Por Roberto Coria

En 1941 el psiquiatra estadounidense Hervey Milton Cleckley (1903-1984) acuñó el término máscara de sanidad para designar al disfraz que portan los psicópatas –en la era de la corrección política, “personas con trastorno antisocial de la personalidad”- para aparentar normalidad y ser funcionales ante la sociedad, del mismo modo que el Dexter Morgan de Jeff Lindsay o el Hannibal Lecter de Thomas Harris. En su libro, cuyo título completo es The Mask of Sanity: An attempt to clarify some issues about the so-called Psychopathic Personality, Cleckley observó en ellos 16 ´señales inequívocas para identificarlos, que deben ser persistentes y no ocasionales:

1. Inexistencia de alucinaciones u otras manifestaciones de pensamiento irracional.

2. Ausencia de nerviosismo o de manifestaciones neuróticas.

3. Encanto externo y notable inteligencia.

4. Egocentrismo patológico e incapacidad de amar.

5. Gran pobreza de reacciones afectivas básicas.

6. Vida sexual impersonal, trivial y poco integrada.

7. Falta de sentimientos de culpa y de vergüenza.

8. Indigno de confianza.

9. Mentiras e hipocresía.

10. Pérdida específica de la intuición.

11. Incapacidad para seguir cualquier plan de vida.

12. Conducta antisocial sin aparente remordimiento.

13. Amenazas de suicidio raramente cumplidas.

14. Razonamiento insuficiente o falta de capacidad para aprender la experiencia vivida.

15. Irresponsabilidad en las relaciones interpersonales.

16. Comportamiento fantástico y poco regulable en el consumo de alcohol y drogas.

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Menos sutiles que los individuos analizados por Cleckley –que han ocupado esta Tinta negra las semanas anteriores- han sido otros asesinos que el cine de horror ha creado, representantes del género y auténticos mitos contemporáneos que han privado del sueño a más de una persona: los asesinos slashers. “Uno de los acontecimientos más importantes el cine de los ochenta fue la proliferación de un subgénero que se abría paso entre charcos de sangre, despellejamientos y tripas al descubierto: el cine de horror gore y su versión splatter”, recuerda Rafael Aviña. Estos nuevos monstruos se mueven entre lo real y lo sobrenatural, advierten a la juventud desbocada –a punta de cuchillo y machete- sobre la moral y la sexualidad responsable en la era del VIH y las enfermedades de transmisión sexual, pero sobre todo representan la suma de nuestros miedos más elementales de la infancia –a la noche, a lo diferente, a quedarnos solos en una habitación a oscuras-. El claro precursor de esta deliciosa galería de personajes, el sanguinario Michael Myers, nació en el verano de 1978 gracias a la imaginación de John Carpenter y Debra Hill. Todos conocemos su historia: de niño toma –sin razón aparente- un cuchillo y masacra a su hermana mayor con un cuchillo carnicero la noche de Halloween. Años después escapa de la institución mental donde fue confinado y obedece el llamado de la sangre. En el libreto –originalmente titulado The babysitter murders- los autores se refieren al personaje como The shape. Myers y sus herederos se convirtieron no sólo en espléndidas alegorías de la represión sexual, sino en presencias indestructibles, tanto en el celuloide como en el imaginario popular. Esto lo refuerza la fatal afirmación del pequeño Tommy: “tú no puedes matar al coco”.

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La saga que inició –que se extendió a ocho películas-, su cuestionada reelaboración de 2007 –a cargo del músico y cineasta Rob Zombie-, su aún más discutida secuela, su paso por la literatura y sus inmensas posibilidades serán un tema que podremos discutir en el futuro. Por lo pronto sus ilustres colegas serán el pretexto de las siguientes publicaciones de esta columna.

Me despediré preguntándoles a cuáles monstruos prefieren, a los de la realidad o a los enmascarados. En lo personal prefiero a los segundos. Ellos se desvanecen tan pronto salimos del cine o presionamos un botón en el control remoto. Los primeros pueden estar sentados justo a nuestro lado, sin que nos demos cuenta de su presencia. Se parecen a ustedes o a mí.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.