Por mayor rudeza que queramos aparentar, al menos para muchas de las personas de mi generación, las creaciones del desaparecido James Maury Henson siempre representarán uno de nuestros primeros acercamientos a la figura del monstruo.

 

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Que el sábado pasado hubiera cumplido 80 años de edad es un excelente pretexto para recordarlo y reconocerlo. Al igual que él nos influenció a nosotros, a él lo hizo en otra forma el ventrílocuo Edgar Bergen y los programas del titiritero Burr Tillstrom. Siguió sus pasos cuando creció, convencido de las posibilidades didácticas de los títeres. Sus pininos televisivos en esta forma de arte, que datan de los años cincuenta con The Junior Morning Show y Sam and Friends, fueron el preámbulo para su gran participación en el longevo serial Plaza Sésamo de la productora Children´s Television Workshop –del canal Public Broadcasting Service-, que tuvimos la fortuna de conocer aquí en México en nuestra tierna infancia.

 

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Seguramente todos tienen presente el glorioso doblaje que hizo el desaparecido Jorge Arvizu, cuya maravillosa voz siempre será “la octava maravilla del mundo”, como lo aseguró el multimillonario Charles Montgomery Burns. Su Lucas Comegalletas, o simplemente conocido como El Monstruo Comegalletas, creación de Henson, es una delicia imperecedera. En el año 2009, para celebrar las cuatro primeras décadas de la emisión televisiva, el buscador más popular de Internet lo utilizó en sus ingeniosos Doodles. Y al igual que él, en el programa brillan muchos otros personajes, como los amigos Beto y Enrique (Bert y Ernie), el gigantón pájaro Big Bird (aquí lo bautizaron como Abelardo), Óscar el gruñón, el azulado Grover (lo conocimos como Archibaldo), el indispensable Conde Contar (Count von Count), Greñaldo (Henry monster), y más recientemente el bonachón Elmo.

 

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Pero el más fabuloso de ellos es tal vez la Rana René, creación que no sólo es la imagen de la empresa fundada posteriormente por Henson, sino por la que posiblemente pasará a la historia. El simpático batracio sin duda se coloca al nivel de Mickey Mouse o Bugs Bunny. Aunque recientemente se empeñen en llamarlo por su nombre correcto, Kermit la rana, mi memoria y afectos me impiden llamarlo de otro modo. Nunca podremos olvidar sus espléndidos números musicales. Incluso ayer escuche la pegajosa canción Mah Nà Mah Nà de Piero Umiliani en el comercial de una poderosa cadena de almacenes (la de los tecolotes). Plaza Sésamo no pierde desde su inicio la oportunidad de parodiar a otras notables trasmisiones (la de La Ley y el Orden: Unidad de Letras Especiales es estupenda) o de invitar a celebridades de todos los ámbitos, desde la televisión y el cine, al deporte, a la cultura y la política, como la mismísima Primera Dama estadounidense Michelle Obama.

 

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Todo esto fue un ensayo para la siguiente gran creación de Henson (porque él no creó el concepto de Plaza Sésamo): el entrañable Show de Los Muppets, un colorido y delirante teatro de revista en el que recicló al verdoso René y en donde siguió la escuela del anterior pero con otras creaciones memorables: la voluble Miss Peggy (aquí la llamaban La Cochinita Pibil), el oso Fozzie (Figaredo), Scooter (Ciríaco), Rufo el perro (Rowlf the dog), los pingüinos voladores, el irascible baterista Animal, el Chef sueco, Sam el águila, el lanzador de pescados Lew Zealand, los sarcásticos y  malhumorados Statler y Waldorf y, por supuesto, El Gran Gonzo y su gallina Camila.

 

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Es indispensable mencionar la mancuerna que Henson hizo con el actor –y también director- Frank Oz, quien no sólo operó y proporcionó la voz de muchas de sus marionetas, sino incrementó la relevancia de su genio. De su mano se convirtió en una industria y en un fenómeno mediático. Por sólo citar un ejemplo, Oz prestó su voz al Monstruo Comegalletas por 32 años.

Los recuerdos son abrumadores, así que prefiero dejar las cosas en este punto. Jim Henson nos enseñó desde el principio, como lo confesara nuestro venerado Vincent Price a su anfibio anfitrión, “nunca he conocido un monstruo que no me agrade”. O como bien dice la cándida Betty Lou (la conocí como Angelita), “yo quiero un monstruo que sea mi amigo”.

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Roberto Coria es investigador en y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Escribió la puesta en escena “El hombre que fue Drácula”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.