A lo largo de la historia, las enfermedades han atormentado a los seres humanos. Sin duda, el miedo a ser contagiado por alguna enfermedad incurable es uno de los peores terrores. Hay varias que cumplen con esta característica, pero hoy nos ocuparemos de la lepra.

Muchas películas utilizan esta enfermedad para sentar el escenario de su trama, tres de ellas me parecen las más interesantes: Diarios de Motocicleta, que cuenta la historia del Che y su interacción con los leprosos segregados, Braveheart, donde Robert Bruce es un leproso heredero de la corona de Escocia; y Ben Hur, novela de Lewis Wallace publicada por primera vez en 1880, donde la hermana y la madre de Juda Ben-Hur son condenadas y se infectan de lepra en el calabozo.

La lepra, también conocida como enfermedad de Hansen, es una infección causada por la bacteria Mycobacterium leprae. Causa lesiones en la piel y en las terminaciones nerviosas, ocasionando ulceras que pueden llegar a ser mutilantes. Contrario a lo que se cree, no es muy contagiosa y tiene período de incubación de aproximadamente cuatro años, lo cual hace que sea prácticamente imposible saber su fuente de contagio. Además, requiere una predisposición genética para que la persona se infecte. La forma de contagio es a través de gotitas de saliva (flush), que son expulsadas por el enfermo y entran en heridas de la piel o aparato respiratorio del nuevo huésped. No se ha descartado del todo la posibilidad de contagio de piel a piel.

Existen básicamente dos formas de presentación:

  • Tuberculoide: produce grandes manchas hiperestásicas, es decir que generan mucho dolor y después anestésicas, sin dolor. 
  • Lepromatosa: es responsable de las deformidades de la nariz, cara, manos y demás, genera grandes nódulos en la piel llamados lepromas. Cuando la enfermedad avanza ocasiona manchas rojas, pápulas o nódulos, con progresiva destrucción de la piel, dando lugar a la famosa facies leonina o cara de león. En este punto se afectan igualmente los nervios y las extremidades pierden sensibilidad.

 

Hay referencias de esta enfermedad desde la Biblia, hasta textos Védicos de más de 2500 años. Se le ha considerado como un castigo divino y un signo de vida desapegada a la religión. En el año 583 la asamblea de obispos reunidos en el concilio de Lyon, crearon las casas para los leprosos o leproserías, en donde los enfermos podían seguir viviendo relativamente aislados del resto de la sociedad, fuera de las ciudades y los conventos. Para 1225 ya había, en Francia, más de 2000 de estas casas.

Es gracias a los Cruzados, quienes en realidad sufrían sífilis y no lepra, por quienes la Iglesia Católica decide quitar el estigma y definirla como una enfermedad santa. La orden de San Lázaro se ocupaba del cuidado de los enfermos y durante la Edad Media, tenía que ser reportada obligatoriamente, encargando a los párrocos su control. El enfermo sospechoso era llevado ante una comisión de médicos y cirujanos, iniciaba una revisión al estilo "proceso judicial", en el cual el acusado era examinado a fondo.

Hay una historia muy interesante hacia el año de 1200, protagonizada por el autor alemán Hartmann von Aue quien escribió versos conocidos como Epopeya del pobre Enrique, los cuales tratan de un caballero infectado, expulsado de la sociedad e intenta superar su enfermedad. Viaja a los principales centros de medicina y sólo médico de Salerno puede darle esperanzas:

Si Dios quisiera ser el médico, entonces la sangre del corazón de una doncella podría salvar a Enrique, la mujer debe estar en edad de matrimonio y sacrificarse voluntariamente. 

Imagenmedieval

Todo acaba cuando la hija de un campesino está dispuesta a morir por el caballero. Juntos viajan a Salerno, pero cuando Enrique descubre desnuda y atada a la doncella, se impresiona con su belleza y rechaza el sacrificio. Acepta entonces su dolencia y Dios cura al compasivo caballero que se casa con la mujer.