Por Roberto Coria

Debemos la imagen más vívida del profesor James Moriarty, el gran enemigo del “más brillante defensor de la justicia de su generación”, al ilustrador británico Sidney Paget (1860-1908), talentoso artista que nos legó maravillosas imágenes que acompañaban los relatos escritos por Arthur Conan Doyle para la popular publicación mensual The Strand. Recordemos, en palabras de Sherlock Holmes, cómo lo describe su autor en el cuento El problema final (1893):

Yo tengo los nervios bastante bien templados, Watson, pero tengo que confesar que di un respingo al ver de pie, en mi puerta, al mismísimo hombre que no se apartaba de mis pensamientos. Yo estaba familiarizado con su aspecto personal. Es un hombre muy alto y seco; su frente ancha se yergue en blanca curva como un torreón, y tiene ojos profundamente hundidos en el cráneo. Va completamente afeitado, es pálido, de apariencia asceta y conserva en sus rasgos ciertas características propias de un profesor. Es cargado de hombros, debido a su mucho estudiar, y mantiene su rostro adelantado en una especie de perpetua y lenta oscilación de un lado para otro, al extraño modo de los reptiles. Me miró con sus ojos, medio cerrados, con expresión de curiosidad, y, por fin, me dijo: “Posee usted un desarrollo frontal inferior al que yo calculaba”.

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A partir de entonces el aspecto del villano ha cambiado en sus numerosas encarnaciones. Algunas permanecen fieles al canon establecido por Paget, como la que hizo su brillante paisano y colega Kevin O´Neill para la serie de cómics La liga de los caballeros extraordinarios (2002-2003), escrita por el también genial Alan Moore. Pero sin duda siempre serán notables sus caras cinematográficas y televisivas. He aquí mis cuatro favoritas:

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1. Laurence Olivier, uno de los más laureados y talentosos actores de su país, nombrado Caballero del Imperio Británico en 1947. En la adaptación al cine de la novela La solución al siete por ciento de Nicholas Meyer, dirigida en 1976 por Herbert Ross, encarna a un Moriarty lastimero y avejentado que es víctima de las alucinaciones de un Holmes casi consumido por su adicción a la cocaína. Ambos personajes comparten un pasado tortuoso, donde el catedrático detonó otra clase de vileza que marcó al futuro héroe.

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2. La década de los ochenta se caracterizó por su inolvidable oferta de películas fantásticas que marcaron a mi generación. Una de mis favoritas es El joven Sherlock Holmes –aquí bautizada en la época como El secreto de la pirámide-, dirigida en 1985 por Barry Levinson. El guión de Chris Columbus –responsable de las dos primeras entregas de la saga Harry Potter- nos ofrece una inteligente historia alternativa donde el Príncipe de los Detectives y su leal escudero se conocen en la adolescencia y traban la más sólida de las amistades, con una presencia en principio benévola –el actor británico Anthony Higgins- pero luego muy peligrosa.

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3. Hace apenas unos años conocimos la interpretación hecha por el actor inglés Jared Harris –el malvado David Robert Jones de la extinta serie Fringe, el Capitán Mike de El curioso caso de Benjamin Button (David Fincher, 2008), el asesino serial Robert Morten de La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales o el escéptico profesor Joseph Coupland de Silencio del más allá (John Pogue, 2014)- en Sherlock Holmes: juego de sombras (Guy Ritchie, 2011). Nos ofrece a un Moriarty barbado, frío, malévolo y encantador. A pesar de ser un actor experimentado, Harris es un rostro relativamente desconocido. Yo hubiera deseado ver a alguien de un perfil similar al de Robert Downey, Jr. como su antagonista –en algún momento se mencionaron nombres como Brad Pitt y Russell Crowe para el papel-, pero su desempeño es más que competente. El Moriarty de la primera película, el que se ocultaba en una capa con capucha y usaba una ingeniosa pistola retráctil, salió a la luz. Incluso reveló su faceta de prestigiado académico, autor de “La dinámica del asteroide”. En el momento final de la película, el duelo entre los enemigos acérrimos –primero mental y luego físico- es detonado porque Holmes le goleó en los puntos más sensibles que podría tener un criminal de su estatura: el intelectual y el económico.

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4. Tal vez el Moriarty más reciente, el más cercano a la generación de los smart phones, es Andrew Scott, tal como lo conocemos en la popular teleserie inglesa Sherlok. En el episodio que comentamos la semana pasada, La caída de Reichenbach, el guión de Steve Thompson nos lo presentó como un criminal muy en deuda con El Guasón de Heath Ledger, un hombre que sólo quiere ver arder el mundo por placer, usa la canción “Staying alive” de los Bee Gees como tono de su teléfono celular y se sienta en una vitrina de la Torre de Londres usando las joyas de la Corona, cual Sid Vicious o Freddie Mercury. El Moriarty de este milenio ya no se mueve en la clandestinidad, sino que también es una suerte de anarquista que busca celebridad. Así lo expresó públicamente con su burlona pregunta “¿Me extrañaron?” que se hizo presente en todos los televisores de Inglaterra.

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Estoy seguro que en lo que me queda de vida, por lo menos, veré otras dos representaciones del más peligroso de los criminales. Por lo pronto ansío ver qué nuevas maldades nos tiene preparadas. Regresando a Sidney Paget, siempre creeré que el actor inglés David Bradley –el señor Filch de Harry Potter, William Hartnell (el primer Doctor Who) o el profesor Setrakian de The Strain- sería un estupendo Moriarty. ¿Ustedes qué opinan?

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.