Por Roberto Coria

Este artículo hubiera sido especialmente apropiado el pasado Día Internacional de la Mujer.

Recordar el valor y fortaleza del que tontamente suele llamarse “sexo débil” siempre es necesario. Desde su título, Batman contra Superman (Zack Snyder, 2016) deja claro a sus espectadores -como si hiciera falta- quienes serán las estrellas de la cinta. De hecho los dos titanes acaparan la atención desde que se nos informó de la inminente realización del proyecto, allá en el distante verano de 2013. Pero sus avances –trailers- y la impresionante maquinaria publicitaria a su alrededor nos han dejado claro que no estarán solos. Tendrán la mejor compañía. Diana de Themyscira, la Amazona conocida como la heroica Mujer Maravilla, se encuentra entre nosotros de manera casi ininterrumpida desde diciembre de 1941.

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Fue creada por el escritor y psicólogo William Moulton Marston, hombre al que erróneamente se le atribuye la invención del polígrafo, aparato que detecta variaciones en el ritmo cardiaco, la respiración y la conductividad de la piel que coloquialmente es llamado detector de mentiras. Él era un activo crítico y advertía el enorme potencial de las historietas como medio de comunicación. También escribió textos sobre la sana relación conyugal y obras de ficción histórica, con una notoria predilección por las culturas griega y romana. Esto último atrajo la atención del editor Max Charles Gaines, quien lo contrató como consultor y le propuso la creación de un personaje para capitalizar la creciente demanda iniciada con Superman y Batman. Pero él deseaba intentar algo nuevo e inédito. En lugar de continuar con el modelo masculino dominante en la industria, decidió que se tratara de una superheroína.

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Esto no sólo contravenía lo acostumbrado en el negocio, sino los roles de género impuestos por la sociedad occidental de la era. Influenciado enormemente por su esposa Elizabeth Holloway –y dicen que por Olive Byrne, con quienes vivía una peculiar relación sentimental y de convivencia en la que no nos interesa profundizar- y con el apoyo invaluable del dibujante Harry George Peter, nos presentó a un personaje imperecedero, vista hoy como un estandarte del feminismo, que empodera a la mujer y sin cuya existencia no podríamos comprender la increíble aceptación de figuras como la Viuda Negra, creación de Stan Lee, Don Rico y Don Heck, hoy tan popular por la interpretación de Scarlett Johansson, o la televisiva Xena, la princesa guerrera, ideada por John Schulian y Robert Tapert y encarnada por la actriz Lucy Lawless. En su éxito puede subyacer algo de lo expuesto por el psicólogo Frederic Wertham, el más grande villano del mundo de los cómics, en su libro "La seducción del inocente" (1954), como las ocultas fantasías de dominación sadomasoquista. Lo demás, que su fortaleza e independencia promovían el lesbianismo, es una patraña.

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A pesar de la intención vindicativa e innovadora de Marston, era imposible negar el matiz propagandístico de su personaje. La Mujer Maravilla, como el último hijo de Kripton, lleva en su traje de batalla los colores del Imperio, con águila y estrellas incluidos. Y hay que contextualizar su aparición. Estamos en la antesala de la Segunda Guerra Mundial. En los Estados Unidos de ese entonces, mientras los hombres iban al campo de batalla, las mujeres defendían otro frente en su país. La Amazona se unía a los soldados para enfrentar a la amenaza Nazi y a sus propios adversarios, la mayor parte inspirados en la mitología griega. Pero recordemos su origen: era la hija de Hipólita, soberana de Isla Paraíso, un idílico y secreto lugar habitado por Amazonas. Ella poseía virtudes propias de deidades Olímpicas –la fuerza de Hércules, los encantos de Atena, la velocidad de Mercurio y la belleza de Afrodita-. Cuando el avión del Capitán Steve Trevor, oficial de inteligencia de la Fuerza Aérea de Estados Unidos choca accidentalmente en la isla, Diana se encarga de su rescate y cuidados. En el proceso se enamora de él. Una vez que ha sanado, la Reina Hipólita convoca a una contienda para elegir a la Amazona que llevará a Trevor de regreso al mundo de los hombres. Contra sus deseos, Diana participa con el rostro cubierto por una máscara. Gana, naturalmente. Así es comisionada como una suerte de embajadora. Asume la identidad de una enfermera de la Fuerza Aérea que -convenientemente- se parecía a ella. Y comienza su misión: traer paz, armonía, respeto e igualdad a la humanidad. Y a veces, tiene que ensuciarse las manos para conseguirla.

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A lo largo de los años el personaje ideado por Marston ha sufrido las más variadas transformaciones, todas acordes al momento, desde su origen –en las más recientes es una semidiosa moldeada de barro o una diosa hija de Zeus e Hipólita- a su indumentaria –en los coloridos años sesenta, le entró a la vanguardia de la moda-. Pero cuenta con constantes poderosas, como su inconfundible tiara con una estrella, sus brazaletes con los que desviaba al igual balas que rayos, o su lazo de la verdad, alusión clara al polígrafo favorecido por su padre.

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Su vida en el cómic se ha extendido, no con suficiente frecuencia, a otros medios. Hagamos a un lado la infructuosa adaptación para la pantalla chica estelarizada por Adrianne Palicki en 2011. En cambio brillan sus apariciones en las versiones animadas de personajes de DC Comics, todas con la voz de Susan Eisenberg. Pero la más poderosa siempre será la interpretación que Lynda Carter hizo en la serie que se transmitió de 1975 a 1979, más a tono con las ilustraciones del artista Alex Ross: una bella, inteligente y portentosa mujer. Ahora toca su turno a la joven actriz y modelo Gal Gadot, como veremos en una semana. Tiene unos zapatos muy grandes por llenar.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.