Ayer el actor húngaro László Löwenstein cumplió 109 años. Adoptó el nombre artístico de Peter Lorre y participó –en Alemania, Inglaterra y Estados Unidos- en más de un centenar de películas. Su aspecto pequeño, malicioso y pusilánime, con grandes ojos saltones, lo hizo ideal para encarnar papeles extraños, truculentos. El más popular de ellos fue el del asesino de niños Hans Beckert, en la joya alemana titulada simplemente M. En otros países fue bautizada como M, el maldito o M, el vampiro de Düsseldorf. La dirigió en 1931 Fritz Lang, uno de los directores de cine más reputados de su país y artífice de la corriente expresionista. La película, una de las primeras producciones sonoras de la industria, es perfecta. Una buena parte por culpa de la historia que Lang escribió con su entonces pareja Thea von Harbou, sino por la estupenda actuación de Lorre. Sólo lo vemos a partir del tercer acto del relato, pero su presencia se siente en cada momento del metraje. Nunca vemos violencia o una sola gota de sangre, pero su estremecedora confesión es suficiente para dejar perplejo al espectador:

“No puedo evitarlo. No tengo control sobre este mal que vive en mí, sobre este fuego, las voces, el tormento. No puedo escapar. Tengo que obedecer, recorrer calles interminables. Quiero escapar. Pero me persiguen fantasmas. Los fantasmas de las madres y sus niños. Nunca me dejan. Siempre están ahí. Excepto cuando lo hago.  Entonces no puedo recordar nada. Después veo esos carteles y leo lo que he hecho, y me pregunto ¿yo lo hice? Pero no puedo recordar nada. Pero, ¿quién me va a creer? ¿Quién sabe lo que siento? ¿Cómo me veo obligado a actuar? Entonces una voz grita. No puedo soportar la idea de escucharla. No puedo seguir”.

MLo anterior es un claro antecedente de las figuras que la Psicología y la Criminología hoy reconocen como asesinos en serie. No es arriesgado decir que M es la cinta precursora en el tema. El cineasta pretendía criticar al gobierno nacional socialista (Nazi) de su era. Especialmente porque la Alemania de principios de siglo XX nos ofreció una colorida fauna de asesinos que salían de los esquemas conocidos. He aquí un par de casos notables:

Fritz Haarmann nació en 1879 en Hanover, Alemania. Fue hijo de una pareja de clase trabajadora. Era un chico tranquilo cuyo principal pasatiempo era vestirse de mujer. A los 17 años fue recluido en un asilo tras haber sido arrestado por molestar infantes. Seis meses después escapó a Suiza para posteriormente regresar a Hanover. Por un tiempo trató de llevar una vida respetable. Trabajó en una fábrica de cigarros y se comprometió con una joven. Pero este periodo de relativa normalidad no duró mucho. Abandonó a su prometida y escapó para unirse al ejército. Cuando regresó a Hanover en 1903, inició una vida criminal. A partir de los 20 años entraba y salía de la cárcel por delitos que iban del carterismo al robo, pasando casi toda la Primera Guerra Mundial detrás de las rejas. Fue liberado en 1918 y regresó a su ciudad natal donde se unió a un grupo clandestino que traficaba, entre otras cosas, con carne. También sirvió como soplón de la policía, posición que le ofreció relativa protección a sus actividades clandestinas. Sin embargo en 1919 lo sorprendieron en la cama con un jovencito y volvió a prisión. Tras 9 meses Haarmann fue liberado y conoció a Hans Grans, quien ejercía la prostitución y lo introdujo al submundo homosexual de Hanover. Inició entonces su carrera homicida. Haarmann abordaba a jóvenes hambrientos y los atraía a sus habitaciones, los alimentaba y, con la ayuda de Grans, los sometía. El dúo arremetía contra su garganta y masticaban la carne hasta que prácticamente arrancaban la cabeza de la víctima. Generalmente experimentaban un clímax sexual mientras se cebaban en el desafortunado chico.  Posteriormente desmembraban el cuerpo, conservando las partes útiles para su comercio en el mercado negro y arrojaban los restos al canal. Vendían las ropas de las víctimas. Cuando el número de muchachos desaparecidos creció, la policía  comenzó a sospechar  de Haarmann. Una mujer que le había comprado carne acudió a la policía y aseguraba que se trataba de carne humana. En el verano de 1924 se encontraron numerosos cráneos en el canal cercano a la vivienda de Haarmann. Cuando los detectives acudieron al lugar, descubrieron una gran cantidad de ropas de los muchachos desaparecidos, incluso el hijo de su casera vestía el abrigo de uno de los chicos muertos. Haarman confesó 27 homicidios, de los cuales cometió alrededor de quince. Los otros fueron atribuidos a Grans, quien fue condenado a cadena perpetua. Haarmann fue encontrado culpable y sentenciado a muerte. Mientras esperaba ser ejecutado, Fritz Haarmann, el vampiro de Hanover, escribió una carta donde confesaba los detalles y el placer que le producían sus atrocidades. Por petición propia, fue decapitado el 20 de diciembre de 1924 con una espada en un mercado de la ciudad. Posteriormente su cerebro fue extraído y enviado a la Universidad de Goettingen para ser estudiado.

