Por Roberto Coria

Prácticamente todos tenemos presentes los atentados del 11 de septiembre de 2001 en la ciudad de Nueva York. El recuerdo es imborrable. Como sucede con los grandes acontecimientos, podemos relatar lo que hacíamos en el momento de enterarnos de la noticia. A lo largo de los años hemos visto cientos de veces las imágenes de los dos aviones estrellándose contra las torres del World Trade Center. Hemos visto idénticas ocasiones el espectacular incendio que causó en ellas, con docenas de personas arrojándose al vacío desde los pisos superiores para escapar de las llamas. Hemos visto los dos edificios colapsarse en medio de una gigantesca nube de polvo y escombros. Conocemos, gracias a la impresionante cobertura mediática, los testimonios de cientos de testigos y víctimas. Pero el hecho no deja de ser sobrecogedor. En un momento donde las noticias terribles se han convertido en algo cotidiano en nuestra sociedad y donde la Historia nos demuestra que no es la mayor tragedia que ha conocido la raza humana, los efectos en la memoria y sentir de la sociedad occidental son no tienen precedentes. Esa es la esencia del auténtico horror.

AP Photo/Aurora, Robert Clark)
SEVENTH IN A PACKAGE OF NINE PHOTOS.–– An explosion rips through the South Tower of the World Trade Towers after the hijacked United Airlines Flight 175, which departed from Boston en route for Los Angeles, crashed into it Sept, 11, 2001. The North Tower is shown burning after American Airlines Flight 11 crashed into the tower at 8:45 a.m. (AP Photo/Aurora, Robert Clark)

Siempre creí que los ecos de un suceso semejante no podían tener un efecto limitado. Así lo demostraron medios noticiosos locales, que luego de más de una década de la desgracia dieron cuenta de inquietantes (e inexplicables) sonidos escuchados en la zona, que bien podrían interpretarse como lamentos. Y ello tendría todo el sentido de mundo. Imaginen la energía aprisionada en el lugar, todos los sueños truncados súbitamente, el dolor y la desesperanza ahí concentrados.

Inevitablemente las bellas artes se nutrieron del suceso, sea como un tributo a las víctimas o como un homenaje póstumo a los cientos de héroes que la enfrentaron. El cine trató de capturar el episodio en cintas como Vuelo 93 (Paul Greengrass, 2006) y Las torres gemelas (Oliver Stone, 2006). Pero mucho antes de estas cintas, el complejo de edificios ocupó un lugar importante en la industria fílmica estadounidense como símbolo y representante de la más grande de sus ciudades, de la capital del Imperio. Las escaló un gigantesco y popular gorila en King Kong (John Guillermin, 1976), fueron vistas en Los Cazafantasmas (Ivan Reitman, 1984) y destruidas por invasores extraterrestres en Día de la Independencia (Roland Emmerich, 1996), las visitó el insoportable Kevin McAllister (Macauley Culkin) en Mi pobre angelito 2, perdido en Nueva York (Chris Columbus, 1992) e incluso usadas por El Hombre Araña (Sam Raimi, 2002) para tender una red que atrapara un helicóptero piloteado por asaltabancos, en un tráiler que se suprimió tras los atentados.

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El lugar que ocuparan las Torres, conocido como la Zona Cero, el mismo de los escalofriantes ruidos que comenté hace un momento, fue elegido por Guillermo del Toro y Chuck Hogan en su novela Nocturna como guarida y nido del El Amo, el malvado vampiro Jusef Sardú. Cuando su protagonista, el epidemiólogo Ephraim Goodweather, preguntó a su guía y mentor Abraham Setrakian por qué había elegido ese lugar, el anciano respondió: “Porque se sintió atraído. Los topos construyen sus madrigueras en los troncos muertos de los árboles caídos. La gangrena nace en las heridas. Sus orígenes están en la tragedia y el dolor”. Su reciente traslación a la televisión puede ocuparnos en otro momento.

Pero el momento que mejor captura el deseo del pueblo estadounidense –que la desgracia nunca hubiera ocurrido- ocurre la escena final de la primera temporada de la extinta teleserie Fringe. La agente Olivia Dunham (Anna Torv) discute con William Bell (el eterno Leonard Nimoy), fundador y propietario de la siniestra Massive Dynamics y éste le pregunta si tiene conciencia dónde se encuentra. La cámara se aleja y revela que ocupan una oficina en los pisos superiores de la Torre Sur del World Trade Center. Incluso John F. Kennedy sigue vivo. Evidentemente se trata de un universo paralelo, eje central del programa. Pero no estamos en otro lugar. Aun cuando así fuera, estoy seguro que habría desgracias de otro tipo.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.