Por Roberto Coria

He llegado a una fatal aceptación. Pese a nuestras objeciones, malestares, enfados o renuencia, los remakes de películas que adoramos en el pasado seguirán produciéndose. Los grandes estudios cinematográficos, más allá de cualquier intención social o artística, son un negocio millonario que, en el afán de obtener todos los beneficios económicos posibles, utilizarán hasta el hartazgo fórmulas que ya demostraron su éxito. Apuestan al caballo ganador, sin que esto garantice el triunfo. Cochino dinero. La tendencia nos habla también de una gran ausencia de creatividad y de que, para Hollywood, no hay nada intocable. Triste realidad.

Propicia estas líneas un ejemplo que la semana pasada se estrenó en la cartera comercial. No lo escribo en la postura “lo viejo es mejor”, ni porque las personas de mi generación visitaron el país llamado infancia en la década de los ochenta. En 1982 se estrenó en las pantallas estadounidenses –y en el resto del mundo- una súper producción que ostentaba el aval del buen nombre de Steven Spielberg, mi héroe en aquellos tiempos por Tiburón (1975). La cinta en cuestión, Poltergeist, escrita por Michael Grais y Mark Victor a partir de una idea del propio Spielberg, fue controversial desde un inicio. El hoy llamado “Rey Midas de Hollywood” estaba contractualmente impedido para dirigir otras películas pues en ese momento rodaba E. T. El Extraterrestre, así que se encomendó la tarea a Tobe Hooper, reputado artesano del horror bien conocido gracias a La Masacre de Texas (1974). Muchas son las historias que aseguran que, a pesar de lo legalmente dispuesto, Spielberg supervisó muy de cerca toda la producción e incluso tomó la batuta en más de un momento, que usó a Hooper sólo como un presta nombre. Pero esa, junto con la maldición que acompañó a la franquicia, es otra historia. A una semana de distancia, muchos han podido ver su reelaboración, dirigida por Gil Kenan (Poltergeist, 2015). Y la indignación colectiva no se ha hecho esperar.

Tendemos a formarnos un criterio con base en la experiencia, y de ésta hemos aprendido que muchos remakes suelen ser malos, terribles e irrespetuosos con la obra que los origina. Esto es ultrajante. Más cuando se realizan con un propósito meramente lucrativo. Pero antes de seguir quiero defender a las minorías, porque no todos merecen ser menospreciados simplemente por tratarse de una nueva versión de una historia que conocimos y admiramos. Tomemos el caso de Drácula. Hacerlo sería descalificar el trabajo que Gary Oldman hizo en 1992, o la actuación del recientemente fallecido Sir Christopher Lee en 1957 y colocarlos por debajo de la interpretación de Bela Lugosi de 1931. Todos son vampiros memorables, con maíces distintos y que se colocan dignamente en la misma posición en nuestra memoria y afectos.

El tema de los remakes supone un gran dilema. Sigamos con el caso de Drácula. No considero una estricta relaboración a la versión que Francis Ford Coppola –sobre un libreto de James V. Hart- dirigió en 1992. Sobre todo si tenemos en cuenta que la de 1931, dirigida por Tod Browning, usa como base un guión escrito por Garrett Fort que parte –más que de la novela de Bram Stoker- del libreto que Hamilton Deane escribió para los escenarios ingleses y que –al comprobarse su éxito- John L. Balderston adaptó para las audiencias estadounidenses.

Algo similar ocurre con la película La mosca (Kurt Neumann, 1958), adaptación escrita por James Clavell del cuento La mosca de la cabeza blanca de George Langelaan. En 1986 el canadiense David Cronenberg llevó la historia a su universo. Escrita por el mismo Cronenberg y Charles Edward Pogue, en lugar de ofrecernos de nuevo la historia clásica, “es el drama de dos amantes, uno de ellos con una terrible enfermedad degenerativa”, como escuché decir al cineasta hace años en la Cineteca Nacional. Y nadie puede negar que brilla por méritos propios. Lo mismo sucedió con La noche de los muertos vivientes, remake que en 1991 Tom Savini hizo de la cinta que valió su pase a la posteridad a su maestro George Romero en 1968. Ambas son, con la debida distancia, maravillosas.

Incluso hay algunos remakes que logran superar a su original. Y sé que eso puede sonar a sacrilegio. Pero los hay, pese a que son escasos. Para mí siempre será más afortunada la versión de 1988 de La mancha voraz, dirigida por Chuck Russell, que la original de 1958 de Irvin Yeaworth, estelarizada por el entonces debutante Steve McQueen. Las dos son entrañables B movies, cierto, y quizá tiene mucho que ver que la segunda es parte importante de mi adolescencia.

Lo anterior me permite identificar 3 aspectos que definen a un buen remake:

  1. Un buen remake nunca debe realizarse con fines puramente mercantilistas, sólo por aprovecharse de la fortuna económica o la fama de una película. Ahí están para demostrarlo los desastrosos e innecesarios remakes de Psicosis (Gus Van Sant, 1998) o La casa de cera (Jaume Collet-Serra, 2005).
  2. Un buen remake debe poner al día de forma inteligente, afortunada y respetuosa una idea ya presentada, incorporando aspectos que demuestren su vigencia “para las nuevas generaciones”. O llenar espacios en blanco, si es posible. Eso lo convertiría en una verdadera aportación.
  3. Un buen remake agrega elementos reconocibles por el aficionado –guiños-, sean elementos, actuaciones especiales, parlamentos o algo que nos permita trazar un vínculo con su original. Todo usado de forma hábil que no le reste una identidad propia.

En resumidas cuentas, no debemos generalizar. Dicen que “el que pega primero, pega dos veces”, cierto. Pero el que disfrutemos un remake bien hecho no es un atentado contra una obra que siempre será insustituible, ni mucho menos nos convierte en traidores. Nos guste o no, y mientras sigamos consumiendo sus frutos, debemos aceptar que este fenómeno seguirá y seguirá.

Para terminar, como un relativo alivio, cito la muy reciente declaración de Robert Zemeckis sobre la posibilidad de un remake de Volver al futuro (1985), obra que nos marcó a muchos, cercana a la perfección y de la cual detenta todos los derechos como coautor de su guión: “sobre mi cadáver”.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.