Por Roberto Coria

Como dije antes, los lugares de infame memoria sobran en la realidad y la ficción. Vayamos a algunos ubicados en los segundos territorios, específicamente en el mundo de las letras. Comparto con ustedes algo que siempre me ha intrigado, a días de viajar –por razones de trabajo y placer- y hospedarme en un lugar que adoro en una de mis ciudades favoritas del país. Estar solo en una habitación de hotel siempre detona mi imaginación. ¿Cuántas historias tristes y alegres han ocurrido ahí? ¿Cuántas uniones y desencuentros han atestiguado? ¿Quién ha dormido en esa cama antes que yo? ¿Esa persona estaba feliz, deprimida o enferma? Para comenzar un hotel, con todo y los lujos que puede ofrecer, es un lugar inquietante. Recordemos por lo pronto dos de ellos.

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Uno es el enorme, embrujado y ficticio Hotel Overlook, un apacible lugar en lo alto de las Montañas Rocallosas que cierra sus puertas en el inclemente invierno, presentado por vez primera en El resplandor (1977), la tercera novela de Stephen King. El escritor advierte antes de iniciar el relato: “Algunos de los más hermosos hoteles de temporada del mundo se hallan en el estado de Colorado, pero el que se describe en estas páginas no se basa en ninguno de ellos. El Overlook y la gente que con él se vincula no existen más que en la imaginación del autor”. Aunque el texto se centra en el cuidador temporal del hotel, escritor y alcohólico en rehabilitación Jack Torrance, su esposa Wendy y su hijo Danny, conocemos como trasfondo la historia de la trágica muerte, a lo largo de los años, de muchos de sus huéspedes y la locura homicida del antecesor de Torrance, Delbert Grady, quien sucumbió al encierro y los fantasmas del lugar y asesinó a su familia. El administrador del hotel, el señor Ullman, recuerda a Jack el suceso:

Las mató, señor Torrance, y después se suicidó. Asesinó a las pequeñas con un hacha y a su mujer con una pistola, con la que luego se suicidó. Tenía una pierna rota. Sin duda estaba tan borracho que se cayó por las escaleras.

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Posteriormente el señor Watson, heredero de los fundadores del lugar, abunda en la reputación del Overlook, concretamente en la funesta habitación 217, y hace un pequeño prefacio, con humor siniestro: “Esposa de prominente blablablá neoyorkino aparece muerta con la panza llena de somníferos, después de haber jugado al escondite con un chico que podía haber sido su nieto”.

¿Y qué pasa luego? Una semana después esa estúpida camarera, Delores Vickery, da un grito infernal haciendo la habitación de esos dos y cae desmayada. Cuando vuelve en sí, dice que ha visto a la muerta en el cuarto de baño, tendida en la bañera, desnuda. “Con la cara de color púrpura e hinchada. Me sonrió”, dice. […] Calculo que en este hotel deben haber muerto unas cuarenta o cincuenta personas desde que mi abuelo empezó el negocio en 1910.

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El resplandor es una novela que aglutina algunos de los temas más recurrentes de King (el escritor como personaje, el niño con facultades paranormales, los fantasmas y demás demonios que convierten a un hombre bueno en malvado, la familia promedio enfrentada a lo sobrenatural, los lugares –casas u hoteles- donde ocurrieron nefastos sucesos). De todos sus trabajos, la obra es una de mis favoritas. Stephen Jones y Kim Newman la colocan en el lugar 77 en su libro Horror 100 best books (Carrol & Graf, 1998). En él, Peter Straub, talentosísimo escritor estadounidense y compañero de King en muchas batallas, califica El resplandor como “una obra maestra”. Y coincido con él: Peter Straub es digno de todo crédito. El Overlook, o mejor dicho el lugar donde se erigió el Overlook, posee un papel importante en Dr. Sueño (2013), la tardía secuela de King a su célebre creación. Pero evito estropear la sorpresa al lector.

El escritor ya había retomado la idea del nefario hotel en 1408, uno de los mejores cuentos de su antología Todo es eventual (2002). El popular escritor Mike Enslin, autor de una serie de exitosos libros sobre lugares embrujados que lidia con cierta culpa por ser secretamente un escéptico que sólo obtiene beneficio económico del tema. Llamaba a sus libros “pagafacturas”. Reuniendo material para su siguiente publicación, 10 noches en 10 habitaciones de hotel embrujadas, se hospeda en el famoso y ficticio Hotel Dolphin de Nueva York, donde su gerente el señor Olin le advierte de la terrible habitación que da título al relato, un lugar que lleva 20 años sin estar disponible para su ocupación pues ha atestiguado decenas de muertes en su existencia de casi 7 décadas. He aquí cómo trata de persuadirlo:

Hay algo, lo he sentido personalmente, pero no es un espíritu. En una casa abandonada o un castillo antiguo, su incredulidad puede protegerlo, pero en la habitación 1408, lo hará más vulnerable. No lo haga, señor Enslin. Por eso lo he esperado esta noche, para pedirle, para suplicarle que no lo haga. De todas las personas que no deben entrar en esa habitación, el hombre que escribió esos alegres y alimenticios relatos de fantasmas encabeza la lista. […] Y puede burlarse de los monstruos de la 1408 cuanto quiera, señor Enslin, pero percibirá su presencia en cuanto entre, ya lo verá. Sea lo que sea lo que hay en esa habitación, no es tímido precisamente. En muchas ocasiones, siempre que podía, de hecho, acompañaba a las camareras para supervisarlas. —Hizo una pausa antes de añadir casi a regañadientes—: Para sacarlas de allí, supongo, si empezaba a suceder algo horrible. Pero nunca sucedió nada. Varias de ellas sufrieron crisis de llanto, una tuvo un ataque de risa... No sé por qué una persona que ríe sin poder controlarse ha de dar más miedo que una que llora, pero así es... Y otras se desmayaron. Nada espectacular, en definitiva. A lo largo de los años tuve oportunidad de hacer unos cuantos experimentos primitivos con buscas, teléfonos móviles y demás, pero tampoco pasó nada terrible. Gracias a Dios... —Se detuvo de nuevo y al poco agregó con voz extraña, como desprovista de emoción—: Una de ellas se quedó ciega.

—¿Qué?

—Se quedó ciega. Rommie van Gelder. Estaba quitando el polvo del televisor y de repente empezó a gritar. Le pregunté qué le pasaba, y ella dejó caer el paño, se llevó las manos a los ojos y chilló que solo veía unos colores espeluznantes. Los colores desaparecieron en cuanto la saqué de la habitación, y cuando llegamos al ascensor ya había comenzado a recobrar la vista.

—Me está contando todo esto para asustarme, señor Olin, ¿verdad? Solo para asustarme.

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Ambos relatos ya fueron llevados con gracia a la pantalla grande. El primero con maestría, pese a sus libertades, por Stanley Kubrick en 1980 –Mick Garris lo transformó en una miniserie en 1997- y el segundo por el sueco Mikael Håfström en 2007. Sobre ello podemos platicar en otra ocasión.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.