Por Roberto Coria

Una última licencia navideña. La manera de celebrar estas fiestas se ha convertido en motivo de desencuentro para muchos. Por un lado están quienes odian la navidad y maldicen todo lo que huele a muérdago, canela y pavo –o romeritos, si lo prefieren-, y en el opuesto las personas que comenzaron sus compras hace cuatro meses y adornaron su casa tan pronto terminó el Día de Muertos. Yo mismo detesto el carácter consumista y material de la celebración –muchos supermercados venden esferas para el árbol navideño desde agosto- y no me simpatiza del todo con su colorido, a veces exagerado. Pero lo que realmente brilla de manera honesta y espontánea en la ocasión es que emerge, aunque sea momentáneamente, la parte positiva de la naturaleza humana. “Es la fecha en que todos somos mejores, es más fácil sonreír, somos un poco más alegres. Por unas pocas horas del año somos las personas que siempre quisimos ser”, dijo Bill Murray en Los fantasmas contraatacan (Scrooged, Richard Donner, 1988), una más de tantas adaptaciones del clásico Canción de Navidad de Charles Dickens, obra a que dediqué mi entrada anterior.

Un rito obligado de mi infancia era ver en la televisión, acompañado de un generoso plato de recalentado, Cómo el Grinch se robó la navidad (Chuck Jones, 1966), la extraordinaria versión animada de la historia escrita en 1957 por Theodor Seuss Geisel, conocido por la posterioridad como el Dr. Seuss, el narrador e ilustrador estadounidense responsable de cautivar la imaginación de docenas de generaciones de niños en el país vecino y el mundo entero (olvidemos por un momento la horrible y popular película con Jim Carrey). Cuando crecí descubrí que el narrador del cortometraje, en su idioma original, era nada menos que Boris Karloff. Pensé que era genial que un actor de horror –un verdadero actor- narrara un cuento para niños.

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Recordemos una parte del texto, como un homenaje a ese maravilloso país llamado infancia y un pequeño regalo en estas fechas. Sin importar sus creencias, color o afiliación política, les deseo a todos lo mejor en este naciente 2014.

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Cómo el Grinch se robó la navidad

Dr. Seuss

Todos los Quién de Villa Quién se sentían felices en la Navidad,

Pero el Grinch no la disfrutaba, ya que solo en su morada todo el mal tramando estaba.

Era tan, pero tan malo, que no soportaba ni su mención.

Nadie puede decir por qué, ya que nadie sabe la razón.

Tal vez sería porque le apretaba un zapato, o tal vez se debía a que era un insensato.

Pero creo que el verdadero motivo es que tenía el corazón encogido.

Sea cual fuere la razón, zapatos o corazón, encontrábase ahí el Grinch esperando la Navidad lleno de odio sin razón.

Y con el ceño fruncido y el corazón encogido, miraba el Grinch enfurecido al pueblo de gozo enchido.

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Roberto Coria acepta sus regalos navideños a las instalaciones de Mórbido. Es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.