Las pistolas las carga el diablo

Sería interesante rastrear el origen de esta expresión popular, presente en muchas regiones –incluso países-, pero sin duda se refiere a las nefastas consecuencias de su uso. Desde el punto de vista forense, el estudio de las armas de fuego es territorio de la Balística, la disciplina auxiliar de la Criminalística –que se apoya en la Mecánica y la Física- y comprende también el alcance, dirección y efectos que producen los proyectiles que disparan. No abundaré en este amplísimo tema. Si desean conocer más sobre él, les recomiendo el libro Balística Forense (Porrúa, 1979) de Luis Rafael Moreno. El empoderamiento que suponen las ha hecho increíblemente populares –casi indispensables- en subgéneros como el policial y sus innumerables derivaciones.

Esto naturalmente se ha extendido a todas las manifestaciones artísticas. Incluso en el inicio de su carrera, el justiciero conocido como Batman poseía una y no dudaba en emplearla para combatir y “ajusticiar” a sus contrincantes. Esto fue antes de la presentación de su formidable origen, ocurrida en el número 33 de Detective Comics, en noviembre de 1939. Pero era imposible continuar con esta costumbre. A partir de entonces, si estos artefactos arrebataron la vida a sus padres, se negó rotundamente a usarlas –por supuesto ha roto esporádicamente esta regla a lo largo de los años-. Que portara una pistola es comprensible porque era algo habitual en otros personajes del momento, como el aventurero Lamont Cranston, creado en 1930 por Walter B. Gibson, quien por las noches adoptaba el nombre de La Sombra.

Como sucedió con Jason Voorhees y su inseparable machete –de lo que ya he platicado-, estos objetos se han convertido en parte inseparable de muchos personajes. Todos conocemos al ficticio Harry Callahan, el Inspector del Departamento de Policía de San Francisco interpretado por el veterano Clint Eastwood en cinco ocasiones. No puedo concebirlo sin su Magnum calibre .44, “el arma más poderosa del mundo”. Es parte de su personalidad.

 

Lo mismo ocurre –ocurrirá- en el año 2019 con la pistola de cargo de Rick Deckard, el cazador de replicantes ideado por el escritor Phillip K. Dick –en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?- y hecho carne por el actor Harrison Ford en la maravillosa película –incomprendida en un principio- Blade Runner (Ridley Scott, 1982). El naciente 2017 nos traerá su tardía secuela, Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve), pero esa será otra historia. Lo cierto es que figuras de su talla no pueden emplear una pistola ordinaria. Necesitan una más imponente, con una mayor capacidad de destrucción.

El director Paul Verhoeven lo entendió muy bien en RoboCop (1987), reelaborada en 2014 por el brasileño José Padilha. Y hay interesantes casos parecidos. El T-800 interpretado por el gigantón Arnold Schwarzenegger se dio el gusto de usar todo tipo de armas de fuego en la serie ideada por James Cameron, desde ametralladoras Uzi (Terminator, 1984), hasta su ya emblemático rifle Winchester modelo 1887 y la potente ametralladora M134 (Terminator 2: el Juicio Final, 1991).

El escritor y dibujante Mike Mignola dotó a su entrañable Hellboy de un imponente revólver, bautizado en la película de Guillermo del Toro (2004) como El Samaritano. Aumentó su poder de fuego en su continuación, Hellboy 2: el Ejército Dorado (2008), con el estruendoso Big baby. Y esto reafirma el dicho que inspira estas líneas.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Escribió la puesta en escena “El hombre que fue Drácula”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.