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Estamos a sólo 6 días de que inicie la novena edición de Mórbido. Esto me emociona dos veces: porque su escenario será mi amada Ciudad de México y porque sucederá en una de mis ocasiones favoritas del año, el Día de Muertos. Y precisamente en la antesala de esta celebración es inevitable el viejo e inútil cuestionamiento sobre la legitimidad de las festividades que vienen del exterior. Concretamente, del Halloween (nunca he entendido por qué no sucede lo mismo con la Navidad, que no es oaxaqueña ni veracruzana). Más de una persona glorifica siempre una exacerbada emoción nacionalista que nubla la razón. El cimiento de esta fiesta estadounidense, como la nuestra, se encuentra en tradiciones paganas –según el cristianismo-. Por ello no creo que una sea mejor que la otra. Ambas pueden coexistir reconociéndoles su respectivo valor. Germán Dehesa, escritor incisivo, dramaturgo, hijo pródigo de mi Universidad Nacional, defensor del humor y cronista de nuestras tradiciones y cotidianeidad, lo decía muy bien:

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Año con año, la sociedad mexicana se craquela en el momento en que tiene que decidir de qué manera va a celebrar a sus muertos En los extremos están dos sectores fundamentalistas: los que ya trascendieron la calabaza en tacha, prefieren ir a Disneyworld que a Mixquic (donde hay más turistas que en Disneyworld) y sin el menor empacho (esto es un decir, porque a los niños que se zumban diez pelón pelorrico y veinte raciones de chilito Lucas se les tapona hasta las vías linfáticas), celebran en Halloween y se disfrazan de Homero Addams, Pinky y Cerebro y otras bizarras fantasías californianas. Otro sector de México se aferra a las recias tradiciones y decoran sus hogares con el tradicional cempasúchil (zempoalxóchitl) de Oregon. Esta variante tonifica mucho a las criaturas que contraen pulmonorrabia en el panteón mientras rezan el Rosario de veinte misterios y van siendo devorados por el lodo panteonero y las múltiples calaveras. Yo milito en el sector moderado y, en lo personal, no celebro nada. Tampoco impido los audaces experimentos del secretismo mestizo. En casa tenemos ofrendas y Halloween y cada quien decide qué cara le pone a sus muertos. Probablemente voy a decir una herejía, pero he observado que los maravillosos chiquillos y chiquillas la pasan mejor y se divierten mucho más con el Halloween que con el dulce de calabaza que, dicho sea con todo respeto que se merecen las tradiciones, sabe como a Corega caduco (su única virtud apreciable es que les sella la boca durante dos horas porque la lengua se adhiera al paladar como diputado a la curul). De todo esto, lo único que concluyo es que el destino de México no está en juego y que cada quien es muy libre de celebrar del modo que les resulte más satisfactorio. Yo nomás me agacho, dejo pasar estos días y espero que la vida regrese. Sé muy bien que mis muertos van conmigo y que en mi genoma están en sesión permanente. En cuanto desaparecen los niños vestidos de Harry Potter, regreso a la calle a pasear en compañía de mis ancestros.

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A todos los que critican nuestros gustos, a los que no pueden aceptar la forma en que recordamos a nuestros muertos, sólo les pido una cosa: respeto. Hace unos años descubrí en un muro de Facebook un diseño donde se defendía de manera enardecida el modo de pensar de la colectividad y atacaba a todos los que se le oponían. Por eso, utilicé mis dotes como Diseñador Gráfico y reproduje su estilo para defender nuestra filosofía. Cada año lo publicito religiosamente. Con agrado y sorpresa, he descubierto que este 2016 ha sido compartido varios centenares de veces. Creo que deberíamos imprimirlo y colgarlo en las puertas de nuestras casas.

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Roberto Coria es investigador en y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Escribió la puesta en escena “El hombre que fue Drácula”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.