Retrato Inmortal

por Roberto Coria

Cinco años antes de su estrepitosa e injusta caída en desgracia, en la cúspide artística y social, el escritor irlandés Oscar Wilde publicó El retrato de Dorian Gray (1890). Cuatro años atrás, Robert Louis Stevenson hizo lo propio con El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde. Ambas historias no sólo son dos de las mejores representantes de la literatura de horror de período victoriano, sino que mantienen un diálogo inquietante y vigente sobre el más terrible de los monstruos: el que vive en nuestro interior. Eso nos lo han enseñado tantas creaciones memorables. “No me busques fuera de ti, sino en ti mismo, dentro de tu propio corazón”.

Wilde es recordado por sus agudos epigramas (“Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe” o “La mejor manera de librarse de una tentación, es caer en ella”), hermosos cuentos como El Príncipe feliz o El ruiseñor y la rosa –que aparecieron el mismo año que un asesino apodado Jack destripaba prostitutas en el pauperizado barrio de Whitchapel- y por su opulenta contribución a los escenarios británicos, con obras como Salomé (1892), Un esposo ideal o La importancia de llamarse Ernesto (estas dos últimas de1895, justo antes de la debacle). Su fama lo llevó a conocer Estados Unidos, mientras en Francia llegó a ser comparado en popularidad con la Torre Eiffel. En parte es por ello que El retrato de Dorian Gray fue tan controversial. La novela fue víctima de la censura desde el camino a su impresión: J. M. Stoddart, su propio editor en la Lippincott´s Monthly Magazine, la mutiló severamente por considerarla ofensiva para la moral de la era. Cuando llegó a las librerías, la crítica la atacó inclementemente. Mientras el periódico Daily Chronicle lo consideró un “libro venenoso”, el St. James´s Gazette opinó que debía arrojarse al fuego. Muchos clamaron abiertamente por la cabeza de Wide. Y aún no se conocía por completo la doble vida de su autor, sólo que era un hombre extravagante, incisivo, irreverente y subversivo.

Considerado por muchos como un texto filosófico que diserta sobre la dualidad, el narcisismo, el riesgo de los excesos y la condición humana, la historia de la pintura que el artista Basil Hallward hace al hedonista y hermoso aristócrata Dorian Gray rebasa las simples etiquetas y se integra con justicia a los clásicos de la literatura universal. Si toda obra de arte posee rasgos autobiográficos, Wilde nos ofrece una radiografía velada de su naturaleza. Podemos entender a su protagonista como una suerte de alter ego visto desde la oscuridad. En su época, el propio escritor reconoció que se encontraba tres veces presente en el relato: “Basil Hallward es lo que creo que soy. Lord Henry es lo que el mundo piensa de mí. Dorian es lo que me gustaría ser, en otras épocas, tal vez”. Precisamente Lord Henry Wotton, el terrible y hedonista “mentor” de nuestro héroe, es uno de los personajes más atrayentes del libro: una crítica a la doble moral de su tiempo, el vampiro personal de Dorian. Su desenlace, sorprendente y estremecedor, evoca perfectamente el espíritu de lo escrito por Stevenson –que mencioné al inicio-, a quien Wilde admiraba profundamente.

Es necesario recordar la única novela de Wilde precisamente hoy 28 de junio, día en que anual e internacionalmente se conmemora el inicio de la lucha por los derechos de la comunidad homosexual, bisexual y transgénero. Hoy todos conocemos que el irlandés profesaba “el amor que se niega a decir su nombre”, y ello provocó su ruina. Podemos concluir la lectura con dos certezas: que el odio y el rechazo a lo diferente debe desaparecer y que El retrato de Dorian Gray –y su formidable artífice- perdurará.

 

Oscar Wilde (1854 – 1900, Dublín, Irlanda)

Novelista, poeta, crítico literario y autor teatral de origen irlandés, gran exponente del esteticismo, Oscar Wilde conoció el éxito desde sus comienzos gracias al ingenio punzante y epigramático que derrochó en sus obras, dedicadas casi siempre a fustigar a sus contemporáneos. Defensor del arte por el arte, sus relatos repletos de diálogos vivos y cargados de ironía provocaron feroces críticas de los sectores conservadores, que se acentuaron cuando Wilde fue acusado y condenado por su homosexualidad, lo que originó el declive de su carrera literaria y de su vida personal.

Entre sus obras destacan las cuatro comedias teatrales El abanico de lady Windermere (1892), Una mujer sin importancia (1893), Un marido ideal (1895) y La importancia de llamarse Ernesto (1895), El fantasma de Canterville o El retrato de Dorian Gray, su única novela.

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Roberto Coria es- investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”.