Por Roberto Coria

Sigamos serios. Pero sólo un momento.

En ésta, y todas las épocas, la justicia es algo indispensable para la sana convivencia humana. En un concepto tristemente devaluado en un mundo plagado de inequidades, donde la criminalidad –por sólo mencionar una de tantas tragedias- crece rampante a diario y nos devora inmisericorde. La noción que tenemos de ella varía según las distintas culturas del planeta. Hay que precisar: no es lo mismo “ley” que “justicia”. La segunda es un ideal estudiado desde la antigüedad, como en los textos del filósofo griego Platón y desde los inicios del Derecho romano. De ese momento data una de sus representaciones más populares, la Dama de la Justicia, heredera de deidades egipcias y griegas, una mujer con los ojos vendados que supone igualdad, imparcialidad y objetividad. Sostiene en una mano una balanza y en la otra una espada, que asegura su cabal cumplimiento. “La Justicia es ciega”, suele suponerse.

Escribo esto porque seguramente fue el pensamiento que tuvo en cuenta el escritor estadounidense Stanley Martin Lieber, conocido por la posteridad como Stan Lee. A él suele atribuirse el mayor mérito en la creación de algunos de los personajes más relevantes de la cultura popular contemporánea. Junto a talentosos dibujantes, como Jack Kirby y Steve Ditko, nos legó a superhéroes imprescindibles, increíblemente redituables, como Thor, el Dios del Trueno, Iron man, Hulk, el sorprendente Hombre araña, Los 4 Fantásticos, los Hombres X y muchísimos más. Stan Lee, sin atender cualquier controversia creativa, se encuentra con justicia en el cimiento de Marvel comics –hoy propiedad de la casa Disney-, empresa que en la década de los sesenta revolucionó el mundo de las historietas. Su secreto: colocar a sus modernos titanes en el lugar del lector, sometiéndolos –además de sus labores heroicas- a problemas mundanos fácilmente identificables por ellos. Los jóvenes ya no eran los ayudantes de los superhéroes, como Robin o Bucky. Eran los nuevos superhéroes. Vicente Quirarte lo dice muy bien. “Todos hemos querido ser Supermán, pero todos hemos sido el Hombre Araña […] Quien alguna época de su vida haya sido el Hombre Araña conoce la grandeza de la tortura y las delicias de la victoria. Batman tiene escudero, mayordomo y fortuna económica que lo curen de los fracasos parciales; Supermán tiene su retiro en el Polo Norte, donde recuerda su planeta natal y puede vivir en el mejor de los mundos imposibles. El Araña está soberbiamente solo, como un adolescente”.

En medio de esta cascada de paladines, para apuntalar el naciente Imperio y asegurar sus crecientes ingresos económicos, Lee y el dibujante Bill Everett –aunque debamos la portada de su primera aventura a Kirby- nos presentaron en abril de 1964 a Daredevil. En las revistas que leí en mi niñez, publicadas por la extinta editorial Novaro, fue bautizado como Diabólico. Así fue como lo conocí y es como lo reconozco actualmente. Su identidad secreta es Matt Murdock, joven abogado penalista del barrio neoyorkino de Hell's Kitchen, hijo de un boxeador que prometió a su padre muerto jamás seguir sus pasos. Y aquí viene el elemento que lo distingue de sus colegas: es ciego. Por un accidente, como sucedió a muchos de su gremio. Mientras Peter Parker fue mordido por una araña radioactiva o los 4 Fantásticos bombardeados por rayos cósmicos, el niño Murcock perdió la vista por exponerse a una sustancia radioactiva durante un hecho de tránsito. Gracias a esto desarrolló al extremo sus sentidos remanentes para subsanar al que le faltaba. De ahí proviene su mayor mérito y atractivo. No se trata de un justiciero invulnerable. Es un hombre que sangra. Los riesgos a los que se expone, en aras del beneficio de la colectividad, lo ponen en peligro de muerte en más de una ocasión. Como Batman, es un ejemplo de disciplina, tenacidad y convicción. Pero a diferencia del encapotado convive con una discapacidad que lo pone en inmediata desventaja contra sus enemigos. Aun así, sigue adelante.

El héroe ha tenido una carrera notable y continua en el mundo de las historietas, con algunas curiosas apariciones en la televisión y un paso no muy afortunado en la pantalla grande. La cinta de 2003, dirigida por Mark Steven Johnson, es usualmente mal recordada por los críticos y los seguidores del justiciero. Su protagonista, el recientemente laureado Ben Affleck, ganó por triplicado en 2003 la infame Frambuesa de Oro como Peor Actor (por Daredevil, Gigli y El pago). En perspectiva, no fue una película pésima ni un fracaso en taquilla. Recuperó su inversión y ganó poco más de 100 millones de dólares.

Por fortuna ese no fue el final de Diabólico. Su digno renacer tardaría más de una década en ocurrir. Pero de eso hablaré la siguiente semana.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.