Por Roberto Coria

Ya que hablamos de alguien que –en la percepción popular- resumiría la noción de lo monstruoso –Joseph Carey Merrick, mejor conocido como “el Hombre Elefante”-, la ocasión nos brinda la oportunidad ideal para discutir la clasificación que el español Juan Antonio Molina Foix nos ofreció en Horrorscope. Mitos básicos del cine de terror (Nostromo, 1974). El autor comienza exponiendo a los más terribles de todos, los monstruos humanos. Y antes de continuar insisto, es un grave error asociar lo deforme con lo maligno. La historia y las artes nos han mostrado plenamente que estos conceptos no necesariamente van la de la mano. Por ejemplo la Criatura de Víctor Frankenstein, tal como nos la presentó Mary Shelley en 1818, no es malvada por su sola apariencia. Es un ser noble, sensible e incomprendido arrastrado a cometer actos terribles por la ignorancia de la gente y la irresponsabilidad de su hacedor. Asociar lo físicamente anómalo con una conducta violenta y criminal es una idea propia de los positivistas italianos, como Cesare Lombroso. Pese a que teorías modernas hablan de predisposiciones genéticas, la maldad es un viaje. Ya lo dijo Vicente Quirarte, “el terror y el rechazo no nacen de la que llamamos fealdad, sino de su otredad”. En cierta manera es comprensible –no justificable-, pues es una tendencia humana anticipar juicios por impresiones superficiales, sin tener más referentes.

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Seres como Merrick podrían considerarse dentro del primer puesto de la clasificación de Foix, el reservado a la monstruosidad física (por deformidad, por accidente, por alteraciones de la talla). Y en esta ubicaríamos a los Fenómenos (Freaks) mostrados por Tod Browning en 1932, una película que representa nuestro rechazo a lo diferente, a lo que se opone a nuestros conceptos de belleza y normalidad. Inspirado por el cuento Spurs (Espuelas) de Tod Robbins, Browning construyó un relato cuyo atractivo –a simple vista- es ser protagonizado por personas con las más diversas anomalías físicas, miembros de un circo ambulante –un enano, un torso viviente, unas siamesas, una mujer sin brazos, una mujer barbada-. Rafael Aviña nos habla sobre ella en El cine de la paranoia (Times editores, 1999): “Filmada en el más absoluto de los secretos, la cinta se convirtió en una obra maldita y censurada a la que hubo que agregarle incluso un prólogo y un final supuestamente feliz”. El desenlace más justo siempre será el que retrata a la vanidosa y oportunista Cleopatra (Olga Baclanova), quien demuestra a cabalidad que el peor de los monstruos es el que se parece a ustedes o a mí. Una joya adelantada a su época.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.