Por Roberto Coria

Prometí habar durante las siguientes semanas de algunos de los científicos locos más memorables de la ficción. Deliberadamente me reservo al que tal vez es el más famoso de todos para cerrar este ciclo, el que condensa los dilemas éticos, religiosos y morales que desprenden los excesos de la ciencia y la transgresión del orden natural, con consecuencias nefastas para los involucrados.

El escritor inglés Herbert George Wells (1866-1936), prolífico hombre que transitó con gracia por todos los géneros literarios, pudo utilizar los conocimientos en Biología que adquirió en sus días de estudiante en la Normal School of Science de South Kensington, bajo la tutela del reputado biólogo Thomas Henry Huxley –conocido como “el Bulldog de Charles Darwin” por su encarnizada defensa de la teoría evolutiva del sabio-, en su tercera novela, La isla del Dr. Moreau, publicada por Heinemann, Stone & Kimball en 1896. El libro suscitó de inmediato las más variadas controversias por su exactitud científica, sus pasajes calificados como “sensacionalistas” y su crítica descarnada a la entonces popular práctica de la vivisección, que básicamente consiste en la disección de un animal cuando aún está vivo y que en sin duda una forma de tortura. Ésta es hoy censurada con acierto por diversos organismos internacionales como People for the Ethical Treatment of Animals (PETA).

El naufragio del caballero inglés Edward Prendick y su descubrimiento de los horrores que encierra la isla que da nombre al relato son especialmente vigentes en la era de la manipulación genética y los avances en el estudio del genoma humano. Moreau es descrito como un viviseccionista desacreditado por sus teorías radicales. El protagonista lo recuerda y se encarga de producir inquietud al lector:

¿Cómo era? Mi memoria dio un salto de diez años. “¡Los horrores de Moreau!” La frase pasó un instante por mi mente y luego la vi en un rótulo rojo impreso en un pequeño folleto amarillo que, al leerlo, producía escalofríos. Después lo recordé todo claramente. Aquel folleto olvidado volvió a mi memoria con sorprendente intensidad. Yo no era entonces más que un chaval y Moreau debía de tener, creo, unos cincuenta años; era un eminente psicólogo, conocido en los círculos científicos por su extraordinaria imaginación y su franqueza brutal en las discusiones. […] Había publicado ciertos descubrimientos sorprendentes sobre la transfusión de sangre y era de todos sabido que estaba realizando una valiosa labor de investigación sobre tumores malignos. Luego su carrera se vio súbitamente interrumpida. Tuvo que abandonar Inglaterra. Un periodista consiguió entrar en su laboratorio en calidad de ayudante, con la intención de hacer un reportaje sensacional; y gracias a una sorprendente casualidad –si es que se puede llamar casualidad- su espantoso folleto se hizo famoso. El mismo día de su publicación, un pobre perro, desollado y mutilado, se escapó de laboratorio de Moreau. […] Un eminente editor, primo del supuesto ayudante de laboratorio, apeló al sentido común de la nación. No era la primera vez que el sentido común se oponía a los métodos de investigación.

La demente jornada de Moreau tiene una discreta presencia en el séptimo arte, siendo La isla de las almas perdidas (Erle C. Kenton, 1932) con Charles Laughton como el desquiciado científico y un muy maquillado Bela Lugosi como el bestial Predicador de la Ley, la más afortunada de sus adaptaciones. Luego rescato la protagonizada por Burt Lancaster en 1977, bajo las órdenes de Don Taylor. Mención especial merece la fallida versión dirigida por John Frankenheimer en 1996, originalmente pensada para ser realizada por el talentoso cineasta sudafricano Richard Stanley. La increíble historia de su caótica filmación es presentada en el laureado documental Lost Soul: The Doomed Journey of Richard Stanley’s Island of Dr. Moreau (David Gregory, 2014). Su elemento más notable, el desequilibrado Moreau, fue encarnado por el prestigiado Marlon Brando. La que parecía una elección inteligente, pues todos recordamos a Brando en el papel del enloquecido Kurtz en Apocalipsis ahora (Francis Ford Coppola, 1979), rápidamente se deslava gracias a su presencia ridícula, a sus demandas actorales que se encontraban entre lo cómico y lo absurdo. Su desempeño fue severamente criticado y le mereció el infame premio Razzi como Peor Actor de Reparto de ese año. Veo esa catástrofe fílmica como una gran oportunidad para que la historia sea nuevamente –correctamente- llevada a la pantalla grande. Porque la locura de Moreau merece ser tratada con dignidad por sus enormes posibilidades.

Hablaré sobre los terribles frutos del trabajo del científico dentro de una semana.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.