Por Roberto Coria

En 1879, el popular alienígena y viajero en el tiempo conocido como El Doctor (David Tennant) tuvo un encuentro insólito: peleó hombro con hombro contra un salvaje licántropo nada más –ni nada menos- que con Alexandrina Victoria, Reina de la Gran Bretaña e Irlanda y Emperatriz de la India (Pauline Collins). Esto fue en una fastuosa mansión en los páramos escoceses –llamada Torchwood- en el episodio “Dientes y garras” de la décima encarnación de la emblemática serie de televisión británica Doctor Who, personaje que cumplirá 50 años de vida el 23 de noviembre próximo.

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Hablar de la relación de los hombres lobo con la soberana –con quienes resulta tener un vínculo poderoso según el guión de Russell T. Davies-, es un excelente pretexto para discutir sobre su importancia en el desarrollo de la literatura de horror y fantasía. Ella encarnó las contradicciones y los temores de uno de mis periodos históricos favoritos. Sin Victoria no existiría la hora del té ni muchas de las más populares creaciones de nuestra era, desde Sherlock Holmes hasta el Conde Drácula, de niñas que persiguen a conejos blancos a infantes criados en la jungla, del Dr. Henry Jekyll a Dorian Gray, de extraterrestres que invaden la tierra a científicos que juegan con la naturaleza. Por ello no es extraña su presencia en populares obras de ficción. Ya el escritor Kim Newman la incluyó en su novela Año Drácula (1992). Ahí el aristócrata vampiro Lord Ruthven –protagonista de El Vampiro de John Polidori- le llamaba “la gorda Vicky”. También  Alan Moore y el artista Eddie Campbell la ubicaron en el centro de una conspiración homicida en Desde el infierno, novela gráfica que desprendió la cinta del mismo nombre (Albert y Allen Hughes, 2001). Ahí fue encarnada por la casi desconocida actriz Liz Moscrop, pero también ha sido representada por las más notorias Judi Dench o Emily Blunt.

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Si consideramos la personalidad tradicionalista, rígida y conservadora de Su Majestad, resulta curiosa la hipótesis que formuló hace unos años una computadora en California que señaló que, por las similitudes en su redacción, Las aventuras de Alicia en el País de las maravillas fue escrita por ella y que Charles Dodgson/Lewis Carroll no es más que un prestanombres. A pesar de comprender las incontables circunstancias tras la composición de Alicia, si analizamos cuidadosamente la biografía de Dodgson/Carroll, la idea no deja de ser intrigante pues la historia puede leerse como una crítica a las costumbres sociales y políticas de su era (el parlamento, sus juegos, la ceremonia del té, etcétera). La similitud más notable, la Reina de Corazones (no confundir con la Reina Roja de Alicia a través del espejo), es la mujer a quien se atribuye la escritura del texto, ansiosa de cortar cabezas como Victoria cortaba tajantemente muchas de sus conversaciones o disfrutaba del cricket y la hora del té. ¿Sería capaz Victoria de un ejercicio de autocrítica disfrazado del humor –aparentemente inocente- de un libro para niños? En lo personal, no lo creo. Ustedes decidan.

En las siguientes semanas seguiré hablando de otros eminentes victorianos. Por lo pronto regreso al estupendo episodio del Dr. Who que inspiró estas líneas. En el desenlace la Reina, enfrentada a la existencia de cosas que rebasaban el pensamiento lógico del hombre, decidió crear el Instituto Torchwood, símil británico del estadounidense Buro para la Investigación y Defensa de lo Paranormal que aparece en las aventuras del demonio Hellboy de Mike Mignola y spin-off del programa. Una más de las cosas que podríamos agradecer a la Victoria.

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.