Por Roberto Coria

Un error común, como fue popularizado por los autores del periodo victoriano, es pensar que la infancia es un territorio idílico, de inmaculada inocencia, y que sus pequeños habitantes son seres nobles y virtuosos, verdaderos ángeles terrenales. Es por ello que se les suele ver como víctimas ideales, tanto en la ficción como en la realidad. La Victimología los reconoce como un grupo vulnerable pues se encuentran en una evidente desventaja física, intelectual y emocional frente a depredadores adultos. Estos vienen en todas las formas y proceden de todas partes. Pero hay algunas ocasiones en que el precepto con el que inicio este texto es un grave error. El niño es el ser más siniestro que existe. Sigmund Freud reconoció a aquellos que, por su edad, no tenían plena consciencia del Sigmund Freud bien ni del mal, y que por ello eran capaces de realizar todo tipo de acciones. Los llamó perversos polimorfos. El mejor ejemplo es el infante que, por curiosidad, atrapa a una mosca viva para arrancarle las alas. Esta es una etapa temporal y que casi todos han vivido. El verdaderamente preocupante es el que experimenta un placer malsano al victimizar a sus semejantes en la escuela –o su entorno inmediato-, generalmente menores que él e incapaces de defenderse, orillándolos a vivir en una angustia constante y ocasionándoles –incluso- graves daños físicos. Todos ustedes conocen el fenómeno bautizado en nuestros días como bullying, considerado como uno de los más graves problemas sociales. Esto por la sencilla razón de que los niños que lo practican son los abusadores del mañana. Es por ello que esta conducta es alarmante y debe atenderse. Y de los que dañan o matan animales por diversión, los futuros psicópatas, puedo hablar ampliamente en otro momento.

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Pensé en lo anterior el otro día que vi la cinta austríaca –originaria de la misma tierra que Freud, gran coincidencia- Dulces sueños, mamá (2014), escrita y dirigida por Veronika Franz y Severin Fiala, y que fue seleccionada por la instancia fílmica de su país para contender en el rubro de Mejor Película Extranjera en la venidera emisión 88 de los prestigiados premios Óscar. Esto no me sorprende. Me encontré ante una película inteligente, que privilegia su historia antes que cualquier efectismo. No pretendo arruinar la sorpresa a nadie, pues actualmente se exhibe de manera limitada. El drama que viven los gemelos Elias y Lukas (Elias y Lukas Schwarz) y su –en un principio- convaleciente madre (Susanne Wuest) en su apartada y moderna casa, se mueve en el mejor suspenso y tiene un desenlace perturbador. Entre sus múltiples virtudes, siempre recordaré a la familia –conformada por mamá, papá y dos hijos- que velozmente abandonaron la sala donde me encontraba en su primera secuencia violenta. Seguramente lo hicieron para que los retoños no observaran esas atrocidades. O tuvieran ideas.

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La película me remitió a una joya poco conocida, La mala semilla (Mervyn Le Roy, 1956), basada a su vez en la adaptación teatral de Maxwell Anderson a la novela de William March, donde la inocente Rhoda (Patty McCormack, interpretada en los escenarios nacionales por Angélica María, la futura Novia de México) comete todo tipo de atrocidades que sugieren que la maldad está en sus genes. O al episodio Consciencia de la sexta temporada de La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales, donde el pequeño Jake O´Hara (Jordan Garrett) asesina a su condiscípulo, hijo de un prominente psiquiatra (Kyle MacLachlan). El profesional pronto cae en cuenta de su naturaleza. “Es un sociópata”. Acto seguido, toma el arma de un policía y dispara en el pecho al menor. Tras ser enjuiciado y exonerado por el homicidio, el médico admite que lo mató con plena consciencia. “La diferencia es que él volvería a hacerlo. Yo no”.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico que concluyó su primera temporada de vida. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.