Por Roberto Coria

Lugares de infame memoria abundan, en la realidad y la ficción. Por ejemplo, en el imaginario del niño promedio, casi todas las escuelas primarias están construidas sobre cementerios y en ellas hay todo tipo de apariciones fantasmales por las noches. Al menos lo aseguraban muchos de mis condiscípulos en mi tierna infancia, quienes tenían enormes reservas para entrar solos a un gran –así lo recuerdo- patio trasero del plantel donde nos instruimos. Si bien no teníamos información sólida más allá del relato oral y el temor que se transmitían de niño en niño, es normal que suceda lo mismo en muchas localidades del país. Seguramente ocurre a los vecinos del número 20 de la calle de Mar del Norte, en los rumbos defeños de Tacuba. ¿Ahí se aparecen los fantasmas de las desventuradas María de los Ángeles González Moreno, Raquel Martínez León, Rosa Reyes Quiroz y Graciela Arias Ávalos, quienes en 1942 fueron estranguladas por el hoy célebre Gregorio Cárdenas Hernández? ¿O qué me dicen de quienes habitan en las cercanías de la casa marcada con el número 408 de Hacienda Vegil, en la colonia Jardines de la Hacienda, en Querétaro, Querétaro? Ahí, el 24 de abril de 1989, Claudia Mijangos Arzac asesinó brutalmente a sus pequeños hijos Claudia María, Ana Belén y Alfredo. La colectividad, por miedo, superstición e ignorancia, dota de un aura de malignidad a sitios donde han ocurrido hechos terribles.

PORTADA EL CRIMEN DE LA CALLEEjemplo de esto son los crímenes ocurridos en la hoy abandonada casona que se localiza en el número 1026 de la calle Silvestre Aramberri., casi esquina con Diego de Montemayor, muy cerca del Barrio de la Luz en el centro de Monterrey, Nuevo León. Este caso fue uno de los grandes pendientes del extinto podcast Testigos del Crimen. El móvil del delito, como nos recuerda la novela El crimen de la calle Aramberri de Hugo Valdés, (Jus, 2008) fue la ambición. En la mejor tradición de A sangre fría de Truman Capote, el relato sigue al detective (de la vida real) Inés González y la pesquisa de un vulgar robo convertido en un cruento doble homicidio. Corría el año 1933. El destino de la opulenta familia Montemayor se transformó radicalmente cuando cuatro individuos penetraron en el inmueble mencionado la madrugada del 5 de abril y asesinaron a la matriarca de la familia, Antonia Lozano de Montemayor, y a su joven hija Florinda. Valdés es brutal al describir el aroma a sangre que reinaba en el ambiente, en una escena similar a las que he visto en muchas ocasiones:

Al fin viste los cuerpos. Qué pequeñas se veían las dos mujeres, particularmente la señora. Ambas fueron encontradas y, por lo visto, asesinadas en sus respectivas camas. Te hubiera asombrado aquella simetría ritual de no haber deducido que la muchacha dormía cuando comenzó el ataque –pues se le descubrió sólo en ropa interior-, y que por lo tanto fue muerta en el mismo lugar donde despertaba apenas mientras a un par de pasos victimaban a la señora Lozano.

Los responsables, cercanos a los Montemayor, fueron aprendidos y muertos por la policía mientras intentaban darse a la fuga. No abundaré en las dudas que generó el ajusticiamiento o en sus identidades para no estropear la sorpresa del hallazgo al lector. Pero lo esencial para esta nota es que, a lo largo de los años, muchos testigos aseguran haber escuchado gritos espantosos surgidos de su desierto interior, con su puerta y ventana tapiadas. Esto siempre me ha llamado la atención. ¿Se hace esto para evitar que entren los curiosos o para impedir que salga algo? Eso, definitivamente, no nos conviene saberlo.

Agradezco a mi amigo regio Carlos Quiñones por su valor para trasladarse a este sombrío lugar para proporcionarnos imágenes frescas.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.