Por Roberto Coria

Si la licantropía de la que tanto hablamos las semanas anteriores supone uno de los más famosos desdoblamientos de la personalidad de la ficción, la época de Inglaterra que tomó el nombre de su soberana Alexandrina Victoria es un momento que fue definido por esta manifestación tan humana. La idea del doble es popular en prácticamente todas las culturas y visible cotidianamente: el hombre que se erige como ejemplo de todas las virtudes y visita prostíbulos secretamente, el homosexual que trata de ocultar su preferencia ante los demás y critica ferozmente a los que son como él, el sacerdote que sacia sus oscuros apetitos con los indefensos puestos bajo su cuidado. Contradicciones puras. En ese sentido el periodo victoriano no es tan distinto del nuestro.

2303_07_jekyll_hydeUno de los mejores retratos de esta situación es El extraño caso del doctor Jekyll y el Señor Hyde del escocés Robert Louis Stevenson, estupenda novela publicada a fines de 1885. “Es una historia atroz e inolvidable porque trata acerca del monstruo más temible: el que, vivo en nosotros, desata sus amarras sin aviso”, dice Vicente Quirarte. Es un texto indispensable. El comunicólogo español Román Gubern remata perfectamente: “es un libro de intriga criminal pero también es una novela de terror y de ciencia ficción, además de constituir una fantasía psicológica, una novela filosófica y una alegoría moral”. La obra de Stevenson es increíblemente contemporánea porque representa un espejo donde todos, de una u otra forma, podemos reflejarnos.

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El romance del sétimo arte con la historia, llevada en docenas de ocasiones a la pantalla grande, se debe invariablemente a sus ilimitadas posibilidades visuales en lo que concierne a la transformación de su protagonista. Inmejorable y un verdadero prodigio técnico de su era es la del actor Frederic March en El Dr. Jekyll y el Señor Hyde (Rouben Mamoulian, 1931), interpretación que le valió un premio Oscar. Si leemos detenidamente a Stevenson, las sensaciones del noble y desafortunado Henry Jekyll no son diferentes a las del hombre lobo Lawrence Talbot:

“Miré el líquido que bullía y humeaba en el vaso, esperé que terminara la efervescencia, luego me armé de valor y bebí. Inmediatamente después me entraron espasmos atroces: un sentido de quebrantamiento de huesos, una náusea mortal, y un horror, y una revulsión del espíritu tal, que no se podría imaginar uno mayor ni en la hora del nacimiento o de la muerte. Pero pronto cesaron estas torturas, y recobrando los sentidos me encontré como salido de una enfermedad grave. Había algo extraño en mis sensaciones, algo indescriptiblemente nuevo y por esto mismo indescriptiblemente agradable. Me sentí más joven, más ágil, más feliz físicamente, mientras en el ánimo tenía conciencia de otras transformaciones: una terca temeridad, una rápida y tumultuosa corriente de imágenes sensuales, un quitar el freno de la obligación, una desconocida pero no inocente libertad interior. E inmediatamente, desde el primer respiro de esa nueva vida, me supe llevado al mal con ímpetu decuplicado y completamente esclavo de mi pecado de origen”.

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¿Pero qué fue lo que contempló Jekyll frente el espejo? Su percepción ha sido interpretada de las formas más variadas. Seguiré con el tema en sucesivas entregas de este espacio.

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Es coautor de la obra de teatro “Yo es otro (Sinceramente suyo, Henry Jekyll)”. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.