Por Roberto Coria

Dos personajes de la filmografía de Robin Williams, actor fallecido el lunes pasado, muy pertinentes ahora hablamos de la monstruosidad humana, se alejan completamente de los papeles por los que fue mayormente reconocido: individuos bonachones, graciosos, simpáticos o irreverentes.

Conocimos el primero de ellos en la reelaboración (remake si prefieren) estadounidense de la película Insomnia, dirigida en 2002 por Christopher Nolan a partir de un guión de Hillary Seitz (de su original, dirigida en 1997 por el noruego Erik Skjoldbjærg, hablaremos en otro momento). En ella Williams encarnaba al novelista Walter Finch, residente del pacífico pueblo de Nightmute, Alaska. La inocente Kay Connell (Crystal Lowe), admiradora del relato de tema criminal y novia de un joven posesivo y violento, se siente atraída por el escritor. Cuando ella no corresponde a sus intenciones románticas, Finch la mata y arroja su cadáver en un basurero. Antes de hacerlo, limpió meticulosamente el cuerpo para eliminar todo indicio que lo vinculara a él. Días después, en la plancha de la morgue local, el detective de homicidios Will Dormer (Al Pacino) la examina y advierte que el autor del delito “cruzó la línea y ni siquiera parpadeó”. Cuando su compañero le pregunta si fue su primera víctima, responde que no lo sabe. Pero asegura que habrán más.

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El otro es Seymour Parrish, apocado empleado del departamento de revelado de fotografías en un gran centro comercial en la película Retrato de una obsesión (su título original es One hour photo), escrita y dirigida el mismo año 2002 por el estadounidense Mark Romanek. Parrish es un sujeto pulcro, solitario y aparentemente inofensivo que se obsesiona con la familia Yorkin a través del trabajo que cotidianamente realiza para ellos. Secretamente hace copias de sus fotos y compone un enfermizo collage en el muro de su departamento, con el que sueña que es parte del clan.

Tanto Finch como Parrish pueden ser dos asesinos seriales en ciernes. Son el mejor ejemplo de lo que el psiquiatra estadounidense Hervey Milton Cleckley (1903-1984) llamó máscara de sanidad en 1941. El término designaba al disfraz que portan los psicópatas –en la era de la corrección política, “personas con trastorno antisocial de la personalidad”- para aparentar normalidad y ser funcionales ante la sociedad. Ambos personajes de ficción tienen un aspecto agradable, son encantadores e inteligentes, son capaces de mentir convincentemente cuando les cuestionan sobre sus acciones y tienen pleno poder de distinguir entre el bien y el mal. Lo mismo sucede con otros casos recientes de la ficción, como Dexter Morgan o Hannibal Lecter, a quien dediqué esta Tinta Negra durante varias semanas. Aunque sus motivaciones son muy diferentes, las acciones de Finch y Parrish habrían escalado con toda seguridad de salirse con la suya, como la realidad nos ha enseñado muy bien. Son dos monstruos en potencia.

Si desean leer una breve opinión sobre la muerte de Williams, visiten mi blog.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.