por Roberto Coria

Regreso a la ciudad, luego de una fructífera experiencia vampírica en San Luis Potosí. También, una vez más, a la clasificación de la monstruosidad según nos la ofreció el español Juan Antonio Molina Foix en Horrorscope. Mitos básicos del cine de terror (Nostromo, 1974). En su primer apartado, dedicado a los monstruos humanos, distingue una monstruosidad psicológica conformada por sádicos, maníacos, psicópatas, voyeristas, profesores, sabios, doctores e hipnotizadores. Y por algunos de ellos –los de la ficción- siempre he sentido una especial atracción. No me refiero al delincuente ordinario –esos tienen su propio encanto-, sino a las grandes mentes criminales que se encuentran detrás de todo, que urden perversas tramas sin arriesgarse físicamente.

Entre su gremio, al menos para mí, siempre brillará uno. Y es el más acérrimo enemigo de Sherlock Holmes, James Moriarty, “el Napoleón del crimen”, quien no sólo encarna al perfecto opuesto del personaje, sino es tal vez el primer representante de una larga estirpe que le da sentido y personalidad a toda saga literaria. Lisa Simpson lo advertía bien. “Sherlock Holmes tenía a Moriarty, Batman al Guasón, Maggie a esa bebé que la ve mal”. Moriarty es el precursor de los supervillanos, el “villano jefe que pelea contra el héroe con su mente”, como aseguraba Elijah Price (Samuel L. Jackson) en la película El protegido (M. Night Shyamalan, 2000). Su relación ha sido explorada en incontables ocasiones, desde la novela de 1974 La solución al siete por ciento de Nicholas Meyer (transformada por Herbert Ross en 1976 en una flamante película donde Sir Laurence Olivier interpreta al villano), brillantes ejercicios literarios como El Año de Drácula (1992) de Kim Newman hasta divertimentos aparentemente inofensivos, como la película disneyana Policías y ratones (The great mouse detective, Ron Clements y Burny Mattinson, 1985), basada en el libro infantil Basil de Baker Street de Eve Titus (ilustrado por Paul Galdone).

Mi admiración por ambos personajes –por la figura del héroe y el villano en general- siempre me lleva a recordar el enfrentamiento climático entre Holmes y Moriarty en las cataratas Reichenbach, tal como fue descrito por Arthur Conan Doyle en El problema final (1891). La decisión de asesinar a sus más notables personajes –sobre todo a Holmes- persiguió a Conan Doyle y le valió reclamos de su enorme público y de la misma Reina Victoria. Este crimen posee numerosas explicaciones, sobre las que especularé en el futuro. Por lo pronto recordemos el episodio como nos los presentó el brillantísimo escritor británico Alan Moore –a través del dibujante Kevin O´Neill- en la novela gráfica La liga de los caballeros extraordinarios. Sobre la adaptación de ésta al cine pesan muchas críticas, mayormente negativas, y seguramente platicaremos de ella en algún momento. La primera de ellas –y tal vez la más enérgica- fue la del propio Moore.

Seguiré hablando sobre el malvado intelecto de James Moriarty y sus rostros la siguiente semana.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.