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Nos encantan las etiquetas, y muchas veces se puede lucrar con ellas. Si un medio informativo, que indiscutiblemente es un negocio, publica en sus titulares “El Asesino Serial Ataca de Nuevo”, sus ventas se incrementarán sustancialmente. Por ello se suele abusar del infame calificativo en aras del beneficio económico. Esto ha ocurrido en más de una ocasión como nos enseña la Historia del crimen. No salgamos de nuestro país. Las nefastas hermanas González Valenzuela, recordadas como Las Poquianchis, no son –por más que insistan algunas fuentes- asesinas seriales. Eran –porque ya murieron todas- unas lenonas que en la década de los cincuenta –del siglo pasado- administraban un prostíbulo y asesinaban a sus “empleadas” cuando se embarazaban o les causaban problemas. O tenemos el caso Adolfo de Jesús Constanzo, cabeza del grupo delictivo apodado Los Narcosatánicos de Matamoros. Él era –ordenó a uno de sus cómplices que lo matara cuando su captura era inminente- un tratante de estupefacientes que practicaba la religión pagana Palo Mayombe y la usaba para “bendecir” sus “negocios”. Los brutales homicidios que su grupo criminal cometió fueron parte de sus ritos y de paso ayudaban a consolidar su posición ante sus rivales.

Por fortuna, el fenómeno del asesinato serial no es algo tan frecuente para nosotros. Otras formas de violencia son suficientemente escandalosas y alarmantes para dominar el panorama noticioso, y permear, por supuesto, a las masas en todas las maneras posibles, donde el crimen es casi es glorificado. Por sólo citar un ejemplo, de ahí viene el éxito de la impresionante cantidad de telenovelas como La Reina del Sur o El Señor de los Cielos. En México hay pocos casos de asesinato en serie. Pocos pero terroríficamente sustanciosos. Tal vez el más famoso de todos sea el de Gregorio Cárdenas Hernández, bautizado por los periódicos de su tiempo como El estrangulador de Tacuba, responsable de asesinar a cuatro mujeres en 1942.

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Cuando Goyo –así suele llamársele- era sólo información genética, en pleno Porfiriato, los crímenes de Francisco Guerrero Pérez horrorizaron a la opinión pública. Y lo menciono porque la semana pasada escribí sobre Bernardo Couto Castillo, quien sin duda escuchó de sus crímenes. Fue la escalofriante sensación de finales del siglo XIX. La ilustración de José Guadalupe Posada lo comprueba. Se discute sobre los motivos de su nombre artístico. La mayoría habla de su indumentaria –invariablemente vestía un chaleco-, pero también llega a decirse que era porque obligaba a sus víctimas –prostitutas casi todas- a tener relaciones sexuales, “a chaleco”. Lo cierto es que no se acostumbra a hacer mención de su existencia. Le dicen –con cuestionable orgullo- nuestro Jack el destripador.

La comparación es pertinente. Ambos monstruos son contemporáneos y no sólo atacaban a hijas de la noche, sino que sus cotos de caza –el barrio londinense de Whitechapel y la zona capitalina de La Merced- son muy similares. Guerrero, nacido en el Bajío en algún momento de 1840, asesinó entre 1880 y 1888 a un número indeterminado de mujeres –se señala un mínimo de 20- cuyos cuerpos arrojaba en la zona del Río Consulado, por lo que fue sentenciado a muerte. Inesperadamente, Porfirio Díaz conmutó su pena por 20 años de prisión en la isla de San Juan de Ulúa. Por un error administrativo, fue liberado anticipadamente en 1904, pero no pudo acallar su sed de sangre. Volvió a las andadas en 1908 y fue de nueva cuenta aprehendido. Se le confinó en la flamante Cárcel de Lecumberri, y murió en 1910, justo antes que se cumplimentara su nueva pena capital.

Las andanzas de El Chalequero son recordadas por mi querido Bernardo Esquinca en su novela Carne de ataúd (Almadía, 2016), tercera entrega de la serie centrada en el reportero de nota roja Casasola. Pero ahora la narración recae en su ancestro Eugenio Casasola, quien comparte la profesión de su nieto y se encuentra en los pilares del periodismo de tema criminal en nuestro país, con la presencia de importantes figuras del momento, desde el virtuoso ilustrador Julio Ruelas (1870-1907) al criminólogo Carlos Roumagnac (1869-1937), sin dejar a un lado al mismo Porfirio Díaz o al ocultista británico Aleister Crowley (1875-1947). Esto demuestra, casi como dijo Thomas De Quincey, que el asesinato en serie también puede considerarse como una de las Bellas Artes.

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