Por Roberto Coria

jack-the-ripper-1Ya que hablamos sobre hijos pródigos del período victoriano, es inevitable hacerlo sobre Jack el destripdor. Nos guste o no, él resumió la doble moralidad y las contradicciones de su tiempo. Semejante a una escandalosa mancha de sangre en una impoluta sábana blanca, fue un acento terrible en un fenómeno muy característico de la capital de la civilización: la prostitución, las desechables del Imperio, las verdaderas hijas de la noche. Sobre la identidad del criminal se ha escrito y especulado mucho. Una de las teorías que más me gustan es la del finado Robert Ressler –murió el pasado 5 de mayo-, hombre que acuñó el término serial killer y cazó estos monstruos para el Buró Federal de Investigaciones de su país por 20 años. En su libro He vivido en el monstruo (I have lived in the monster, St. Martin´s paperbacks, 1997), escrito en colaboración con Tom Shachtman, narra su visita a las escenas del crimen del Destripador con John Grieve, entonces Director de Inteligencia del Nuevo Scotland Yard. Luego de recorrer los pasos del asesino, se dio cuenta que las autoridades buscaban al sospechoso equivocado. Él dijo que, dado su gran conocimiento del barrio de Whitechapel y su facilidad para evadir a los policías que hacían rondines nocturnos, debió ser una persona originaria de esta zona, y que por ello su apariencia debía ser congruente a personas del mismo estrato social que sus presas, muy lejana del lujo y la sofisticación –sombrero de copa, frac, capa y maletín quirúrgico- con las que se le ha romantizado. Alguien así, en un barrio donde reinaba la miseria –humana y económica-, habría sido fácilmente identificado por los residentes. Más allá, Ressler aseguró que la escalada de violencia en sus víctimas reflejaba un acelerado deterioro mental, razón por la cual pudo suicidarse o terminar vagando balbuciente por las calles, recluido en algún hospital psiquiátrico, en el anonimato total. Ambas cosas explicarían su desaparición abrupta.

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Esta, considerando su procedencia, es una teoría altamente probable. Y si la suposición de Ressler es aceptable, ¿por qué no echar a volar la imaginación?

Bloch
Bloch

Así hizo su tocayo Robert Bloch, gran autor estadounidense que comenzó su carrera como discípulo de Howard Philips Lovecraft. Siendo un joven, escribió sus primeros relatos a la manera del Maestro, inscritos en los llamados Mitos de Cthulhu. Cuando creció, desarrolló un estilo propio, macabro, pleno de humor negro, nutrido de horrores mayores y más tangibles. No es gratuito que sea mayormente recordado por su novela Psicosis (1960), que he discutido ampliamente en este espacio. Si la espeluznante historia del granero Edward Theodore Gein lo impresionó profundamente, también lo hizo en su momento la del enigmático Destripador británico. En la mítica revista Weird Tales, en 1943, publicó Suyo afectísimo, Jack el destripador, cuento que da una solución insólita al misterio. El autor hizo lo mismo en 1967 en Un juguete para Juliette, parte importante de la antología Visiones peligrosas de Harlan Ellison, en una curiosa y atrayente fusión de ciencia ficción, viajes en el tiempo y la imaginería de Donatien Alphonse François, Marqués de Sade. No abundo en ambos, en el afortunado caso que no los conozcan. Están disponibles en la red. El que busca, encuentra. En cambio no es tan fácil localizar su novela La noche del Destripador (1984), relato de ficción profundamente basado en los hechos reales.

Los espacios en blanco, siempre son un lugar propicio para la especulación y un territorio fértil para la ficción. Ahora es su turno. ¿Qué piensan que sucedió al Destripador?

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Es coautor de la obra de teatro “Yo es otro (Sinceramente suyo, Henry Jekyll)”. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.