Por Roberto Coria

Dice acertadamente Rafael Llopis en su ensayo “M. R. James o el apogeo del fantasma”, estupendo prólogo a la antología M. R. James. Trece historias de fantasmas (Alianza, 1973), que “en el romanticismo inglés y alemán, la razón se sintió lo bastante segura de sí misma para empezar a jugar con los muertos”. Lo más cierto es que la duda sobre lo que ocurre después de nuestra desaparición del mundo físico es una de las más grandes constantes de la humanidad, una inquietud que se ha nutrido de la tradición oral de los pueblos y sus respectivas manifestaciones artísticas. Los avances de la tecnología han ayudado a la curiosidad del hombre, aunque también han contribuido a la incredulidad sobre el tema. Hoy son enormemente populares los programas televisivos donde “expertos” en lo paranormal recorren cementerios, antiguos hospitales psiquiátricos o casonas abandonadas en diferentes partes del mundo en busca de lo desconocido. Las imágenes que nos presentan, con el “realismo” de la cámara en mano –mi querido Antonio Camarillo le llama “cámara borracha”- y matices verdosos por la modalidad de visión nocturna, nunca me han mostrado –sin espacio para duda- verdaderos avistamientos de fantasmas. Luego vivimos en la era del software de manipulación fotográfica, del famoso Photoshop, donde con gran facilidad se pueden hacer todo tipo de falsificaciones. Beneficia por partida doble a los espectros y a la vanidad.

Antes de eso, existieron personas que se valieron del surgimiento de la fotografía para dar testimonio de a existencia de vida después de la muerte. Uno de los más afamados fue William H. Mumler (1832-1884), un enterrador oriundo de Boston, Estados Unidos, que sentía una gran afición por la naciente técnica. Hacia 1860 se tomó un retrato intrigante: en él aparecía, abrazándolo con el brazo izquierdo, su primo muerto 10 años atrás. Esto causó una verdadera sensación que llevó a considerar la toma como la primera fotografía de fantasmas de la Historia. Y ese fue el comienzo de un próspero negocio que obtuvo una notable clientela, como Mary Todd Lincoln, viuda del inmortal ex presidente de nombre Abraham, que se tomó una foto con su amor perdido. A más de 150 años podemos cuestionar de forma instantánea su autenticidad, más porque curiosamente el encuadre facilitaba la aparición fantasmal. Su trabajo fue investigado en 1863 por la publicación The journal of the Photographic Society of London, cuyo escepticismo creció cuando se enteraron que la esposa del hombre, Hannah Mumler, era una sanadora, espiritista y médium. Figuras del momento como Phyneas Taylor Barnum, popular empresario que amasó una fortuna con sus espectáculos que lucraban con el morbo de las personas, dijo que Mumler se aprovechaba de la ignorancia y el dolor de las personas para obtener beneficios. Realmente no eran muy diferentes.

Mumler fue enjuiciado por fraude en 1869. Uno de los testigos en su contra fue el propio Barnum, quien contrató al fotógrafo Abraham Bogardus para duplicar su proceso y demostrar que sólo se trataba de un gran engaño: lo capturó al lado del difunto Abraham Lincoln. Al término del litigio y ser declarado culpable, para liberarse del escrutinio público, Mumler consagró sus talentos al mundo editorial.

Fotos similares a las de Mumler abundan. Hablaremos de una de las más emblemáticas la siguiente semana.

__

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.