Sigo con mi cruzada por la dignificación y renacimiento del hombre lobo. Sus posibilidades aún no han sido agotadas. Para muestra, un botón. De la saga cinematográfica inaugurada por Inframundo (Len Wiseman, 2003), interesante híbrido con notables influencias de Matrix (Hermanos Wachowski, 1999) y películas neo dark como Ciudad en tinieblas (Alex Proyas, 1998), vale la pena examinar su tercera entrega Inframundo, la rebelión de los Lycan (Patrick Tatopoulos, 2009). La película es disfrutable no porque los bebedores de sangre ocupen el reflector, sino todo lo contrario. Los licántropos son los verdaderos protagonistas.

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La historia, una precuela a todas luces, propone el inicio de la rivalidad entre estas dos estirpes malditas, tan explotada en tiempos recientes en la literatura o el juego de rol y que conocimos escuetamente en flashbacks en la primera parte. Lucian (Michael Sheen), una especie de mesías de los hombres lobo y predilecto del tirano vampiro Viktor (Bill Nighy), mantiene un amorío ilícito con Sonja (Rhona Mitra), la hija de éste. Las consecuencias de este romance prohibido –completamente Shakespereano- son trágicas y dan inicio a la insurrección del título. La tercera entrega de la serie, dirigida por el responsable de la imagen y maquillaje de los licántropos en las películas predecesoras, es un relato eficaz que no puede evitar una lectura de lucha de clases y hace que nos pongamos del lado de los oprimidos. Los hombres lobo son los Morlock que nos presenta Herbert George Wells en La máquina del tiempo; son los proveedores de las comodidades de los Eloi, trastocados aquí en vampiros. Por demostrar ser un producto redituable, se produjo una cuarta película –innecesaria- en la que regresó Kate Beckinsale como la vampira Selene. Y mejor me detengo aquí. Me es muy fácil comenzar a hablar de vampiros pero me es muy difícil parar. He ahí un ejemplo de su poder.

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