La mejor parte de la película animada Liga de la Justicia Oscura (Jay Oliva, 2017) fueron sus créditos finales. No porque sea mala, pese a presentarnos versiones diluidas y políticamente correctas de personajes entrañables como el investigador de lo oculto John Constantine (de quien podemos hablar ampliamente en otro momento). Sino porque enmendó una injusticia de 78 años. No de la forma parcial y condescendiente que se había hecho el año anterior en Batman vs Supermán: El Origen de la Justicia (Zack Snyder), sino cabal y contundentemente. Brinqué de emoción –incluso grité- cuando vi en pantalla la leyenda “Batman, creado por Bob Kane y Bill Finger”. En todas las encarnaciones que el justiciero había tenido hasta este momento, sólo se daba crédito autoral al primero de la dupla. Y eso, desde que conocí la verdadera historia de la concepción de mi héroe, siempre me causó el mayor escozor que puedan imaginar. Nada me parecía más desleal e inmerecido. Hace apenas muy poco, los verdaderos admiradores del personaje iniciaron una cruzada por vindicar al verdadero responsable del mito. Me enorgullece haber formado parte de ella. Y de paso, se vio beneficiado otro gran olvidado: William Moulton Marston, padre de la Mujer Maravilla.

El 8 de febrero de 2014, el mismo día que Julio Verne y Charles Dickens celebrarían sus onomásticos, el escritor estadounidense Milton Finger –quien firmaba sus obras como Bill Finger- cumplió su primer siglo de vida. Su nombre ha quedado prácticamente sepultado en los anales de la historieta, más porque el mérito creativo del más popular de sus personajes –Batman- siempre ha sido atribuido únicamente al dibujante Kane. Es cierto que allá por 1938 cuando los ejecutivos de National Publications –hoy DC Comics- se percataron del impresionante éxito económico del recién nacido Supermán, inmediatamente encargaron a este último la creación de un nuevo héroe que emulara sus pasos. A cambio de esto, recibió –además de sus honorarios- control y crédito absoluto sobre la historia. Finger se le unió posteriormente. Y antes de continuar debo que aclarar que no pretendo minimizar el mérito de Kane. La iniciativa fue suya, cierto, pero él –en palabras de Finger- visualizó a un justiciero muy diferente al que conocemos, “más semejante a Supermán, con leotardos rojos, sin guantes, con un pequeño antifaz, balanceándose en una cuerda con dos alas de murciélago y un gran anuncio que decía The Bat-Man”.

La participación de Finger modificó dramáticamente la apariencia planeada por Kane, mejorándola con un disfraz negro y gris, una máscara y unas enormes alas de murciélago, que pendía de una cuerda amagando a un delincuente, mientras sus cómplices contemplan el momento. Así lo muestra la ya mítica portada del número 27 de Detective comics, aparecida en mayo de 1939. Finger no sólo dio nombre a su problemática urbe –Ciudad Gótica-, creó al Comisionado James Gordon y muchos de sus más importantes aliados y enemigos –la del Guasón es una historia aparte-. Y su más valiosa aportación –además del nombre de su alter ego Bruce Wayne y decidir cambiar las alas por una capa-: fue el responsable de darle un trágico origen. Sin su colaboración, el personaje carecería de una motivación poderosa. Es por ello que se mantiene vigente. El ilustrador canadiense Ty Templeton resume muy bien la importancia de su intervención en un gráfico que emula a la perfección la intención primigenia de Kane.

El mismo Kane –en el que me pareció un intento patético por resarcirlo- dijo en 1989, “Ahora que mi viejo amigo y colaborador se ha ido, tengo que admitir que Bill nunca recibió la fama y el reconocimiento que merecía. Él era un héroe anónimo. Nunca pensé en darle crédito y él nunca me lo pidió. A menudo le digo a mi esposa que si pudiera volver atrás quince años, antes que él muriera, me gustaría decirle voy a poner tu nombre al lado del mío. Te lo mereces”. No sé si alegrarme por su tardía declaración. Lo cierto es que debió llevarla a cabo cuando estaba vivo.

La aclamación que Finger alcanzó en la víspera de su centenario en las redes sociales fue avasalladora. Uno de sus más fieros defensores es el Dr. Travis Langley, profesor de psicología forense en la Universidad Estatal Henderson en Arkadelphia, Arkansas, gran estudioso del Noveno Arte y autor de Batman and Psychology: A Dark and Stormy Knight (Wilety, 2011). Él es parte de un proyecto documental, junto con Athena Finger –su única nieta-, el veterano editor Dennis O´Neill, el productor ejecutivo Michael Uslan, Marc Tyler Nobleman –autor de Bill the Boy Wonder: the secret co-creator of Batman- entre muchos otros por reconocer al escritor, titulado The Cape Creator: A Tribute to Bat-Maker Bill Finger. Y el mismo Langley es más que convincente: “Es tiempo de corregir las cosas. Si amas a Batman, a las historietas, a las películas pero si sobre todo amas la verdad, ayúdanos a celebrar la vida y obra de Bill Finger”. Yo agregaría: si amas a Batman y a la verdad, debes regocijarte por este triunfo.

Que esto se haya incluido al terminar la estupenda Batman Lego: La película (Chris McKay, 2017), cinta que puedes gozar ampliamente como principiante y doblemente como iniciado, demuestra que se trata de algo definitivo. Por fin el nombre de Bill Finger ocupa el lugar que merece. Misión cumplida.

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Roberto Coria es un devoto admirador de Batman. También es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Su tesis de licenciatura se titula “Introspección a una Criatura de la Noche: un análisis comunicacional, psicológico y gráfico de Batman”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.