Por Roberto Coria

Mientras usted lee esto, querido lector, estoy por arribar al bello San Luis Potosí, a donde fui invitado por la Dirección de Publicaciones y Literatura de la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado para impartir el curso Asesinos seriales, realidades y ficciones. De forma paralela la Cineteca Alameda del lugar, su órgano cultural hermano, proyecta el ciclo de cine Asesinos Seriales, del 23 al 28 de junio. En redes sociales una persona manifestó abiertamente su rechazo a este tipo de actividades que “sólo dan ideas a los criminales, como si no hubiera suficientes matanzas en el país, con todas esas telenovelas sobre asesinos y narcotraficantes”. La anterior es una opinión extrema y poco informada, pues los organizadores –o su servidor- no pretenden hacer una apología de la violencia, mucho menos incitar actitudes destructivas. Los asesinos en serie –personas afortunadamente poco comunes en nuestro entorno- son radiografías de un fenómeno de nuestros días, de una sociedad fascinada por los monstruos que engendra y aplaude. Ver cine de asesinos seriales es observar de cerca la oscuridad de la conciencia humana que constituye “todo un subgénero que no solo se nutre de la nota roja cotidiana, sino del suspenso, el relato policial, el horror y sus derivaciones el gore y el splatter, e incluso de la pornografía”, como bien asegura el investigador y crítico de cine Rafael Aviña. Inevitablemente, la ocasión es la excusa perfecta para seguir hablando de monstruos humanos, según la clasificación que hizo Juan Antonio Molina Foix en su libro Horrorscope. Mitos básicos del cine de terror (Nostromo, 1974).

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Una de las películas que se proyectarán es la no suficientemente conocida reelaboración de Maniac (2012), tercer largometraje del francés Franck Khalfoun. Primeramente cuenta con un respetuoso e inteligente guión de Alexandre Aja, Grégory Levasseur y C.A. Rosenberg, que parte de la película de culto del mismo nombre, dirigida en 1980 por William Lustig y escrita y protagonizada por Joe Spinell, joya prohibida en los estantes de los videoclubes de mi niñez. Ahora el papel del asesino serial Frank Zito es heredado por Elijah Wood, cuya cara de niño bueno es diametralmente opuesta a la de su antecesor Spinell. Esa es una cualidad que los realizadores aprovecharon muy bien, tal como lo anticipó Alfred Hitchcock al elegir a Anthony Perkins para interpretar al desquiciado Norman Bates en 1960 –ya saben en dónde-. El monstruo más terrible es el que se parece a nosotros, el que vive en la puerta de al lado, el que no da motivos para desconfiar de sus intenciones. Al menos así sucedió a muchas de las víctimas de Ted Bundy o Jeffrey Dahmer, con nefastos resultados. Pero las de ellos son otras historias de horror que he tratado en otros espacios.

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Bajo su máscara de sanidad, Zito esconde un pasado perturbador revelado a través de los ojos del homicida: la cinta –casi en su totalidad- se nos presenta en cámara subjetiva. La propositiva puesta en escena permite que los espectadores calcen los zapatos del criminal. Sólo vemos a Elijah cuando camina frente a ventanales, en espejos retrovisores u otras superficies reflejantes, lo cual es un alarde de técnica narrativa del cinefotógrafo Maxime Alexandre, cuyo estilo apreciamos desde su cartel promocional. Luego está la lóbrega partitura del músico francés Robin Coudert, quien firma sus obras simplemente como Rob. Todo adereza a la perfección secuencias sanguinolentas, que no escatiman en mostrar a nuestro “héroe” ejerciendo su oficio: rebanar gargantas y escalpar a inocentes damiselas.

Pero lo mejor, insisto, es Wood, con su aspecto casi frágil, inocente y bondadoso que acotó desde muy temprana edad en su debut fílmico e ineludiblemente relacionamos con su Frodo Bolzón en la trilogía El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001-2003) pese a que ya lo vimos como el sádico Kevin en La ciudad del pecado (Robert Rodríguez y Frank Miller, 2005). Ya desde ahí demostró que podía dar miedo.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.