Anoche fue motivo de fiesta, aunque, paradójicamente, parece que no muchos fueron al Ángel de la Independencia para celebrar que Guillermo del Toro había logrado el uno-dos: llevarse a casa los Premios de la Academia por Mejor Película y Mejor Director, entre otros. Fue la culminación de 25 años de que un freak nos presente entrañables historias de freaks a nosotros, los freaks frente a la pantalla. Representación.

Yo sé. El Oscar no es tan apreciado por los alternativos. Por “los que saben”. Los que saben dicen que es un premio que solo sirve para llenar una cuota política y que se discutan cualquier otra cosa, excepto el cine, alrededor de la ceremonia. No lo discutiré en este momento. De lo que sí hay que estar conscientes es de la importancia de estos premios para el futuro.

El Oscar es una feria de empleo, sin duda. El sello de calidad “Ganador del Oscar”, sigue pesando y es, más o menos, una garantía para los estudios y productores que van a desembolsar algunos millones de dólares en una película y quieren recuperar la inversión y hacer ganancias. Así, los ganadores del premio por guión, maquillaje, adaptación, efectos visuales, pueden ver que las posibilidades de encontrar empleo en otra producción crecen.

Por otro lado, reconocer el talento de alguien como Guillermo del Toro, que jamás ha hecho una película con un héroe o heroína convencionales, historias en donde los monstruos ganan (y no son los villanos), vamos, el tipo por el que pudimos ver por fin una pelea de kaijus contra mechas, es una forma de reconocimiento para el cine de género, para la ciencia ficción, la fantasía, el horror. Algunos podrán decir que ya se le había reconocido con El Señor de los Anillos: El Regreso del Rey, pero para nosotros, los premios para La Forma del Agua tienen más peso, pues son para una historia de amor, una fábula que nace de una película de horror y de un cineasta cuya estética también parte de ese género.

¿Qué sigue, entonces? Bueno, hay que mantener la calidad. Elevarla. No digo que ahora todo el cine de género tenga que ser una pieza digna de Cannes, porque si algo amamos de estas películas, es que también se dan el permiso de pasar por la serie B, la parodia y el absurdo a la menor provocación. El punto es que ahora, esos directores que han decidido andar por el lado salvaje, podrán tener más oportunidades de contar sus historias, con mejores presupuestos y posibilidades. Ahora, es posible que más historias como La Forma del Agua tengan una oportunidad de llegar a todo público. Y, por si quedaban dudas, el mismo Guillermo lo apuntó en su discurso de aceptación como director: lo dedicó a los jóvenes cineastas que quieren explicar el mundo por medio de la fantasía.

Por otra parte, es muy probable que en Universal ya se estén frotando las manos para poner al fallido Universo Oscuro en una plancha, subirlo a las alturas y revivirlo con la electricidad proporcionada por el triunfo de Del Toro. Y es que todos querremos ver más historias de monstruos, de misfits, de carnies y fenómenos. Porque, al final, como lo dice Abe Spien: “todo lo que los fenómenos tenemos, es los unos a los otros”.

Celebremos entonces. El futuro es mórbido.