— Por Antonio Camarillo

La imagen parece sacada de algún delirante shokushu goukan, el infame porno de tentáculos nipón: la chica está semidesnuda, sus piernas cubiertas apenas por un par de calentadores. La habitación se encuentra a oscuras, y en silencio de no ser por los jadeos de placer de ella. Lenta, muy lentamente, el plano se abre para revelar un grueso tentáculo, un apéndice purpúreo y brillante que se desliza entre sus piernas. Y la joven, Verónica—Simone Buceo en su debut—queda entonces ahí, abandonada a su propia pasión.

Dirigida por Amat Escalante, La región salvaje ha sido llamada “la segunda mejor película que se ha hecho sobre sexo y tentáculos” por IndieWire—refiriéndose sin duda a Possession (1981), de Andrzej Żuławski, en la que Isabelle Adjani abandona a su esposo e hijo por una criatura cuyos sinuosos miembros procuran lo mismo placer que dolor, y muerte—. Y sin embargo, donde el filme de Żuławski es considerado uno de los más vívidos retratos de la desintegración de una relación de pareja en el cine, aquí el monstruo da forma al deseo reprimido que anida en el extraño triángulo que forman Alejandra, la protagonista, su esposo Ángel y Fabián, hermano de ella.

Y es que, a pesar de sus efectos visuales—creados por la compañía de FX danesa Soda y el supervisor de efectos Peter Hjorth, quien ha trabajado con Lars von Trier en cintas como Melancholia—, lo cierto es que, en palabras de su director, La región salvaje no es una película de horror. En entrevista con la revista Film Comment, Escalante reconoce que mostrar al monstruo en los primeros minutos va en contra de todas las reglas del género pero que, lejos de arruinar el suspenso, adquiere en la presencia de la criatura visos de una inédita realidad. “De menos—observa—, nadie ha dicho que no se ve real.”

 

¿Fantasía o realidad?

Con tres largometrajes y tres invitaciones a Cannes, Escalante no sólo se habría convertido en favorito de festivales y muestras, sino en representante también de un cine ajeno a las convenciones y compromisos de lo comercial. Cintas como Heli (2013) o Los bastardos (2008) se encuentran ancladas ya en el realismo: filmadas en locaciones auténticas y con actores no profesionales, sus películas echan mano de técnicas como la toma larga y el deep focus para dar cuenta de situaciones y personajes marginados por el cine y la sociedad misma, pero presentes ya en su obra desde Sangre (2005), su ópera prima.

Lo cierto es que, en el cine, ese realismo es un término muy relativo. En principio, toda ficción es de alguna forma una fantasía, y—en la definición de Tzvetan Todorov, en Introducción a la literatura fantástica—lo fantástico se entiende en relación a lo real y lo imaginario, en esa incertidumbre que se experimenta ante un acontecimiento en apariencia sobrenatural, que puede o no tener una explicación racional. Así, todo relato fantástico parte de una situación natural en la que se presenta la intrusión de lo sobrenatural, y que se inclina entonces hacia lo extraño—lo que tiene una explicación—o lo maravilloso—que acaba por confirmar lo sobrenatural como posible—.

Al presentar a la criatura como algo “real”, sin ambigüedades, La región salvaje abandonaría el terreno de lo fantástico para convertirse—en palabras de su director—en metáfora de “el miedo, el deseo y el rechazo” que muchos experimentan en su relación con los otros. Para Todorov, la interpretación es otro “peligro” que amenaza lo fantástico: no debe ser ni poética, ni alegórica. Convertida en un símbolo, la cosa del otro mundo que habita en esa casa del bosque acaba por alejarse de la irracionalidad propia del horror para lograr lo que muchos relatos de la sci-fi, que nos obligan a ver hasta qué punto sus elementos en apariencia maravillosos forman parte de nuestra cotidianidad.

 

Horror y cine de arte

Más allá de las etiquetas, los aficionados al cine de género saben que no es extraño encontrar en festivales como SITGES o MÓRBIDO cintas que, sin ser “de miedo”, tampoco se encontrarían en una sala de cine comercial. Extraña al horror y a sus convenciones, quizás La región salvaje se defina de mejor forma por su título en inglés: The Untamed, o aquello que no ha sido domado, que pulsa bajo la superficie de una película que parece de terror.

Así, de la serie B al cine indie y de estudio, son muchas las películas de género que transitan sin dificultad hacia el cine de arte y de autor. Cintas como Repulsion o Rosemary’s Baby—a ser dirigida originalmente por William Castle, legendario realizador del cine más truculento—o Eyes Without a Face, de Georges Franjou se encuentran a gusto lo mismo en la sección de horror del videoclub que en el arthouse; cineastas tan respetados como David Lynch han gravitado en torno al horror, y casos como la cinta francesa de caníbales Grave se exhiben aquí en la Cineteca Nacional—la misma en la que esa joya del cine de vampiros Låt den rätte komma in estuviera un año en cartelera.

Hoy en día, cuando películas como The Shape of Water y Get Out acaparan premios y nominaciones, el cine de género tiene otra oportunidad de probar que la fantasía, la ciencia ficción y el horror también son un arte. Estrenada en el Festival Internacional de Cine de Venecia—donde se hiciera acreedora al premio al mejor director—, La región salvaje se ha dejado ver lo mismo en el Austin Fantastic Fest que en San Sebastián—una prueba más de la naturaleza proteica del miedo, tan informe e inusual como la criatura misma.