Por Roberto Coria

A diferencia de lo que la mayoría cree (o recuerda) Hannibal Lecter ha sido encarnado por más de dos actores. La poderosa interpretación que Sir Anthony Hopkins nos entregó en El silencio de los inocentes (Jonathan Demme, 1991) ha sido la principal causa del rechazo generalizado a la reciente vida televisiva que le da el actor danés Mads Mikkelsen quien, en mi humilde opinión y la de muchos, ha hecho un trabajo muy digno y afortunado. Quizá esto proviene de la creencia popular que nos recuerda “el que pega primero pega dos veces” y es reforzada por el memorable desempeño del veterano actor británico, mismo que le valió incontables galardones y un lugar en la memoria de los cinéfilos alrededor del mundo. “Me comí el hígado del último encuestador con alubias y un buen Chianti” es un parlamento inolvidable. No en balde fue designado en 2003 por el American Film Institute como “el villano número 1 de todos los tiempos”.

No olvidemos cómo Thomas Harris describió al divino caníbal en sus cuatro novelas. Veámoslo a través de los ojos de la aspirante a agente Clarice Starling:

Y al doctor Hannibal Lecter reclinado en su catre, absorto en la lectura de la edición italiana de Vogue. Sujetaba las páginas sueltas con la mano derecha y las iba poniendo una a una a su lado con la izquierda. El doctor Lecter tiene seis dedos en la mano izquierda. Clarice observó que era de baja estatura y aspecto pulcro; en las manos y brazos del doctor observó fuerza nervuda, como la suya. —Buenos días —dijo él como si hubiese salido a abrir la puerta. Su cultivada voz poseía una leve aspereza metálica, debida seguramente al desuso. Los ojos del doctor Lecter son de un castaño granate y reflejan la luz con destellos de rojo. A veces los puntos de luz parecen volar como chispas hacia el centro de la pupila. Esos ojos tenían presa a Starling por completo.

Pero antes de Hopkins ya había sido encarnado por su paisano Brian Cox en la poco visitada joya ochentera Sabueso (Manhunter, 1986), donde su guionista y director Michael Mann –por razones que no concibo pues sus productores, el De Laurentiis Entertainment Group, contaba con los derechos de autor- lo llamaba Hannibal Lektor. El asesino de Cox era un sujeto más bien cínico y mundano, que mascaba chicle desenfadado, muy lejano del encanto, frialdad y sofisticación que le dio Hopkins. El joven actor francés Gaspard Uliel –de entonces 23 años- trató de imprimir al personaje estas cualidades en Hannibal, el origen del Mal, la exquisita cinta que Peter Webber –responsable de La chica con el arete de perlas- dirigió en 2007 a partir de un guión del propio Harris, basado en su novela. E insisto que más allá de su nulo parecido físico con Hopkins, el desempeño del joven galo es respetable. La principal falla es una historia que incorpora detalles desconocidos hasta el momento en que Harris concibió el texto y que sorprenden al lector. Recuerdo lo que escribí la semana pasada: “…su formación en artes marciales […] y el amor que casi terminó por redimirlo”.

Sobre la antipatía por el caníbal televisivo de Mikkelsen, creo que es una variación más –tan válida como las otras- sobre un gran personaje. Juzgarlos representaría un dilema tan grande como elegir al mejor Drácula cinematográfico. Habrá quienes prefieran a Bela Lugosi, a Christopher Lee, a Frank Langella, a Gary Oldman o –recientemente- a Jonathan Rhys Meyers, en su efímera vida en la televisión. El antropófago le viene al danés como un traje a la medida, con su mirada fría y su expresión pétrea, su gusto por la moda y el buen vivir, sus impecables cualidades culinarias, asesoradas en pantalla por el chef español José Andrés, quien ostenta el crédito de “Asesor gastronómico caníbal”. Por supuesto muchos dirán que no es diferente al malvado Le Chiffre de Mikkesen en Casino Royale (Martin Campbell, 2007).

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Y para finalizar una nota que no incitó al mexicano promedio a congregarse, lleno de júbilo, en torno a la Columna de la Independencia, justo como hace la mayoría cuando gana la Selección Mexicana de Fútbol. Durante mucho tiempo, literatos y académicos especularon sobre el modelo que utilizó Thomas Harris para crear a su antihéroe. El más notable candidato fue el asesino en serie ruso Andei Romanovich Chikatilo pero, para sorpresa de todos, Harris confesó en agosto de 2013 que encontró la verdadera inspiración mientras trabajaba como corresponsal en el Centro Preventivo y de Readaptación Social Topo Chico de Monterrey, Nuevo León. Ahí se encontraba recluido Alfredo Balli Treviño, médico que en octubre de 1961 asesinó a su pareja sentimental Jesús Castillo Rangel con “macabro y horripilante refinamiento”. Al respecto, Harris escribía: “El Dr. Salazar (así lo llamaba antes de la revelación) era un hombre pequeño, ágil y con cabello rojo oscuro. Se quedaba muy quieto y había cierta elegancia en él. Horas después de que platicamos, un carcelero me reveló que el doctor era un asesino y que como cirujano podría empaquetar a su víctima en una caja sorprendentemente pequeña”.

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Balli, tras cumplir una pena de 20 años, fue excarcelado y gozó de una infame pero discreta notoriedad hasta su muerte en 2009, razón que permitió a Harris romper el silencio.

Como pueden ver, las raíces de Hannibal Lecter se encentran en México. Ahora sí, vámonos todos al Ángel.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.