Por Roberto Coria

Desde hace tres semanas escribo sobre uno de los abogados más distinguidos de su gremio. Uno cegado por un accidente, que por el día se mueve en los tribunales y por las noches se convierte en un superhéroe que administra otra forma de justicia. Hablar de abogados en realidad no es extraño para mí. He trabajado con ellos durante casi 20 años. Les he dado clases por catorce. Como ellos, conozco el peso de ser etiquetado por las malas acciones de algunos. En El abogado del Diablo (Taylor Hackford, 1997), Lucifer/John Milton (Al Pacino) elige el mundo de las leyes para combatir a Dios en la antesala del nuevo milenio. “Los abogados son los ministros del Diablo”, asegura, y remata con una realidad innegable: “hay más estudiantes en las escuelas de Derecho que litigantes en las calles”. La percepción negativa de la profesión permea del imaginario colectivo a las bellas artes. En Hook, el regreso del Capitán Garfio (Steven Spielberg, 1991), Peter Banning (el difunto Robin Williams), un exitoso y voraz abogado corporativo, dice un chiste sobre sus correligionarios en un evento de caridad: “hoy los científicos usan abogados en lugar de ratas en sus experimentos por dos razones: 1) Los científicos no se encariñan con los abogados y 2) Hay cosas que ni siquiera una rata haría”. Su abuela, Wendy Moira Angela Darling (Maggie Smith), está presente y guarda un gran secreto: Banning fue Peter Pan cuando era niño. Creció, porque la vida lo hizo crecer, para convertirse inadvertidamente en el opuesto de su esencia inocente: “Peter, eres un pirata”, piensa ella. Con el paso de los años los abogados han asimilado –incluso disfrutan- esta mordaz forma de humor. “¡Robo, traición y cohecho¡ ¡Robo, traición y cohecho! ¡Que vivan los de Derecho!”, es el grito de guerra de los estudiantes de esta facultad de la Universidad Nacional Autónoma de México. Por ello no es extraño que se haga escarnio de la profesión. Cuando en Blade 2 (Guillermo del Toro, 2001) el abogado del clan vampírico Karel Kounen (Karel Roden) se presenta ante el héroe (Wesley Snipes), éste le pregunta si es humano. Kounen le responde con cinismo: “Casi. Soy abogado”.

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Todo lo anterior sería muy apropiado el próximo 12 de julio, ocasión en que –como cada año- se festejará el Día del Abogado. Esta celebración, orgullosamente mexicana, fue oficializada en 1960 por el entonces presidente Adolfo López Mateos en conmemoración de la primera cátedra de Derecho ofrecida en la Nueva España (en 1539). Los abogados son personajes que todos conocemos. La familia promedio piensa que debe tener al menos uno entre sus integrantes.

Abogados sobresalientes abundan en la ficción, desde Gabriel John Utterson (de la novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, escrita por Robert Louis Stevenson en 1886), R. M. Renfield, Jonathan Harker y Abraham Van Helsing (que entre sus incontables grados posee el de Doctor en Derecho) de Drácula de Bram Stoker (1897), el fiscal convertido en villano Harvey Dent/Dos caras, el ya mencionado Matt Murdock/Diabólico, Tom Hagen (Robert Duvall de la saga cinematográfica El Padrino), Sebastian Stark (James Woods, de la teleserie Shark), el pintoresco y cínico Saul Goodman (Bob Odenkirk) del fenómeno televisivo Breaking bad –poseedor ya de su propia serie Better call Saul- hasta mi favorito de todos, Jack McCoy (Sam Waterston, de la extinta serie La Ley y el Orden). En su última aparición, el episodio “La habitación de goma” McCoy, en su posición de Fiscal de Distrito y excepcional ser humano, amenaza a un abogado de pobres miras que representa al Sindicato de Maestros y obstruye una investigación de vida o muerte (un maestro que está por cometer una matanza similar a la de la Escuela Preparatoria Columbine): “si permite que ocurra una masacre lo crucificaré, señor Kralik. Enjuiciaré a usted y al sindicato por homicidio por negligencia. Cuando los condenen, renunciaré a mi puesto y representaré a las familias de las víctimas en una demanda civil. Cuando termine estarán acabados. Así que mi consejo para usted es ¡apártese de mi camino!”.

Para finalizar, al hablar de la profesión siempre será inevitable recordar a Lionel Hutz, parte del elenco de las aventuras de la amarillenta familia Simpson. En una de sus apariciones, se pregunta cómo sería el mundo sin abogados. Imagina a personas de todas las razas tomadas de la mano, sonrientes y apacibles, cantando animadas una ronda mientras todo es paz y felicidad. Hutz tiembla, horrorizado, al imaginarlo. Y todos deberíamos hacerlo. Por más que nos disguste, el conflicto es a veces indispensable en nuestras vidas. Si no, Diabólico sería innecesario.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.