por Roberto Coria

Las deudas de juego son deudas de honor. Hablábamos sobre la saga de películas estelarizadas por los terribles xenomorfos, una estirpe de seres de pesadilla surgidos en mi generación. A diferencia de personajes clásicos como el Conde Drácula, la criatura de Frankenstein, el Hombre invisible o el Hombre lobo, que fueron creados cuando sólo éramos información genética, muchos de nosotros los vimos nacer y evlucionar. Junto a Michael Myers o Freddy Krueger, podemos decir con orgullo que son nuestros monstruos. Es por ello que tengo un apego especial a ellos. El xenomorfo, ideado visualmente por el artista suizo Hans Rudolf Giger –a partir del guión de Dan O'Bannon y Ronald Shusett-, me causó temor desde su primera aparición en Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979) por muchas razones: su aspecto, que asemeja a un enorme insecto o una sanguijuela; que sólo lo vemos fugazmente en pocos instantes del metraje de la cinta, cosa que lo hace más amenazante; que puede surgir de nuestras entrañas, de ser “preñados” en un acto que semeja a una violación; que de herirlo, debes tener cuidado que su sangre corrosiva no te salpique y, lo que más me impactó, que no tiene ojos. Y sin embargo está atento de todos tus movimientos. Son máquinas de matar perfectas. Es inútil razonar con ellos o apelar su misericordia, pues no la tienen.

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A partir de lo presentado por Scott, los xenomorfos han continuado presentes entre nosotros. Sus tres secuelas directas, disímiles unas de otras, son muestras claras de su capacidad de adaptación. En Aliens, el regreso (James Cameron, 1986), la gran sobreviviente y estrella humana de la serie Ellen Ripley (Sigourney Weaver), no sólo ve obligada a enfrentar nuevamente a esta especie, sino que lucha con la voracidad y falta de escrúpulos de sus empleadores, en un trepidante drama bélico. Después de la película original, es mi favorita. Primeramente porque es la que abunda en la fisiología de los letales villanos y su ciclo reproductivo. Esto en realidad no era algo nuevo, pues Scott pensaba incluir esa información en la cinta original, como lo demuestra una escena eliminada contenida en sus ediciones caseras. Y no podemos olvidar su gran aportación: la Reina Alien. En Alien 3 (1992), ópera prima del talentoso David Fincher, la nuevamente sobreviviente Ripley despierta no sólo para descubrir que ha perdido todo de nueva cuenta, sino que se encuentra atrapada en un planeta-penitenciaría y que, para su sorpresa, debe enfrentarse otra vez a su victimario alienígena. Y en Alien, la resurrección (1997), dirigida por el imaginativo francés Jean-Pierre Jeunet a partir de un guión de Joss Whedon (el mismo de Buffy, la cazavampiros, La cabaña del terror y el díptico Los Vengadores), una genéticamente resucitada Ripley, con ayuda de unos rapaces espaciales, encara a una nueva forma del mal. La gran meta de la tetralogía, evitar que la especie llegue a la Tierra, resulta inútil al final gracias a sus dos decepcionantes pero a veces divertidos crossovers (Alien contra Depredador): los Aliens han estado en el planeta desde la antigüedad. Y ya que vamos a hablar sobre cruces de caminos, conviene revisar el cortometraje escrito y dirigido por Sandy Collora en 2003, Batman, dead end, donde no sólo se anticipa el enfrentamiento con los furtivos Depredadores, sino con el Justiciero de Ciudad Gótica.

Hace unos días Ridley Scott anunció su intención de retomar la serie que inició y tantos logros (y dinero) le valió. Ya comenzó con Prometheus (2012), la cual pretende continuar con tres películas más que nos conducirán a los eventos que conocimos en 1979. La primera de ellas, Alien: Covenant, llegará a nosotros en 2017. Así que podemos saltar de alegría o entregarnos a la preocupación.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico que concluyó su primera temporada de vida. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.