m-o-vampiro-de-dc3bcsseldorf

El otro caso reconocido, y que posiblemente inspiró más a Lang, fue el de un compatriota y colega de Haarmann, Peter Kürten, el vampiro de Düsseldorf (1883-1931), hijo de un alcohólico que abusaba sexualmente de él, su esposa y sus otras hijas. Kürten mismo, a los trece años de edad, comenzó a violar a sus hermanas, pero experimentaba una mayor satisfacción al torturar y tener relaciones sexuales con animales domésticos. Al cumplir 15 años fue arrestado y encarcelado, iniciando así una larga cadena de condenas. Pasó más de la mitad de su vida tras las rejas. Entre 1899 y 1928 asesinó al menos a tres personas, aunque nunca se le adjudicaron tales crímenes. También había desarrollado hábitos piromaniacos, experimentando un insano placer al quemar graneros y otras edificaciones. Kürten contrajo matrimonio en 1921, obteniendo el consentimiento de su pareja de forma poco convencional: la amenazó de muerte si se rehusaba. Durante sus ocho años de matrimonio su abnegada esposa nunca se enteró de sus actividades homicidas. En 1929, Kürten inició una ola de violencia sin precedentes en su natal Düsseldorf, asesinando a 29 personas entre febrero y noviembre, misma que llegó a su fin cuando estranguló y apuñaló a una niña de cinco años llamada Gertrude Alberman. Un par de días después del crimen Kürten, tratando de emular a su ídolo Jack el destripador, envió una carta a la policía indicándoles el lugar donde podrían encontrar los restos de la niña Alberman, así como el cuerpo de otra de sus víctimas, una doncella que había apuñalado y sodomizado después de muerta. En 1930, Kürten misteriosamente dejó escapar a una joven a quien pretendía violar. 72 horas más tarde fue arrestado. En custodia, Kürten confesó detalles inenarrables de sus crímenes:

En el caso de Ohliger, succioné su sangre de la herida en su sien, y de Scheer de la puñalada en su cuello. De la chica Sculte simplemente lamí la sangre de sus manos. Fue igual con el cisne en el Hofgarten; lo descubrí una noche de primavera en 1930 y corté su cuello. La sangre brotó, bebí del muñón y eyaculé.

Kürten fue encontrado culpable de 9 asesinatos y lo sentenciaron a morir en la guillotina en 1931, el mismo año que Peter Lorre alcanzaba la inmortalidad con M. Lorre murió físicamente en su país adoptivo, Estados Unidos, el 23 de marzo de 1964, a la edad de 59 años. Su carrera siempre parece menor y es discreta al lado de las de sus ilustres colegas Bela Lugosi, Boris Karloff y Lon Chaney, Jr. –la Sagrada Trinidad de los Monstruos de Universal Pictures- pero su talla es tan grande como las de ellos.

Camino a hablar de esto en Mórbido León, termino con un pequeño comercial del curso en línea “El que ofreceré en el Instituto Nacional de Ciencias Penales. Nos vemos en la web.

Postalcine