Me debato entre el horror y la celebración. Lo primero por el trágico incidente ocurrido en una escuela regiomontana. Lo segundo porque hoy es el 208 aniversario del natalicio de Edgar Allan Poe, autor al que debemos tanto y nos enseñó que esta emoción es  mejor desde la ficción y debe quedarse en la página impresa.

No puedo negar la cruz de una de mis parroquias. Sigamos en sintonía con las ciencias forenses. En los momentos finales de la cuestionada V de venganza (James McTeigue, 2005), el nefasto jefe de la más nefasta policía secreta británica Peter Creedy (Tim Pigott-Smith) confronta al “terrorista” conocido como V (Hugo Weaving) y le pregunta si sabe cómo terminará todo. Éste, tranquilo y en dominio de la situación (pese a que todo está en su contra), responde “con mis manos alrededor de su cuello”. Minutos después, cumple la profecía. Investigar lo anterior es competencia de la Asfixiología forense, que es la rama de la Medicina Legal que estudia las asfixias relacionadas con algún hecho delictivo. La palabra Asfixia proviene del griego “a” que significa “sin” y “sphisis”, que quiere decir “sin pulso”. Es la falta de respiración, por trastornos en la ventilación respiratoria, que impide la oxigenación de la sangre dando lugar a una hipoxia o anoxia (sin oxígeno), algunas veces reversibles y en otras irrecuperables. Pero no me pondré demasiado técnico.

 

Las afixias pueden ser de tres tipos: clínicas, mecánicas o químicas (gaseosas). Mientras las primeras son producidas por causas patológicas, como enfermedades orgánicas del corazón, la sangre o los pulmones, las segundas son las más frecuentes y legalmente las de mayor importancia pericial. Inevitablemente significan una conducta criminal. Dentro de las mecánicas, sus modalidades de ahorcamiento y estrangulamiento seducen enormemente a las bellas artes. Suponen una mayor intimidad entre la víctima y el victimario. Su cercanía física puede hablar de una relación que involucra poderosos sentimientos. Las formas más comunes de ahorcamiento son el suicida (la más usual), el homicida (por venganza colectiva como el linchamiento o por ejecución judicial) o por simulación (“colgar” cadáver para aparentar un suicidio). Podemos ver un ahorcamiento suicida, por ejemplo, en La Profecía (The Omen, Richard Donner, 1976). La primera niñera (Holly Palance) del pequeño Anticristo Damien Thorne (Harvey Spencer Stephens) se lanza al vacío con una cuerda alrededor del cuello, ante la mirada horrorizada de los convidados a su quinto cumpleaños.

El estrangulamiento es la interrupción violenta de la circulación cervical a causa de una enérgica constricción del cuello, aplicando dos fuerzas opuestas o  convergentes. En contraste con el ahorcamiento, en el estrangulamiento no interviene el peso del cuerpo de la víctima sino la fuerza ejercida alrededor del cuello y esta puede ser de dos formas: manual (con las manos, antebrazos, brazos o pies) o armado (con cualquier agente constrictor, sea un lazo, una cuerda, agujeta, corbata o alambre). En el primer caso, el villano Darth Vader, inolvidable creación (como saben) de George Lucas, se daba el gusto de usar por igual sus propias manos o la poderosa Fuerza. Décadas más tarde, el malvado Sylar (Zacary Quinto) siguió sus enseñanzas en la extinta teleserie Héroes (2006-2010) sólo que empleando sus poderes telequinéticos. Su creador, Tim Kring, un declarado admirador de los cómics y la ciencia ficción, hizo esto como un declarado homenaje al ángel caído.

La segunda variedad también fue recurrente en el cine del británico Alfred Hitchcock. Podemos verlo en el inicio mismo de La soga (1948), basada a en la obra teatral homónima de Patrick Hamilton, inspirada a su vez en la historia criminal (de la vida real) de los jóvenes homicidas Nathan Leopold y Richard Loeb, o en Frenesí (1972), su penúltimo trabajo. Su guión se desprende de la novela Goodbye Piccadilly, Farewell Leicester Square de Arthur La Bern y cuenta las andanzas de Richard Ian Blaney (Jon Finch), un homicida serial que viola y asesina mujeres usando corbatas como sello distintivo.

Las asfixias químicas o gaseosas se presentan cuando el aire oxigenado es sustituido por otro gas (monóxido de carbono, bióxido de carbono, gas butano o doméstico) o disminuido por la presión atmosférica, confinamiento o disminución de la hemoglobina, sea de manera accidental, suicida u homicida. Tenemos ejemplos en innumerables películas que nos muestran una pequeña parte de los horrores del Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial o en ejecuciones en el sistema carcelario estadounidense. Sobre éstas, siempre tengo en mente la del asesino Edgar Reese (Elias Koteas) en la el thriller sobrenatural Poseídos (Fallen, Gregory Hoblit, 1998). Mientras aspira el gas letal, canta con gran ánimo y socarronería a los Rolling Stones. “El tiempo está de mi lado”. Esto demuestra, como siempre digo, que el hombre es el peor de los monstruos.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Escribió la puesta en escena “El hombre que fue Drácula”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.