis planes, de mis estudios, de mi trabajo, de mi vida entera: regresar de la tumba, por medio de la brujería, el espíritu de Edgar Allan Poe de carne y hueso, revivido, para tenerlo soñando, creando y plasmando su genio de nuevo, allá abajo, en las cámaras privadas que le hice construir dentro de la bóveda, y por fin lo logré. Robar su cuerpo fue sólo una broma macabra. Lo que yo he hecho es la obra de un genio.

Lo llevaría ante él, pero no me atrevo, pues me odia, así como odia a todo ser viviente. Lo tengo encerrado solo, dentro de la bóveda, pues los resucitados no necesitan alimento ni bebida, y él se sienta ahí, pluma en mano, escribiendo sin cesar, volcando en el papel la esencia maligna de todo aquello que supuso en vida y que aprendió en la muerte.

¿Acaso no ve lo trágico de mi situación? Luché por traer su espíritu de vuelta, por entregarle nuevamente su genio al mundo, y sin embargo estas historias, estos trabajos, están llenos de semejantes horrores que nadie los soportaría. No pueden ser mostrados. Al regresar Poe de la muerte, trajo consigo sus frutos.

Por cierto, el relato formó parte de la antología fílmica Torture garden (Freddie Francis, 1967), que contó con un guión del propio Bloch y con las actuaciones de Peter Cushing como Canning y Jack Palance como el desafortunado narrador –aquí llamado Ronald Wyatt, aunque ustedes no lo crean.

De acuerdo a las enseñanzas del Maestro Bloch, si el cuerpo completo de Murnau hubiera desaparecido, estaría muy alarmado.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.